• Ce texte se réfère principalement
    aux notions suivantes

Glossaire


Haut de page

Revue Transdisciplines, N° 13-14, Septembre-Décembre 1995.

Teoría de la reciprocidad, La Paz, Padep-gtz, 2003.

1. Etnocidio, economicidio y genocidio en Ruanda

2. La justicia y el asesinato

Dominique Temple | 1995

Pese a todo, la locura que amenaza a una sociedad no se hace necesariamente asesina. Y bien, aquí se convierte en locura de asesinato y encima esta locura de asesinato no se vuelve contra los agresores, contra los cristianos o los capitalistas, sino que, al contrario, se vuelve contra los africanos, contra los prójimos que igualmente son víctimas de la agresión. Ella es, de alguna forma, “suicidaria”. No es el extranjero, el “blanco”, el que es odiado y destruido ; los ruandeses designan a otros ruandeses como la etnia a ser destruida. ¿Cómo dar cuenta de un genocidio semejante en el que el racismo se vuelve más bien contra lo idéntico antes de hacerlo contra una “raza extranjera” ?

Es del estatuto del asesinato, de la guerra, de la venganza, de la violencia, del que hay que comprender la transformación reciente al interior de la sociedad ruandés.

En las comunidades ruandeses, como en todas partes en el mundo, los hombres sometieron el asesinato y la venganza al principio de la reciprocidad, debido a que, fuera de la reciprocidad, la guerra y la venganza son innominadas, no tienen sentido y se propagan sin nunca poder ser dominadas.

Recientes estudios sobre la venganza [1], en los que se incluyen algunos estudios sobre las comunidades de los grandes lagos africanos  [2], mostraron que, en las comunidades en las que domina la reciprocidad de dones, la justicia frente a una agresión no solamente es reparación del daño sino, sobre todo, la exigencia de que la víctima retome la iniciativa que era suya en una relación de reciprocidad y de la que fue expulsada por la violencia, es decir, que vuelva a ser parte activa en la creación del valor  [3]. Así, el hecho de que la víctima reencuentre la iniciativa en una relación de paridad con el otro, es suficiente para restaurar la comunidad. No se trata, para el mediador encargado de hacer justicia, de exigir una masacre por una masacre, un asesinato por un asesinato, sino de restaurar una relación de reciprocidad, la que puede no ser de guerra o asesinato : es decir, que un asesinato puede ser reemplazado por un matrimonio o un don.

¿Cuál era en Ruanda la instancia que operaba, en cada conflicto mayor, esta conversión de la reciprocidad negativa en reciprocidad positiva ? Esta instancia, que transformaba todo asesinato en lo que se llama un acuerdo, era el rey-sacerdote, el mwami. Sólo él, como principio de unidad de Ruanda, podía tranzar y juzgar los delitos importantes  [4]. Pero suprimido él, el asesinato y la violencia ya no tienen mediación. El imana, la gracia divina, ya no puede descender en ninguna sede de justicia. Cada uno actúa en función de su interés. Y, en esta jungla, el que tiene miedo de los otros, toma la delantera. El razonamiento de Hobbes se convierte en realidad. Es cierto que es falso decir que el hombre nació como lobo del hombre. Nació hombre para el hombre ; pero cuando se destruye el principio que lo hizo hombre, entonces se puede convertir en lobo para el hombre. La guerra de todos contra todos, la tesis del genocidio, no es un estado primitivo, es un estado inducido por la destrucción de la reciprocidad y el triunfo del interés.

La moral de las religiones importadas se revela frágil, ya que esas religiones están en connivencia con el sistema económico que destruye la reciprocidad y que provoca la locura asesina. La acción de los misioneros o de los humanitarios no deja, en realidad, de socavar las fuentes de la ética propia de los habitantes del país, para sustituirla por referencias específicas de una cavilación extranjera cuyos argumentos para hacerse garante de los derechos universales están lejos de ser decisivos.

En Ruanda, como la reciprocidad horizontal estaba sometida a la reciprocidad vertical, el rey-sacerdote era un juez soberano que reestablecía el equilibrio y la paridad de los términos de alianza. El mwami ordenaba el precio de la sangre para reafirmar el respeto de los valores supremos.

¿Qué puede ocurrir cuando los principios de la justicia y la organización tradicional de la justicia, en una sociedad como esa, son suprimidos ? ¿Qué sentido pueden tener el asesinato y la venganza ? El asesinato, la venganza y la guerra se convierten en la expresión ilimitada de lo inhumano. Es cierto que, entre tanto, otro sistema se sobre imponía al sistema africano, otra justicia (colonial) se ejercía, pero con la descolonización ¿quién podía mantener un código extranjero para reemplazar las realidades culturales ruandeses destruidas ?  [5]. Y ¿hay que apelar, hoy, a una nueva tutela internacional ?

La autoridad del mwami ha sido revocada en provecho de un poder democrático de tipo capitalista (y actualmente una dictadura). El poder por el poder se instaló a la cabeza del Estado, pero guardando la capacidad de mover a Ruanda a su antojo. La decapitación de la autoridad espiritual no quiere decir, en tanto que tal, que la costumbre de compartir haya sido abolida. Ella se mantiene como una nave desamparada. Así, ya que los ruandeses estaban unidos en una misma totalidad de naturaleza religiosa, todo acontecimiento nacional continuaría propagándose como una onda del centro hacia la periferia, con un radio de mil colinas a todas las colinas. Para explicar la difusión del asesinato o de la paz o de cualquier otro acontecimiento, basta el poder. Toda difusión es un acto colectivo e inmediato, ordenado por la categoría del compartir : es la consecuencia de un sistema lógico.

El genocidio ruandés es más sistémico que ideológico. Fue programado por los occidentales, aplicado por aquellos africanos que decidieron emboscarse en las estructuras de poder que las potencias occidentales les propusieron...

El “alibi” de los occidentales

¿Existe una organización “nazi” hutu que habría planificado el genocidio de los Batutsi ?

Aunque pueda dar créditos, esta tesis parece más bien una teoría débil. ¿No sería para esconder su parte de responsabilidad en la preparación de las condiciones del genocidio ruandés que los occidentales sostienen que el genocidio de los Batutsi tuvo algo de las milicias nazis formadas según una ideología nazi ? Esta tesis tiene, evidentemente, la ventaja de librarlos de todo compromiso, ya que parece, en un primer momento, insensato decir que los consejeros técnicos franceses formaban milicias no para combatir una guerrilla armada por otros sino con la clara conciencia de provocar un genocidio de tipo nazi. Permite, sobre todo, escamotear las ingerencias de la religión católica y del liberalismo económico, ingerencias etnocidas y economicidas, y absolver a dos padrinos del etnocidio, trasladando con pocas dificultades la responsabilidad del genocidio únicamente a los africanos.

Una observación semejante les parece injusta a aquellos que se consagran a lo humanitario, así como les pareció severo a los misioneros españoles el ser denunciados por Bartolomé de Las Casas. Pero las buenas intenciones no valen como excusas : las raíces del racismo y del genocidio, son el etnocidio y el economicidio.

En cuanto a los africanos, que utilizan los alibi de los occidentales con fines de propaganda, nos parece que dejan de lado el etnocidio y el economicidio. Se condenan a lo peor, preparan las condiciones de las próximas masacres de las que serán unos las víctimas, otros los verdugos.

La utilización de la democracia, para rechazar la tradición de la que los Batutsi eran los garantes, es sin duda un abismo de traición, ya que sin ética que le sea adaptada, la democracia, librada a la voluntad del poder, es inmediatamente sojuzgada por el racismo y el genocidio, y el recurso a la idea de democracia, para justificar las armas y la restauración de un poder que sea Hutu o Tutsi, sin referencias a la misma tradición, conduce a un régimen tan totalitario como el estalinista. La ideología de un poder semejante no puede prevalerse de ninguna superioridad sobre el racismo, que pretende denunciar, ya que el antiracismo no es más que la justificación de una dictadura racista de clase, en vez de serlo por la etnia. Así, el genocidio no es una propiedad genética de la etnia hutu...

Nuestra argumentación tiende a hacer recaer la responsabilidad del genocidio, y de otros crímenes contra la humanidad perpetrados por los unos o los otros en Ruanda, al liberalismo económico y al proselitismo católico, aunque ello está enmascarado por los occidentales, deseosos de no aparecer en primer plano y por africanos que se han comprometido en los roles que les atribuyen los occidentales o que ellos mismos se atribuyen, puesto que creen que el provenir de la humanidad pasa por la solución occidental (la democracia-osario de Gasarabwe), bajo el pretexto de que sus desgracias de hoy no serían sino “sacrificios necesarios”.

Acreditan la idea de que los genocidios, perpetrados por los occidentales mismos, son el precio a pagar por la democracia : la democracia del dinero, ciertamente, pero no de la democracia de los hombres, negación a priori de todo asesinato. La democracia no puede fundarse en la depuración étnica de Serbios o Croatas, ni en la masacre de los Chechenios o los Kurdos... o de los Tutsis por los Hutus.

Como quiera, la colaboración de las autoridades francesas en la preparación, si no en la ejecución del genocidio, es cada vez menos dudosa  [6], como no hay duda sobre la de los consejeros belgas  [7]. Es porqué los europeos basaron su defensa sobre el postulado de que los genocidios en África serían inherentes a la civilización africana.

El rol de la Iglesia católica

En una conferencia debate, preparada por la asociación SARA en Montpellier, el 18 de abril de 1995, Charles Albert Ryng, periodista, observaba que desde 1902 la iglesia católica introdujo una escisión en la unidad ruandés. Los Batutsi rechazan primero a los misioneros. Tal actitud forzó a los Padres Blancos a escolarizar a los niños ruandeses alejados de las responsabilidades políticas, es decir, a los Bahutu. La distinción de dos grupos, como clases sociales, es desde ya inducida por los Padres Blancos. Ella va a precisarse por una actitud similar, pero esta vez a favor de los responsables políticos. Los Batutsi, a cargo de la organización de Ruanda, percibieron, en efecto, la importancia de los acontecimientos y adivinaron el peligro. En 1907, el tío del Mwami le recomienda aceptar la formación de jóvenes Batutsi por los religiosos católicos. La institución religiosa reacciona favorablemente y forma entonces a las elites ruandeses en una proporción de 80% Tutsis. La teoría de los Padres Blancos es la del cardenal Lavigerie, según la cual “quien convierta a los jefes, tiene el país”.

Los Padres Blancos quieren dominar el poder y las escuelas. La Iglesia respeta aparentemente la unidad de la organización ruandés, pero sólo de manera formal, no por respetar su racionalidad, sino con el fin de difundir su doctrina. No buscan el encuentro de dos religiones, sino sustituir una por otra. En 1942, Ruanda es proclamado “Reino de Cristo Rey” por el cardenal Lavigerie. La Iglesia vacía de contenido la organización vertical ruandés para utilizarla como canal para su propia palabra. Y este cambio, transforma la responsabilidad religiosa de los Batutsi en poder de policía, lo que también quiere decir que los Bahutu se convierten en colonizados del interior. La distinción de dos clases sociales se convierte en la de una clase dominante y otra dominada, a las que se les atribuyen calificativos étnicos. Cuando piensa en dominar el desarrollo de las masas, la iglesia echará la cáscara vacía del poder tutsi. El poder tutsi será definido como un poder aristocrático. La segunda ala de la Iglesia, llamada progresista, dará su apoyo a las reivindicaciones sociales de las masas bahutu... La Iglesia cambia de actitud e informa de su solicitud por el campesinado hutu. Para Charles Ryng, este cambio, independientemente de los contenidos que lo motivan, fue una catástrofe, ya que sellará una oposición entre dos clases, según un modelo occidental, bajo la forma de dos grupos étnicos : tutsi y hutu  [8].

Esta división occidental tropieza con lo que era esencial a la conciencia ruandés : el principio de unión. Esta contradicción, entre la división y la unión, desembocó en un impasse. Cada uno de los dos grupos no podría pretender a la unidad del todo, a no ser por la exclusión del otro. La lógica de la exclusión radical del otro, es así instaurada  [9].

La lucha de clases que, en Ruanda, es una ficción revolucionaria, impuesta por los occidentales, tropieza con el principio de organización de la sociedad ruandés, el principio de unión, que estructuraba a la sociedad ruandés de la choza de origen (hutu o tutsi) al Estado ruandés. Charles Albert Ryng habla de un temblor de tierra que afecta a las familias ruandeses.

« El poder, dice, conduce desde ahora inevitablemente al predominio de una región, que favorece a los unos y excluye a los otros. La paridad (reciprocidad) es, a partir de entonces, imposible y quien pretendiese poseer la clave de una solución, mentiría ».

Ese desafío debe dirigirse a aquellos que crearon este impasse, por ambición política y proselitismo religioso.

Monseñor Perraudin, pieza maestra del progresismo cristiano, defiende en su Carta pastoral, de 1959, la justicia social, la abolición de faenas, la libertad de expresión, el derecho al sindicalismo, la propiedad privada, etc. Todo tipo de reformas democráticas a la francesa. Grégoire Kayibanda, un viejo seminarista convertido en secretario particular de monseñor Perraudin, forma el mismo año un gobierno provisional y la república es proclamada en 1961. Inmediatamente, cientos de miles de Batutsi son asesinados o huyen. Pero esta tragedia es considerada por los progresistas como el precio a pagar por la democracia.

La desigualdad de la reciprocidad vertical sirvió de pretexto a los occidentales para inducir una rivalidad de clases, mientras que esta desigualdad podía ser corregida con más reciprocidad horizontal. Una tal rivalidad de clases, que no se sostenía en la realidad ruandés, se refugió en la categoría propuesta por los occidentales : el “etnicismo”.

La responsabilidad del genocidio

En 1964, Kayibanda, convertido en presidente de Ruanda, escribió a los refugiados batutsi.

« Suponiendo imposible que toméis Kigali al asalto ¿cómo medís el caos del que seriáis las primeras víctimas ? Lo decís entre vosotros, sería el fin total y precipitado de la raza tutsi ».

El jefe de Estado lo sabe ; los estrategas, los hombres políticos en Ruanda lo saben ; el genocidio es una realidad sistémica. En 1994, el genocidio se convertirá en un dato estratégico.

Théo Karabayinga y José Kagabo  [10] citan igualmente el manifiesto hutu de 1975 :

« Y, si por azar (la Providencia nos guarde) interviniera otra fuerza que sepa oponer el número, ¡la amargura y la desesperación será para los diplomados Batutsis. El elemento racial complicaría todo y ya no habría posibilidad de plantearse el problema : conflicto racial o conflicto social ».

François Rukeba, fundador del partido monárquico, advertía :

« Los Ruandeses, privados de su madre patria, una vez determinados a volver, de buen o mal grado, harán un ataque que dispersará vuestras intervenciones militares y que se cerrará con la masacre general de los dos campos antagonistas » [11].

La utilización de este dato sistémico, como fuerza estratégica, establece la responsabilidad directa del genocidio.

Como quiera, los franceses pueden ser denunciados como colaboradores del genocidio : los Batutsi cesaron toda agresión armada desde 1976. En 1990, nadie todavía consideraba que el genocidio podría ser utilizado como elemento de lucha por el poder. El ejército de Ruanda cuenta con sólo 3.000 hombres. El FPR, que defiende los derechos e intereses de los refugiados Batutsi, toma entonces la decisión de reconquistar el poder por las armas. Francia organiza la defensa del régimen formando un ejército de 40.000 hombres. Como lo ha subrayado Luc de Heusch  [12], los franceses no podían ignorar que preparaban un genocidio racista. Pero la estrategia del genocidio ruandés no podía, con mayor razón, ser ignorada por los mismo responsables ruandeses y es con conocimiento de causa que algunos de ellos eligieron encarar el enfrentamiento armado. No es seguro que el FPR haya decidido también contar el genocidio de sus propios conciudadanos, como el precio a pagar por tomar el poder !.

Si resulta que el genocidio fue deliberadamente provocado por los responsables africanos, en tanto que integrado en una estrategia de conquista del poder, se hace difícil no inscribir esta estrategia en los datos de un sistema estructurado por la colonización económica y política de Ruanda, ya que se cuenta con él como un dato estratégico en la lucha por el control del poder. ¿No significa la demisión de las potencias exteriores, ante ese cálculo, que los padrinos del genocidio eran concientes de sus actos ?.

En todos los casos, ninguna de las partes es capaz de resolver esta contradicción, entre una bipartición de la sociedad ruandés, según las normas occidentales, por una parte, y, por otra, el principio de unión que es el eje vertical de esta sociedad africana. Para haber tenido que abandonar su historia a potencias que promulgan una democracia anclada en el liberalismo económico y en su moral religiosa, y para no hacerse responsables de su país sino a condición de no cuestionar las concepciones occidentales, los Ruandeses están condenados al osario democrático. No son los únicos. Tragedias idénticas se preparan, en otras numerosas regiones africanas, con las mismas bases sistémicas.

Pour citer ce texte :

Dominique Temple, "La justicia y el asesinato", Etnocidio, economicidio y genocidio en Ruanda, 1995, http://dominique.temple.free.fr/reciprocite.php, (consulté le 19 novembre 2017).

Haut de page


Notes

[1] VERDIER, R. & J.-P. POLY, (éditeurs). La Vengeance. Études d’Ethnologie, d’Histoire et de Philosophie. Ouvrage collectif en 4 volumes : vol. I “Vengeance et pouvoir dans les sociétés extra-occidentales” ; vol. II “La vengeance dans les sociétés occidentales” ; vol. III “Vengeance, pouvoir et idéologies dans quelques civilisations de l´Antiquité”, vol. IV “La vengeance dans la pensée occidentale”, Paris, éd. Cujas, 1981-1986.

[2] TCHERKEZOFF, Serge. “Vengeance et hiérarchie ou comment un roi doit être nourri”, in La vengeance, op. cit., tomo 2.

[3] COURTOIS, Gérard. “Le sens et la valeur de la vengeance chez Aristote et Sénèque”, in La vengeance, op. cit., tomo 4.

[4] La fuerza vertical del rey era relativizada por diferentes rituales de los que Luc de HEUSH da una idea. op. cit., p. 14.

[5] Algunos africanos aún proponen otra solución occidental, marxista colectivista, conducida por guerrillas homicidas... Pero en todo el mundo tales empresas fracasan. La solución terrorista o militar sólo engendra una dictadura materialista que anula, más violentamente aún que las expresiones colonialistas precedentes, la estructuras de reciprocidad, el derecho de donar y la responsabilidad de cada uno respecto al otro en provecho de colectivizaciones o planificaciones arbitrarias. El pueblo, privado de sus resortes, es inmediatamente reducido a la impotencia y la pobreza. Cuando las dictaduras militares agotan los recursos de la economía de guerra, cada uno se da cuenta de que tales liquidaciones sistemáticas de las fuentes de la cultura popular han tendido el lecho del capitalismo y del nacionalismo. Los pueblos desamparados y desarmados están abandonados a los fanatismos de los nacionalismos e integrismos.

[6] Hoy los testimonios afluyen. El gobierno francés ayudó concientemente, de 1990 a 1993, al gobierno ruandés que liquidó durante este período a más de diez mil Batutsi. A propósito de la cobertura dada por Alain Juppé, de las implicaciones francesas, Eric GILLET escribe : « Rara vez el lenguaje habrá enmascarado tanto como aquí la hipocresía de nuestros responsables políticos. Rara vez habrá estado tan crudamente al servicio de la mentira y la duplicidad. » cf. Les Temps Modernes, n° 583, p. 230. Los “intereses superiores de Francia” del gobierno Balladur, como la “lógica industrial” del gobierno de Fabius, en el caso de la venta de sangre contaminada, enceguecieron a esos dirigentes políticos. Así, ni siquiera comprenden que son culpables de haber preparado un genocidio así como no lo comprendía Petain. La revista Les Temps Modernes n° 583 publica esta hipótesis de J.-F. Bayard : El empeño de Mitterrand en sostener a Habyarimana se debería a que éste era un intermediario en la venta de tecnologías nucleares al África del Sur. En el mismo número de la revista, Eric Gillet recuerda que el Tribunal Internacional para Ruanda, creado por el Consejo de Seguridad, el 8 de noviembre de 1994, está habilitado para juzgar : « A cualquiera que hubiera (...), de todas formas, ayudado a alentar, planificar y preparar o ejecutar el crimen (...) sin que la calidad oficial de un acusado, sea como jefe de estado o de gobierno, sea como alto funcionario, lo exonere de su responsabilidad penal o sea un motivo de disminución de pena ». Eric Gillet establece una connivencia directa entre los responsables de la operación turquesa y los responsables del genocidio, con los franceses protegiendo las radios ruandeses que cubrían el genocidio. Por su parte, F. Boucher Saulnier concluye, igualmente, en la complicidad del genocidio, que se extiende al Consejo de Seguridad de la ONU : « La masacre se hizo en tiempo real, en pleno día y en presencia de todos los protagonistas implicados. El teléfono funcionó en Kigali durante toda la duración del genocidio. Los llamados de socorro llegaban así directamente o indirectamente al cuartel general de la ONU. De la acera de enfrente se veía cumplirse la masacre. Se sabía el nombre y la dirección de las personas amenazadas. Incluso se las podía escuchar morir en línea. Se comprende que los occidentales, y en primera fila de ellos Mitterrand, Balladur y Juppé, los tres perfectamente informados y solidarios por haber jugado la carta política del gobierno ruandés mientras que el genocidio se realizaba, tengan mala conciencia ».

[7] Ver el testimonio de Luc de HEUSCH, op. cit., pp. 10-12.

[8] « ¿Cómo explicar ese súbito vuelco de la alianza política de las autoridades coloniales y de los Tutsis ? Jean Paul Harroy, el nuevo gobernador de Ruanda-Burundi, inicia, desde su llegada al país en 1956, una política de democratización inspirada en los modelos electorales occidentales (...) Pero es la intervención de la iglesia católica la que consumaría la ruptura con los Tutsis... » Luc de HEUSCH, op. cit., p. 7.

[9] Aún puede verse las huellas del seísmo político, al interior de la iglesia, en la oposición de los partidarios del cardenal Lavigerie y los partidarios de la revolución democrática.

[10] KARABAYINGA, Théo y José KAGABO. “Les réfugiés, de l’exil au retour armé”, in Les Temps Modernes, n° 583, julio-agosto 1995, p. 65.

[11] Ibíd., p. 71 (Carta del 24 diciembre de 1967).

[12] HEUSCH, Luc (de) “Rwanda. Les responsabilités d’un génocide”, in Le Débat, n° 84, Mars-Avril 1995, pp. 24-32.
 Los recientes artículos publicados por la revista : Les Temps Modernes, op. cit., confirman una colaboración de hecho entre las autoridades francesas y los autores del genocidio.