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2. El mercado de reciprocidad positiva

3. De C. Lévi-Strauss a K. Polanyi

Dominique TEMPLE | 2001

Lévi-Strauss, el teórico del intercambio, fue el primero en reconocer esta imposibilidad de intercambiar una hermana en su célebre controversia con Frazer, que se preguntaba por qué en las organizaciones dualistas uno no puede casarse con una prima paralela pero solamente con su prima cruzada. ¿No son idénticas ? En tanto que objetos de consumo sexual, o como fuerzas de trabajo o matrices de fuerza de trabajo, en tanto que objetos de intercambio, cualquiera sea en definitiva el valor de cambio invocado a su respecto, si no su función social, ¿acaso no son iguales ? ¿Por qué la prohibición concierne a las primas paralelas ?

Y Lévi-Strauss responde : sólo puede haber reciprocidad entre las familias que no son idénticas entre sí. Por ejemplo, en el régimen patrilineal, la hija del hermano de la madre es una extranjera, puesto que lleva el nombre de un padre extranjero, así como la hija de la hermana del padre : son primas cruzadas. La hija del hermano del padre lleva en cambio el mismo nombre y se la llama paralela. Entre dos nombres idénticos, no puede haber alteridad, por tanto reciprocidad, por tanto alianza matrimonial. Para que haya reciprocidad, primero debe haber alteridad, como lo recuerdan incansablemente todas las tradiciones. Y, sin embargo, Lévi-Strauss se detiene a medio camino. Reconoce como primera a la reciprocidad, pero como una regla para… ¡justificar intercambios pacíficos !

Lo que, según él, está prohibido sólo es el librecambio ! Para Lévi-Strauss, la diferencia del otro no sería un requisito sino para poder intercambiar su producción con la del otro de forma recíproca : entonces propone considerar las alianzas matrimoniales como intercambios recíprocos entre los hombres. ¿Pero por qué esta reciprocidad ? Lévi-Strauss salva la teoría del intercambio así : los hombres intercambiarían las mujeres de manera recíproca para establecer la paz entre ellos.

En vez de ser el medio que relativiza la identidad de cada familia para abrir un espacio sin determinaciones, en el que pueda desplegarse una conciencia de conciencia libre de sí misma, libertad que se llama, para los unos y los otros, con el nombre de humanidad, la reciprocidad sólo sería una especie de regla psicológica que cada uno aplicaría al otro para asegurarse de un intercambio cuya contraparte satisfaría al otro participante o le garantizaría una satisfacción futura. Y, por supuesto, la condición más racional o más segura para que sea satisfecho es entonces la estricta igualdad de los intercambios o aún la identidad de la cosa intercambiada cuando los intercambios alternan en tiempos diferentes. Y bien, ¡he ahí lo que permite la regla de reciprocidad ! “El intercambio recíproco de mujeres” sería así el paradigma del intercambio :

« Ya que el matrimonio es intercambio, ya que el matrimonio es el arquetipo del intercambio, insiste Lévi-Strauss, el análisis del intercambio puede ayudar a comprender esta solidaridad que une el don y el contra-don, el matrimonio a los otros matrimonios  ».

Y el intercambio recíproco en cuestión estaría dictado entonces por el temor al otro y la necesidad de seguridad. De Hobbes [1] a Lévi-Strauss, es el temor al otro el que funda la teoría occidental del intercambio. Para todas las otras teorías - llamadas “indígenas” por Lévi-Strauss - los que funda la sociedad humana es la revelación de ser humano, de la que la reciprocidad es el principio.

Volvamos a los mercados : si el mercado respeta la prohibición del incesto de comida ¿no es él el nombre de la reciprocidad generalizada ?

Pero si se olvida cómo se producen los valores humanos, las prestaciones materiales aparecerán encastradas en normas y representaciones que parecerán preestablecidas, encofradas en un imaginario que puede enmascarar las matrices originales…

La ignorancia deja cernirse una duda : si sus matrices son ignoradas, sólo se puede plantear la pregunta ¿« pero de dónde vienen esos valores, de dónde vienen esas normas », y qué significan esos altares o esos rituales, esos sacrificios y esas ofrendas ?

Más grave aún, la ignorancia de las matrices autoriza a prestar a los valores el mismo origen que al imaginario en el cual se expresan, y a descalificarlas cuando esos imaginarios son sobrepasados por la modernidad.

¿No es entonces de la mayor urgencia el reconocer el origen de los mercados de reciprocidad, en vez de extrapolarlos a partir de observaciones destinadas a dar el primado a la teoría del intercambio ? ¿No es tiempo de reconocer que es el hecho de ser humano el que es la forma y razón de los mercados de reciprocidad y no el interés privado ?

Nada, en el origen, obliga al hombre a producir bienes materiales, ya que para su subsistencia está tan asegurado por la naturaleza como todo otro ser biológico. Todos los animales son carnosos. La única necesidad de producir, para el ser humano, es simbólica. La producción para sí fue, sin duda, golpeada en todas partes por la misma prohibición que el incesto. La producción material es así, desde el origen, una producción para el otro. El sentido de la economía es el de ser humana y, entonces, toda mercadería es una palabra y no a la inversa.

Si la reciprocidad es el medio de producción de sentimientos que no son la propiedad de nadie sino la humanidad de todos, y si tales sentimientos se expresan por representaciones colectivas, tales representaciones deben ser respetadas por todos, y es lógico que se acompañen de prescripciones e interdictos.

Desde entonces, cada uno puede confiarse a la eficiencia de la palabra sin hacer intervenir las condiciones de su génesis. Sin duda esa es la razón por la que nadie se inquieta por esta génesis. Así, la Redistribución parece un principio : la expresión del Rey, y poco importa que su motivación esté engendrada por la reciprocidad centralizada. Y la reciprocidad llamada segmentada parece igualmente un principio, sin que sea necesario tomar en cuenta que valores de libertad, de responsabilidad y de justicia sean la razón de ello, y que cada uno de esos valores sea el fruto de una estructura de reciprocidad particular. ¿De dónde vienen entonces los valores invocados por cada uno o dichos por el Rey, si no se conoce su matriz ? Hay que suponer un origen exterior a la reciprocidad misma : los genios, el parentesco divino del rey, o la cultura emergente de la historia o de las formas más organizadas de la vida.

La reciprocidad, entonces, está desconectada de esos valores y privada de razón. Desde ese momento, el análisis teórico no llega a disociar la reciprocidad del intercambio : en efecto, al separar la reciprocidad de los valores que ella produce, no encuentra más que prestaciones imposibles de diferenciar de los intercambios recíprocos. Hay que darle otra razón a esas prestaciones llamadas intercambios recíprocos y no puede ser, por tanto, sino la razón del intercambio : el interés.

En el mejor de los casos se reconocerá que el don transforma al otro en asociado y confiere al producto dado, en la virtud simbólica de testimoniar de la bondad para desarmar al adversario y llevarlo a la conciliación, pero tal efecto estará ordenado por el intercambio. Y si se reconoce, aún, un rol a la reciprocidad, será la función de autorizar la comprensión, siempre y cuando esté ordenada según el éxito de los intercambios y la satisfacción de los intereses de los unos y los otros. Parece, luego, racional medir la eficacia de las inversiones de los unos y los otros en términos de rentabilidad. Los economistas, pero también los antropólogos, están llevados a pensar que los valores éticos, sobre todo cuando están expresados en imaginarios particulares o tradicionales, son obstáculos a la génesis de precios objetivos y al desarrollo de la economía de libre intercambio, ya que desequilibran, por sus exigencias, la confrontación rigurosa de la oferta y la demanda.

En realidad, en los mercados de reciprocidad, la demanda no se reduce a la demanda tal como es concebida en el sistema capitalista, es decir la demanda interesada, por ello es una demanda más amplia : la demanda de que el otro se considere como un donador, lo que supone, para aquel que demanda, la obligación de dar a su vez, es decir, la obligación de reciprocidad.

El donatario que demanda sabe entonces que pagará la cosa demandada a su precio justo, ya que en ello se le va su humanidad. Y es, justamente, a la humanidad del panadero, al contrario de lo que cree A. Smith, que uno se dirige cuando le pide pan, ya que se supone pagarle bien y que uno exija de sí mismo dar a su vez lo que uno debe.

La costumbre lo dice claramente : “déme un pan, por favor, y dígame cuánto le debo”. Ya se trate de reciprocidad, o de que el consumidor rechace el intercambio estricto, o de que trate de reestablecer una relación de reciprocidad en un sistema de intercambio, o de que disfrace el intercambio por reciprocidad para no parecer inhumano, se trata siempre de crear por lo menos un poco de humanidad. La demanda se inscribe desde entonces en otro contexto diferente que la sola competencia de intereses privados. La demanda satisface una necesidad, cierto, pero ella se inscribe muy a menudo en la reciprocidad, para ser humana.

Así se comprende que ir al mercado, para satisfacer una demanda motivada por la necesidad, es una gestión que se inscribe en una relación de reciprocidad en la que el precio, es decir, el equilibrio, se obtiene no por una relación de fuerzas, sino por la preocupación de vivir el sentimiento de ser humano. Es lo que observaba Aristóteles :

« (…) todos o casi todos aspiran a lo bello pero más bién prefieren lo útil. Es que es bueno hacer el bien sin espíritu de retorno, pero es útil recibirlo » [2].

Pour citer ce texte :

Dominique TEMPLE, "De C. Lévi-Strauss a K. Polanyi", El mercado de reciprocidad positiva, 2001, http://dominique.temple.free.fr/reciprocite.php, (consulté le 24 novembre 2017).

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Notes

[1] HOBBES, T. Léviathan, Paris, Tricaud, 1971.

[2] ARISTOTE, Etique de Nicomaque, Texte et traduction de Jean Voilquin, Paris, Garnier, VIII, 15, (1162 b 34).