Glossaire


Haut de page

Teoría de la reciprocidad La Paz : Padep-gtz, 2003.

5. La fiesta

La reciprocidad positiva y la fiesta

Dominique TEMPLE | 2003

¿Qué pasa cuando la fiesta sobrepasa el marco de la reciprocidad de alianza y parentesco ? La fiesta engendra el sentimiento de pertenencia a una entidad social nueva, cuyas fronteras se agrandan a la etnia, la nación, la civilización.

Una fiesta puede ser dada por una sola persona o por todos a la vez ; cada uno, en ese caso, aporta su parte para crear la abundancia común, pero se trata siempre de dones gratuitos e incondicionales. Parece, consecuentemente, que se puede atribuir al don mismo el papel de engendrar valores tales como la amistad, la confianza, la alegría, etc…

*

El equilibrio inicial de la sociedad

En las sociedades organizadas por un sistema de parentesco, los diferentes sentimientos humanos se expresan según actitudes específicas, repartidas entre los estatutos de parentesco. Por ejemplo, la severidad se asociará al estatuto del padre, la bondad a la del tío, la autoridad moral al estatuto de la madre y la comprensión o el perdón al de la tía o inversamente, etc…

Esas actitudes pueden siempre definirse como parejas de afectividades opuestas, tales como desconfianza-confianza, severidad-permisividad, bondad-autoridad, de manera que se puede convenir en llamar positivas a las afectividades tales como la bondad, la confianza, la tolerancia, y negativas las afectividades inversas que instauran una mayor distancia entre los miembros de la comunidad, tales como el respeto, la autoridad, el temor, etc…

Los investigadores que estudiaron los fundamentos de las sociedades humanas percibieron que esas expresiones negativas o positivas siempre están distribuidas como para poder equilibrarse las unas a las otras para el conjunto de la comunidad y cada uno de sus miembros.

Observaron, igualmente, que si en una comunidad dada alguien cambia de situación y ya no se beneficia del equilibrio en cuestión, el respeto de ese principio tiene por consecuencia cambios de actitudes de uno o más estatutos de la comunidad hasta que el equilibrio sea reestablecido por todos.

Entre los Aymaras, por ejemplo, cuando una muchacha se casa en una comunidad, en la que se someterá a la autoridad de su suegra, su madre, que era autoritaria con ella, se vuelve benevolente y comprensiva.

Las afectividades positivas y negativas – que traduce el sistema de actitudes – siempre tienden al equilibrio.

Las tres obligaciones : dar, recibir y devolver, de la reciprocidad

No se puede rechazar un don, pero no se puede no dar sin perder su prestigio ; y es igualmente imposible no devolver a aquel de quien se ha recibido.

Aristóteles, el gran filósofo griego (– 350 antes nuestra era) consideraba esas tres prestaciones : dar, recibir, devolver, como el fundamento de las instituciones humanas. Los Griegos de esos tiempos se representaban esas tres prestaciones por tres divinidades unidas en una trinidad que se llamaba las “Tres Gracias”. Construían templos para honrarlas. Se llamaba a esas tres divinidades con un mismo nombre ya que las tres producían el mismo valor.

El filósofo latino Séneca (siglo primero) mostró que esas tres prestaciones : recibir, dar, devolver, tenían un carácter obligatorio por el hecho de que el valor que engendraban y que los Griegos llamaban la charis – la gracia –, se impone a cada uno, so pena de ser excluido de la comunidad humana.

Esas tres obligaciones son en realidad las diversas operaciones de una sola estructura, ya que ninguna de ellas tiene sentido sin las otras dos. Para que el don sea un don, es necesario que ese don sea recibido por el otro, sino el don sería insensato. Dar no existe sin recibir. Pero aquel que recibe no aceptaría recibir, si tuviera que perder la cara. Sólo recibe con la condición de poder devolver. No puede concebirse recibir sin devolver.

¿Cuál es la prestación que encadena dar y recibir ? Se llama la reciprocidad.

Es importante remarcar que la reciprocidad no sólo rige el don sino también las relaciones matrimoniales, la hospitalidad, etc… Se comprende entonces por qué los valores humanos, los sentimientos más fundamentales del hombre, ya aparezcan en las relaciones de alianza y parentesco. Tanto como el don, esas relaciones están regidas por el principio de reciprocidad  (lire la définition) .

Así, entre los aymaras de los Andes, la reciprocidad engendra entre el hombre y la mujer que se unen en matrimonio, el sentimiento de ser jaqui, y entre las dos mitades (urin y aransaya, por ejemplo) a las que pertenecen, el sentimiento de humanidad propio a la comunidad…

La reciprocidad es la matriz no sólo del sentimiento de humanidad, que se llama gracia, sino, a medida que interesa a actividades más precisas, el sentido de cada una de las actividades.

El don, motor de la fiesta

Los actos fundadores de la vida, como el matrimonio, el nacimiento, la muerte, están ordenados por la reciprocidad para la producción de sentimientos comunes y compartidos por todas las personas implicadas. Tales sentimientos son referencias de humanidad, valores humanos comunes. Y bien, esos actos fundadores están, lo más frecuentemente, acompañados de fiestas.

Que celebren o no actos fundadores, las fiestas reúnen a mucha gente para un consumo excepcional. Este consumo se hace posible gracias a un don, dirigido a todos de parte de aquel o aquellos que dan la fiesta. Se dice, por otra parte, dar una fiesta más que hacer una fiesta, hasta tal punto la idea del don está asociada a la de la fiesta. El don aparece así como un motor de la fiesta.

El don ya se practica, sin que se hable sin embargo de fiesta, en el interior de toda comunidad familiar, linaje e incluso clan, de manera cotidiana y ordinaria. Pero, en ocasión de celebraciones como el matrimonio o el nacimiento, aumenta considerablemente. Cuando hay un matrimonio, por ejemplo, el don no está reservado sólo para los padres alrededor de los novios, o sus padrinos, sino dirigido a un gran número de personas e incluso al mayor número posible.

Una fiesta puede ser dada por una sola persona o por todos a la vez ; cada uno, en ese caso, aporta su parte para crear la abundancia común, pero se trata siempre de dones gratuitos e incondicionales. Parece, consecuentemente, que se puede atribuir al don mismo el papel de engendrar valores tales como la amistad, la confianza, la alegría, etc…

¿Qué pasa cuando la fiesta sobrepasa el marco de la reciprocidad de alianza y parentesco ? La fiesta engendra el sentimiento de pertenencia a una entidad social nueva cuyas fronteras se agrandan a la etnia, la nación, la civilización.

Por ejemplo, la fiesta del Gran Poder engendra el sentimiento nacional de los bolivianos. Un sentimiento tal puede incluso devenir universal : el sentimiento de humanidad.

La fiesta y el trabajo

¿La fiesta crea solamente afectividades que pueden llamarse positivas, placer, alegría, felicidad ? ¿O es que la fiesta respeta el principio que quiere que las afectividades positivas sean equilibradas por afectividades negativas ?

Las fiestas que no engendran sino solo la felicidad no duran, de hecho, mucho tiempo, y las que duran compensan siempre trabajos duros.

Trabajo y fiesta, en efecto, se equilibran.

Los aymaras y los quechuas lo saben bien, ya que alternan fiestas y trabajos agrícolas y tratan, cada vez que ello es posible, unirlos hasta el punto de que, a veces, el trabajo se convierte en fiesta y la fiesta en trabajo…

Pero, si se suprime la pena del trabajo, si se dispone de una riqueza tal que se pueda festejar de manera continua, ¿se puede ser perpetuamente feliz ? ¿Si eso fuera posible, no se haría fiesta siempre ? Se constata que la fiesta así concebida crea el aburrimiento.

Ello se confirma observando la envidia que suscitan, entre los colonos muy ricos, las fiestas populares que son pagadas duramente por años de trabajo de los quechuas y aymaras. Los grandes carnavales, de Oruro, de Río, son fiestas de trabajadores. Y cuando los colonos y los grandes propietarios quieren hacer fiestas, tratan de participar en esas fiestas populares de una forma u otra, sea imitándolos, sea integrándose a las fiestas de trabajadores.

Fiesta y sufrimiento

El sentimiento compartido por los unos y los otros, el sentimiento de humanidad, exige que las afectividades negativas sean equilibradas por afectividades positivas. Y acabamos de constatar que la fiesta se acompaña por el trabajo : se trabaja incluso más si se quiere que la fiesta sea más grande. Se consiente la pena en función de la alegría que se quiere producir. Aquí, va antes el objetivo de la alegría : es por la fiesta que se trabaja.

Pero si se da la pena primero, ¿sería siempre eficiente el principio de equilibrio ? ¿No es paradójico sostener que quien lo está pasando mal se siente obligado a fabricar más felicidad ?.

El principio de equilibrio se encuentra verificado, sin embargo, en los duelos : la afectividad negativa, de las personas afectadas por la desaparición de un ser amado, es generalmente equilibrada por la iniciativa de una fiesta.

El día de la conmemoración de los muertos se llama, por otra parte, tal cual : fiesta de los muertos, y esta fiesta la dan las personas que están más tocadas por el duelo. Y la fiesta es tanto más importante si el duelo es reciente. Se llora y se lamenta, pero se dan abrazos. Se baila, incluso sobre las tumbas y se canta y bebe, se invita a los pasantes, se da y se perdona.

Aquí, el equilibrio se reestablece espontáneamente, ya que los hombres son libres. Pero, una sociedad que estaría oprimida de forma arbitraria y por ello sometida a afectividades puramente negativas, ¿lograría reestablecer el equilibrio creando la alegría en medio del sufrimiento ? ¿Sería el principio de equilibrio tan suficiente como para imponerse a una situación forzada y bloqueada en la desgracia ? ¿Se observan, entonces, fiestas más numerosas ?

Durante la dictadura de A. Stroessner en Paraguay, el pueblo guaraní estaba sometido a relaciones únicamente negativas debidas al clima de delaciones y terror generalizado. Stroessner, en efecto, declaraba periódicamente que existía un complot comunista en alguna parte del Paraguay, hacía arrestar a no importa quién, lo acusaba de ser miembro de un complot y no liberaba al desdichado si éste no aceptaba dar una dirección respecto a alguien mejor situado para conducir al supuesto complot. De delación en delación, era posible designar a tal o cual cuyas palabras podían significar una crítica al régimen. La persona, entonces, era ejecutada para servir de ejemplo. Todas las relaciones sociales, así, estaban forzadas a ser negativas, ya que todos debían desconfiar de todos temiendo que, bajo tortura, uno no sea señalado como menos stroessneriano que el denunciante. Ciertas regiones alejadas de Asunción, como Concepción, fueron particularmente martirizadas. El pueblo reaccionaba, sin embargo, organizando fiestas para restaurar los lazos de confianza, las amistades, las fidelidades y esperanzas que equilibraban la afectividad negativa del terror. Esas fiestas se hicieron tan numerosas en la zona de Concepción a medida que se intensificaba la represión, que Stroessner vió en ellas un contra-poder y decidió prohibirlas, bajo pena de multa o prisión.

Don y “agôn”

Existen también fiestas que parecen dadas exclusivamente por el goce. Sin embargo, esas fiestas felices están asociadas a competencias que permiten reestablecer afectividades opuestas a aquellas que generan el don. Se habla, a propósito de esas competencias, de agôn [1]. Donde hay don, hay agôn. El agôn, en aymara el t’inku, es el combate.

A veces el t’inku no se ve, ya que está integrado en la reciprocidad de los dones. El t’inku es entonces una competencia entre donadores. Los donadores se convierten en rivales. Esta rivalidad engendra las afectividades negativas que son necesarias para equilibrar las afectividades positivas de la reciprocidad de dones. Los antropólogos hablan entonces de dones agonísticos, como por ejemplo a propósito de los potlatch de los amerindios del norte.

Se puede poner en evidencia, en fin, el papel dinámico del equilibrio al observar que el sentimiento de pertenencia a la humanidad por la participación en la fiesta puede ser compartido por todos cuando cada uno recibe del otro, a la vez que le da, sea durante una fiesta o en la ocasión de otra.

De otra forma, el sentimiento en cuestión se desdobla en dos sentimientos opuestos, el de ser prestigioso, para el donador, y el de perder la cara, para el donatario. Es a condición de que el donador reciba, a su vez, y que el donatario (inmediatamente o más tarde) vuelva a dar, que los dos protagonistas puedan borrar esta diferencia.

Lo que se llama la revancha del don es un derecho del donatario, ya que debe poder acceder al prestigio y la dignidad que le reconoce al donador cuando acepta su don o que participa en su fiesta.

Se comprende, entonces, por qué el equilibrio es fundamental : es fundamental para que el sentimiento de humanidad no sea desnaturalizado en un sentimiento de patrón, para el uno, y de esclavo, para el otro.

La reciprocidad negativa y la fiesta

Si la Reciprocidad es el secreto de las relaciones de alianza de parentesco, del don y de la fiesta, ¿estructura también actividades antagonistas de éstas, dándoles asimismo sentido ?

¡Se piensa inmediatamente en la guerra !

Efectivamente, la violencia en los hombres no es facultativa, sino que desde el comienzo de la vida en sociedad fue dominada por el principio de reciprocidad. La reciprocidad de venganza engendra un valor preciso : el honor.

¿Pero en qué consiste esta reciprocidad llamada negativa, ya que es lo contrario de la alianza ?

Permite dominar la violencia con una violencia opuesta, como el hecho de volver dominante a un donador mediante un contra don. El que golpea al otro es así un criminal, pero quien venga un crimen es un justiciero. Dicho de otra forma, la violencia es justa cuando es lo inverso de la violencia sufrida. Es por ello que ciertas comunidades dicen que nadie tiene derecho de golpear primero ; otras que el primer asesinato es un accidente ; otras aún que éste no cuenta en el cálculo de venganzas.

La reciprocidad de venganza produce, así como la reciprocidad de dones o de alianza, un valor que puede llamarse honor o coraje. Se mide el valor producido por los golpes recibidos o devueltos, pero no por los golpes dados ; los que sólo dan golpes son tratados como cobardes, mientras que los que los devuelven, tras haberlos recibido, son llamados valerosos.

Así, las guerras tradicionales entre comunidades nunca constituyeron una amenaza para la sociedad y el género humano, ya que eran absolutamente controladas : una primera vez, puesto que es necesario que el otro golpee para que uno mismo lo haga, y que los golpes tiendan hacia cierto equilibrio ; y una segunda vez, como veremos enseguida, ya que el sentimiento de honor guerrero es un sentimiento de humanidad completo sólo al ser redoblado por el sentimiento que nace de la reciprocidad de alianza.

El imaginario guerrero

Los Guaraníes aceleraban los ciclos de asesinatos sufridos por su comunidad y perpetrados en las comunidades enemigas de la siguiente forma : se infligían, después de una victoria, una muerte imaginaria que simulaba una venganza enemiga (que, por otra parte, no dejaba de producirse según reglas de reciprocidad). Mediante esta simulación podían anticipar una nueva incursión enemiga. Cada muerte sufrida de forma imaginaria era, con todo, experimentada bajo la forma de una mortificación voluntaria y de una herida cuya cicatriz era tatuada. Una muerte permitía entonces una matanza de un enemigo por reciprocidad. Se podía contar los ciclos de reciprocidad o las matanzas de sus enemigos, o también los sacrificios de sus prisioneros por las marcas de las muertas imaginarias. El tatuaje de los guerreros guaraníes era su currículo vital.

Un gran guerrero, invitado a Francia como embajador de los Tupinambas, se presentó tatuado con 24 marcas, que significaban 24 sacrificios de prisioneros. Esos tatuajes entonces generalmente eran un principio de numeración y como, igualmente, debían permitir reconocer la comunidad de origen del guerrero, la organización del motivo tatuado debía obedecer necesariamente a los principios de geometría ¿Sería el coraje, el valor de origen de las matemáticas ?

Por otra parte, el sacrificio del prisionero, entre los Guaraníes, se acompañaba de fantásticas fiestas. En cuanto al prisionero mismo, antes de su muerte recibía una esposa de entre las hijas del vencedor y el día de su sacrificio era honrado como un Dios. ¿Qué significaban esas fiestas y esta alianza en medio de la guerra y del asesinato ?

Guerra y alianza

En numerosas comunidades, la reciprocidad de venganza y la guerra no terminaban solamente por un equilibrio de fuerzas entre enemigos. La paz se acompañaba de alianzas matrimoniales. La reciprocidad de asesinato está asociada tan a menudo a la reciprocidad de alianza que ciertas comunidades pretenden que uno sólo puede casarse con sus enemigos.

Por otra parte, un elemento sustitutivo permite a menudo el pasaje entre dos formas de reciprocidad de alianza y de venganza. Esta palabra, que uno puede llamar simbólico, los occidentales lo llamaban un acuerdo en la reciprocidad negativa, y una compensación en la reciprocidad positiva.

¿De qué se trata ? Cuando en una comunidad, fundada en la reciprocidad de parentesco, tiene lugar un matrimonio que aventaja a una familia, ésta promete un matrimonio en el sentido inverso a título de reciprocidad : esta promesa está representada por una prenda, es decir, un símbolo de alianza por venir. Esta prenda es llamada compensación por los occidentales, ya que la interpretan como un valor de intercambio, reduciendo así la relación matrimonial a ventajas materiales. Pero en el pensamiento de las comunidades de reciprocidad la compensación es un valor simbólico y no un valor de cambio. Significa que las dos familias están ligadas por una promesa de reciprocidad. Cuando se cumple la promesa, se devuelve la prenda bajo la forma de otra prenda en sentido inverso, a manera de constituir una nueva promesa y así sucesivamente.

En la reciprocidad negativa ocurre lo mismo. La promesa de aceptar una revancha del vencido se expresa por una prenda que los occidentales llaman, esta vez, un acuerdo.

Es importante remarcar que, muy frecuentemente, el acuerdo por una reciprocidad de asesinato y la compensación por una reciprocidad matrimonial se traducen por el mismo símbolo. Un asesinato puede ser compensado por un matrimonio y, a la espera de su realización, por un acuerdo. El símbolo permite así pasar de una reciprocidad de asesinato a una reciprocidad matrimonial y equilibrar el valor engendrado por la reciprocidad negativa por aquel engendrado por la reciprocidad positiva.

De hecho los dos campos no pueden renunciar al equilibrio y, para neutralizar las afectividades de la guerra, se ofrecen las afectividades de la alianza.

El juego y el deporte

La génesis de lo simbólico puede ser descrita como una liberación de las actividades biológicas, como la reproducción o la lucha por la vida suscitadas por la reciprocidad para engendrar el valor.

Mientras que la alianza de parentesco es una especie de cuerpo a cuerpo con el otro, por los dones sólo se ofrece una pequeña parte de sí mismo. El don está separado de sí pero es, al mismo tiempo, una representación de sí mismo, es decir, un valor simbólico.

Asimismo, la reciprocidad de venganza es un cuerpo a cuerpo con el otro pero el juego, que puede reemplazarla o sucederla, no movilizará sino una parte de sí mismo y esta parte de sí es igualmente simbólica. Así como los hombres han sobrepasado los límites de la reciprocidad de alianza por la reciprocidad de dones, pueden sobrepasar los límites de la reciprocidad de venganza por el juego.

La ventaja del recurso al símbolo no es solamente la de alcanzar, como se verá, valores más puros sino la de permitir incluso la expansión de la reciprocidad más allá del parentesco. La competencia deportiva, por ejemplo, es un juego que permite escapar a las condiciones originales de la reciprocidad negativa. Los equipos deportivos, en efecto, se afrontan como guerreros, pero con el respeto a ciertas reglas que transforman los golpes en tiros al blanco.

Honor y Vergüenza en la reciprocidad negativa

Aquí todavía, el sentimiento de los unos y los otros no es el mismo si el resultado es desigual.

Cuando, al final de la copa del mundo de fútbol, los franceses adquieren el prestigio, los brasileros lo perdieron, ya que los franceses ganaron con tres tantos a cero. Si los brasileros no pudiesen esperar una revancha, que reestablecería un día el equilibrio, tendrían que vivir eternamente con la amargura de la derrota.

Es por ello que, cuando la revancha no está asegurada para evitar la desigualdad, ciertas comunidades inventaron la siguiente regla : cuando un jugador de uno de los campos marca un tanto, pasa al otro campo y así seguidamente hasta que los dos campos hayan marcado el mismo número de tantos.

Se comprende que, según esta regla, se juega no para ganar, sino para satisfacer el equilibrio, cuyo resultado es el de engendrar un sentimiento igual sin exceso ni defecto.

La reciprocidad simétrica y la fiesta

La preocupación o el deseo de sentir un sentimiento de humanidad es tan poderoso que los hombres exigen su nacimiento de todas las fuerzas de la naturaleza y, para ello, las someten todas – tanto las fuerzas de la vida como las fuerzas de la muerte – al principio de la reciprocidad.

Así, la vida está dominada y transformada en alianza, la violencia y muerte también son transformadas… y todas las actividades naturales, a su vez, están ordenadas por la reciprocidad para asegurar la producción de valores que son dichas sobrenaturales ya que no existen en la naturaleza, pero que de hecho son lo propio del hombre : los valores humanos.

Sin embargo, las fuerzas que actúan por la reciprocidad y condicionan esos valores, deben ser reproducidas para asegurar su perennidad. Los valores son entonces retenidos por sus orígenes : el honor no prescinde de la violencia, la amistad, del parentesco. Así como la llama recibe su color de la madera que se quema, así también los valores no tienen las mismas cualidades según cuando son producidos por la reciprocidad de venganza o la reciprocidad de alianza. El sentimiento de justicia, nacido de la reciprocidad negativa, prohíbe hacerle al otro el mal que uno mismo no quiere sufrir, mientras que el sentimiento de justicia, nacido de la reciprocidad de dones, obliga a la repartición de bienes de forma igual y apropiada en relación con el otro ; el uno es restrictivo, el otro emprendedor.

¿Es posible neutralizar esas diferencias para engendrar valores totalmente liberados de los condicionamientos de la naturaleza ?

Desde el origen, es decir, desde la organización de las fuerzas de la naturaleza por la reciprocidad, a nivel de lo que se llama entonces lo real, es posible alcanzar un sentimiento de humanidad muy puro mediante una forma de reciprocidad específica y que todas las comunidades humanas supieron descubrir. La llamaremos reciprocidad simétrica.

Nacimiento de lo simbólico

En el interior de la reciprocidad de dones, el sentimiento de ser humano parece completo, pero basta compararlo al sentimiento, que nace de una relación de reciprocidad guerrera, para darse cuenta de que no lo es, ya que no son idénticos. Ya no se sabe entonces quién debe tener mayor mérito, el gran donador o el gran guerrero, y cada cual trata de ser el uno y el otro.

Sin embargo, los hombres se dan cuenta de que los dos sentimientos rivales están limitados por su origen y que esos sentimientos son tributarios de la fuerza puesta en juego para producirlos. Esta fuerza unilateral engendra la pasión de ser el más grande o el más fuerte y desnaturaliza el valor transformándolo en voluntad de poder. Esta voluntad de poder se sobre-impone al valor y lo transforma incluso en poder de abuso, por lo cual se le dice vano y se llama al valor desnaturalizado vanidad.

Se trata entonces de suprimir esta vanidad relativizando el prestigio por el honor, el honor por el prestigio o, más exactamente, la reciprocidad positiva por la reciprocidad negativa e inversamente, tal como para producir un sentimiento de humanidad que no sea ni el prestigio ni el honor sino pura humanidad.

La reciprocidad simétrica es esta relativización. Somete el don del donador a la demanda del otro – y se hace imposible aplastarlo mediante la magnificencia de los dones – o, a la inversa, y consiste entonces en una relativización del amor propio, nacido de la reciprocidad negativa.

La reciprocidad simétrica, por esta relativización, abre la vía a una nueva expresión desprendida de las fuerzas de la naturaleza (vida y muerte). Conduce a la invención de medios de comunicación que se sustituyen a las relaciones de origen y que expresan los valores por ellos mismos. Esas expresiones son los dones y los juegos. Los dones y los juegos significan la liberación de lo real y son una primera manifestación del lenguaje simbólico.

¿Cómo neutralizar la reciprocidad negativa por la reciprocidad positiva o, a la inversa, cómo instituir la reciprocidad simétrica ? Para ello es necesario que los hombres que se den la cara, en el marco de la reciprocidad, para engendrar el sentimiento común de humanidad y participen, a la vez, en la reciprocidad positiva y la reciprocidad negativa.

El “t’inku”

La preocupación o el deseo de sentir un sentimiento de humanidad completo es tan poderoso que cuando dos familias o dos mitades están forzadas a tener sólo relaciones de reciprocidad de alianza entre sí, como a menudo es el caso entre las mitades Puna y Valle, ya que deben asegurarse mutuamente los servicios indispensables para cada una, entonces los mismos hombres y las mismas mujeres de esas mitades se organizan en dos nuevas mitades perpendiculares a las dos precedentes (por ejemplo lado derecho y lado izquierdo de la montaña) para enfrentarse en relaciones de reciprocidad exclusivamente de venganza. La violencia del t’inku viene a equilibrar la reciprocidad de los dones.

En ese caso, el t’inku es claramente distinto de las relaciones de dones y las relaciones matrimoniales, pero esta separación no se comprende sino porque la reciprocidad positiva de alianza o de don es ella misma obligatoriamente positiva. El t’inku aparece a su vez exclusivo, pero solamente porque es indispensable para equilibrar una reciprocidad positiva sobredeterminada y porque esta reciprocidad positiva por sí sola no es suficiente para engendrar un sentimiento de humanidad completo.

No hay pues contradicción entre el hecho de que el t’inku esté separado de las relaciones de reciprocidad de dones, cuando éstos están forzados a no tener mezclas, y el hecho de que otras situaciones en las que las dos reciprocidades, positiva y negativa, pueden ser asociadas, el t’inku aparece tan unido a la fiesta que el término t’inku es utilizado para decir, a la vez, la reciprocidad positiva y negativa.

La cuadripartición y la organización dualista

Equilibrar la reciprocidad positiva por la negativa no quiere decir añadir los excesos de una a los excesos de la otra, como ello ocurre en el caso excepcional que acabamos de tratar, sino que, al contrario, consiste en relativizar la una por la otra tanto como ello sea posible. El ideal hacia el que tiende el equilibrio de lo más y lo menos es el de una relativización mutua que haga aparecer un sentimiento de humanidad que no sea ni el del donador (el prestigio) ni el del guerrero (el honor) ni siquiera la coalición de ambos sentimientos, sino un sentimiento superior : la gracia.

Hemos visto que, en los casos en los que la naturaleza fuerza a las dos mitades a no tener sino relaciones de reciprocidad de alianza, los hombres inventan otras dos mitades del todo distintas y que, esta vez, los oponen exclusivamente para enfrentarse en la lucha. Se habla entonces de cuadripartición  (lire la définition) . Hay, en efecto, dos mitades : dos para la reciprocidad positiva (por ejemplo Puna/Valle) y dos para la reciprocidad negativa (por ejemplo Urinsaya/Aransaya), pero son los mismos hombres los que participan de las dos mitades de reciprocidad positiva y de las dos mitades de reciprocidad negativa. Así, el sentimiento engendrado por la reciprocidad positiva se encuentra superpuesto a aquel engendrado por la reciprocidad negativa.

Pero, en la mayor parte de los casos, la naturaleza no obliga a esta cuadripartición y son las dos mitades las que permiten, a la reciprocidad positiva, hacer un juego igual a la reciprocidad negativa. No es necesario suponer entonces dos prácticas diferentes, por un lado la alianza y, por el otro, el asesinato : las alianzas están temperadas por una exigencia de respeto y una cierta autonomía del otro o, aún, la hostilidad hacia el otro está relativizada por la solidaridad. Los dones toman el relevo de las alianzas o las prolongan y los juegos sustituyen a los enfrentamientos y la comunidad se mantiene unida para formar una ciudad.

La organización de la ciudad

La ciudad occidental se construyó alrededor del mercado de intercambio, de la ganancia, de la propiedad privada, del capital y del interés.

Una parte de la ciudad de La Paz está construida alrededor de edificios, los bancos en los que se venera el valor de cambio, como a la gracia en los templos griegos, y villas encerradas tras altos muros que protegen los intereses privados de unos y otros ; las calles, en fin, están del todo consagradas a los comercios individuales, las tiendas. Esta parte de la ciudad está vacía de gente y brilla de mercaderías expuestas tras vitrinas. No tiene sitio para la convivialidad, lugares de encuentro o incluso de competencia.

Pero también es posible organizar la ciudad alrededor de los mercados de reciprocidad  (lire la définition) .

También se ven en la Paz grandes barrios con plazas para las fiestas, patios para deambular o mostrarse, kioscos para la música y los bailes. Las casas no están separadas por altas palizadas, la calle es un mercado, los jardines están abiertos, los mercados oficiales son comunitarios, de manera que cada ciudadano puede convertirse en ellos en un compadre o comadre, las fiestas en ellos son constantes, las fanfarrias suenan cada instante, las plazas no se vacían de bailarines y los niños juegan al básquet o al fútbol en todas partes.

Sin embargo, pocos arquitectos y urbanistas comprenden la importancia de las canchas de deporte, las plazas de baile y los patios de música para hacer la fiesta y dinamizar los mercados, ya que generalmente están al servicio de la economía del provecho.

Así, las relaciones de reciprocidad, que engendran la vida social, que destruyen la pobreza, y que generan el sentimiento nacional y los valores de humanidad, en vez de ser ritualizados o institucionalizados, como en las ciudades de los Andes, aún están sin ser cultivados o en estado salvaje...

*

Pour citer ce texte :

Dominique TEMPLE, "La reciprocidad positiva y la fiesta", La fiesta, 2003, http://dominique.temple.free.fr/reciprocite.php, (consulté le 22 novembre 2017).

Haut de page


Notes

[1] agôn palabra griega que significa : “lucha”.