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2. El mercado de reciprocidad positiva

2. El origen del mercado según J.-P. Guingane

Dominique TEMPLE | 2001

Cual es pues el origen del mercado : ¿el intercambio entre intereses privados, el trueque ? ¿O la reciprocidad ?

El origen del mercado de reciprocidad positiva según la leyenda de Ouagadougou

En una conferencia que hizo sensación en África, J.-P. Guingane [1] les da a los mercados un origen totalmente distinto al propuesto por A. Smith, refiriéndose a la tradición de los Mossis.

« En el Mogo, es decir en el país de los Mossis, no se sabe exactamente cuando se instituyó el primer mercado. Algunos lo hacen remontar al reino de Naaba Zombré, que reinó de 1681 a 1744, y cuya madre habría sido la iniciadora del primer mercado. Parecería que la gente venía a ver a su hijo porque éste daba audiencias y ella se apiadó de todos los que estaban sentados y que durante días y días no tenían nada que comer. Demandó autorización a su hijo para hacer galletas para que esa gente pueda comer. Y otros tuvieron, ciertamente, la idea hacer el “dolo” [2], etc... Y, finalmente, he ahí el primer mercado que se creó. Y la actual ciudad de Zignare parece haber sido el lugar en el que se instaló el primer mercado del país Moaga. Hasta tal punto que es eso lo que dio su nombre a la ciudad Zignare. Zignare quiere decir “lo nunca visto”. Y así, los otros Mossis venían a ver qué se “vendía”, se “intercambiaba” galletas por otra cosa, decían “nunca se ha visto eso”. A fuerza de decir “nunca se ha visto” acabaron por dar el nombre de “nunca visto” al lugar. Así, pues, “zignare”, quiere decir “nunca visto”. Y es entonces el mercado, que habría creado la madre del rey, el que le dio su nombre » [3]

Aquí el principio del mercado está claramente enunciado : asegurar el don de los víveres. Primero es distribución, una distribución manifiestamente gratuita, sin compensación, un don : el don de la madre del rey a la gente que venía a las audiencias del hijo, ya que esperaban y tenían hambre. El alimento es dado al que puede ejercer el derecho de la demanda legítima. Pero esta demanda compromete al demandante a la reciprocidad : “Y otros tuvieron ciertamente la idea de hacer el dolo (masato) etc...”. El mercado es el lugar en el que todo el mundo alimenta a todo el mundo. Es la reciprocidad de los dones generalizada. Es la obligación moral la que preside a la generalización, y esta obligación es el resultado de la reciprocidad, la comprensión de los unos y los otros del sentido mismo del don. La norma social de la necesidad de alimento permite entonces definir un equivalente general entre las diversas producciones. En todos los mercados del mundo se compra y se vende e incluso se intercambia, pero respetando un precio justo y no según “la oferta y la demanda” del mercado de libre intercambio o del mercado capitalista. El precio justo no depende aquí del más fuerte sino, al contrario, del más débil.

“ !Lo nunca visto !”, dice entonces la Tradición. ¡Sí ! La naturaleza no conoce ni el don ni la reciprocidad. La naturaleza (la naturaleza física y biológica) produce abundantemente y tanto más abundantemente cuanto el riesgo de que todo se pierda es grande, pero ella no dona a nadie y tampoco conoce la demanda.

La humanidad sobrepasa las relaciones de fuerza entre los vivientes. Como observaba Daniel Peirce a principios del siglo pasado :

« A dona B a C. Ello no consiste en que A tire B y que B golpee accidentalmente a C, como la pepa de dátil golpea al Djinn en el ojo. Si sólo fuera eso, no sería una relación triádica auténtica, sino solamente una relación diádica seguida de otra relación diádica. El movimiento de la cosa donada no es necesario. Donar es una transferencia del derecho de propiedad. Y bien, el derecho es un asunto de la ley, y la ley es un asunto de pensamiento y significación ».

Ciertamente, ya no empleamos los términos de diádico o triádico en ese sentido, pero la idea está clara. La Ley es una tercera instancia entre fuerzas opuestas. Y la significación se refiere a la Ley. Don y Demanda exigen algo que no existe en la naturaleza : la comprensión mutua y ésta nace de la reciprocidad como Ley. Y es por ello que la reciprocidad es lo “nunca visto”, desde el comienzo del mundo ! Aquí, lo “nunca visto” es la generalización de la reciprocidad, anteriormente confinada al interior de las relaciones de parentesco.

Pero es también una reciprocidad simétrica, es decir, en la que cada uno dona de tal manera que el otro también pueda donar, como para que el equilibrio sea perfecto ; perfección necesaria para que el sentimiento de humanidad engendrado sea tan puro como posible : el de una conciencia libre cuya eficiencia sea un verbo creador. Es el equilibrio lo que es requerido, sea inmediatamente (un cabri por un cabri) sea mediatizado por un equivalente simbólico o una prenda, el equivalente de la reciprocidad, la moneda de reciprocidad, una moneda que establece un lazo entre los unos y los otros que permitirá que se pueda separar la prestación recíproca en prestaciones complementarias : vender y comprar, como dice J.-P. Guingane, una reciprocidad que funda entonces una comunidad engrandecida por encima de las familias, los clanes y lenguajes... y que puede llamarse sociedad de mercado, pero entendamos bien : ¡de mercado de reciprocidad !

En la segunda narración de los orígenes a la que se refiere J.-P. Guingane, se trata de los genios, espíritus divinos :

« Otros piensan que el mercado ha existido en Ouagadougou mucho antes de la llegada y la estructuración del poder Moaga. Naaba Ndoubri, por ejemplo, que reinó de 1495 a 1518, de niño habría llegado a los mercados organizados por los habitantes de Dafazgo. Para aquellos que han venido a Ouaga, Dafazgo es el lugar donde se encuentra el espacio cultural Gambidi, y Dafazgo significa, literalmente, recaudador del mercado. Y cuando se pregunta a los viejos del barrio cómo llegaron allá, dicen que eran genios que descendían, de tiempo, en tiempo a través de un hilo para mirar a los hombres. Y, un día, mientras estaban mirando, un tipo malvado cortó el hilo. Los genios no pudieron volver a subir al cielo. Entonces fueron a ver al jefe del lugar y le dijeron : “¡y bien ! somos sus huéspedes forzados ya que no podemos volver a subir”. Sólo tenían una cualidad : que comían mucho. Al cabo de 2 o 3 días, el jefe se cansó de alimentarlos y acabó por decirles : “vayan al mercado y saquen todo lo que quieran”. Es así que esa ciudad se convirtió en un barrio llamado Dafazgo. Y, tradicionalmente, si los jefes de Dafazgo se ponen a pillar los mercados, creo que eso va a crear un problema, pero el viejo jefe que viene a verme cada tanto, si va a algún sitio, se hace reconocer como jefe de Dafazgo ; puede tomar entonces todo lo que quiera, nadie puede preguntarle nada. Todavía hoy tiene ese poder. Solo que, como no están obligado a reconocerlo, creo que debe tener miedo de que se lo pegue antes de que se reconozca su identidad. Pero tiene ese poder hasta hoy. Me ha explicado que instaló en Ouaga 150 mercados desde que está en el poder » Association Cauris-.

¿Significan robar, pillar, tomar, exigir el don, imponer el don puro al huésped, recordarle el principio del don como obligación de reciprocidad o, por el contrario el rapto y el pillaje hacen alusión a otra dinámica de reciprocidad ? Volveremos a hablar de ello.

Por el momento, interpretemos en el sentido regio : los espíritus, los genios, les vienen a decir a los hombres, perentoriamente : “ !Somos vuestros huéspedes !” Al comienzo es la hospitalidad, el don, incluso si está precedido por la demanda, ya que aquí es demanda de hospitalidad, la demanda del don : “Somos vuestros huéspedes, tenemos necesidad de ustedes, los forzamos a interpretar nuestra demanda como la del don”. Los fundadores del mercado, del mercado de reciprocidad, recuerdan que, en el origen, el mercado es la hospitalidad, o que habiendo precedido la hospitalidad al mercado, el mercado debe ser la organización de la hospitalidad o aún de la reciprocidad. Es exactamente el sentido que la palabra hospitalidad tenía antes en la misma tradición occidental. Los pueblos indoeuropeos no se distinguen en ello de los otros pueblos de la tierra, más bien al contrario. En el mundo indoeuropeo, la hospitalidad significaba, según E. Benveniste [4], la reciprocidad, y las cosas iban aún más lejos, ya que el indoeuropeo conocía otro nombre para huésped, hoy conservado por el iranio.

« Aryman es el Dios de la hospitalidad. En el Rig Veda [5], como el Atharva-Véda, está especialmente asociado al matrimonio. (…) Se verá en la continuación de esta obra que “arya” es la designación común y recíproca por la cual los miembros de una comunidad se designaban a sí mismos », escribe E. Benveniste [6].

El nombre del hombre es el nombre de aquello mismo que nace de la reciprocidad : el dios de la alianza y de la filiación, para los ancestros de los mismos occidentales…

Cuando el rey está harto de redistribuir, invita a los genios a imponer a todo el mundo la hospitalidad de la que es el garante en el sistema de redistribución : la reciprocidad generalizada, no centralizada, es el mercado de reciprocidad. Y la obligación social, creada por la reciprocidad, se convierte en la responsabilidad para todos de alimentar a todos.

La leyenda sobre el origen del mercado de Ouagadougou opone entonces dos formas de distribución, la una centralizada : la Redistribución, y la otra el Mercado, el mercado de Reciprocidad. Las dos formas tienen el mismo paradigma del don y el mismo símbolo : la obligación de cada uno de alimentar al otro.

He ahí lo que nos recuerda eso que Lewis Hyde hizo evidente : el don es alimento (título de uno de los capítulos del maravilloso libro : The Gift [7]). Hyde dice que el don siempre debe ser consumido, utilizado, “comido”. En los cuentos tradicionales, el don es un bien que perece. Es por ello que, a menudo, se lo llama “alimento”, incluso cuando se trata de bienes que nunca perecen. Hyde multiplica los ejemplos : en las islas Trobriandes, los donadores tiran a tierra los collares de conchas y los bronces (una forma de donar con desprecio, o desafiar al otro por no poder hacer lo mismo), diciendo : “He ahí una comida que nosotros no podemos comer”. En el noroeste americano, las tribus indias llaman al potlatch “gran alimento”. Marcel Mauss traduce el verbo potlatch por “alimentar” o “consumir” [8]. Utilizado como nombre, un potlatch es un “alimentador” o “un lugar en el que uno se sacía”. Los potlatch comportaban bienes durables y el objetivo de la festividad era el de hacerlos perecer como si fueran alimentos. Las casas se quemaban, se rompían y se tiraban al mar los objetos rituales. Una de las tribus con potlatch, los Haidas, llamaban a su fiesta el “asesinato de la riqueza”. Decir que el don es consumido, comido, significa a veces que es verdaderamente destruido, pero más precisamente que el don perece para la persona que lo distribuye. En África, el verbo francés “comer” significa, hoy, recibir un salario, recibir de la Administración del Estado, ya que éste está asimilado a un poder de redistribución. En Camerún, se ha instalado un término que hace resaltar esta acepción de la economía política : la “política del vientre” [9].

El don es alimento para el que dona, pero desde entonces no puede si no ser consumido por el que lo recibe : es la obligación de recibir. El don no deja de ser consumido : es consumido por uno al ser consumido por el otro. Hyde toma un lindo ejemplo prestado de Wendy James, antropólogo inglés. Si en la tribu de los Uduks del noreste africano… se ofrece una cabra, es imposible transmitir esta cabra en intercambio por otras cosas, pero también es imposible guardarla para sacarle leche. Todo cálculo de interés es una injuria al don. La cabra debe ser sacrificada para ser comida. Entonces, el que recibe la cabra debe dar una fiesta… en honor del donador. He ahí por qué el don alimenta.

Pero el don es alimento en otro sentido. Hyde dice que el don siempre debe ser consumido, utilizado, “comido”, pero que le da su nombre al donador [10]. Y cita a Mauss, que nos recuerda que si alimentar se dice donar, donar también es nombrarse. M. Leenhardt observaba esta relación alimentar = donar = nombrarse de manera sorprendente [11]. Entre los kanakes :

« En toda ceremonia familiar, se prepara un pequeño montón de víveres, dispuesto cuidadosamente sobre hierbas rituales, y cuando todo está listo y decorado, la gente se dispone en un medio círculo y el orador se adelanta : esos víveres, dice, son nuestra palabra, y explica su razón de ser. No ocurre de otra forma con la ofrenda sacrificial. Así el don lleva en sí mismo su significación y la declaración que lo acompaña en varios rituales, es además un acto adicional » [12].

El don es nuestra palabra, por él se hace reconocer nuestra naturaleza humana, uno se hace reconocer como aliado, como pariente, como ser viviente y donador. El don es el nombre del hombre cuando de la reciprocidad de los dones brota una conciencia común con la que se nombra al ser hablante. El don está investido de un valor simbólico : el valor producido por la reciprocidad.

La reciprocidad es la matriz de la función simbólica. Y es ahí que se crea el valor. Con este valor se nombra a lo viviente, al alimentador, al donador y, desde entonces, la palabra-don produce la reciprocidad al dirigirse al otro : ella es una orden (la orden de los genios, la orden de volver a dar so pena de morir socialmente). El que recibe el don recibe, inmediatamente, la orden de participar en la reciprocidad ; ese es el sentido del don (do ut des). Se comprende, entonces, que el demandador ¡demanda el don !. E, incluso en los mercados tradicionales occidentales, no es raro escuchar al comprador decirle al vendedor : “dame… un pan, por favor” y añadir antes de cualquier reparo del vendedor, que le fijará el precio : “Y dígame cuánto le debo !” La venta es demandada como un don y la demanda del don se acompaña por la obligación moral, inmediatamente reivindicada por el comprador, de pagar el precio justo. El comprador demanda el don para inscribirse en la estructura que socialmente lo autoriza a nombrarse con el nombre de hombre. ¡Y, sin embargo, ahí estamos en los mercados de librecambio !. Incluso, en esos contextos, los hombres y las mujeres se vuelven espontánea e inmediatamente a la relación primordial de reciprocidad. Así el don alimenta el sentimiento de humanidad.

En un mercado de reciprocidad, se hace entonces imposible donar sin exigir reciprocidad. Un don que pretendería imponerse unilateralmente, sin respetar el principio de reciprocidad, sería sentido como una ruptura de relación, o sentido como una agresión, una violación del principio moral, una violación de la obligación a la que aspira el comprador, una injuria al sentido que la reciprocidad dona al don mismo y consecuentemente al contra-don. Un semejante don, sin reciprocidad, privaría al otro del derecho de volver a donar y a participar del sentimiento común producido por la reciprocidad. Sería un insulto a su humanidad y una ruptura del flujo vital que es la reciprocidad en la creación de referencias éticas comunes. Y es el olvido de esta exigencia moral de la reciprocidad que hace creer que los dones recíprocos son intercambios e incluso que sólo pueden ser intercambiados. Y ya que los dones son necesariamente seguidos de contra-dones, el olvido de la obligación moral, que impone la reciprocidad con el don, acarrea la confusión con la idea de que los dones… ¡están interesados en el contra-don !. En realidad los dones no dejan de ser donados como dones puros, aunque de manera obligatoriamente recíproca, so pena de ya no ser dones y transformarse en desafío o desprecio.

Si uno se encuentra en un sistema en el que predomina la reciprocidad centralizada, el don de todos alimenta el sentimiento común que entonces es único para todos. La ofrenda ritual, por otra parte a menudo una ofrenda de alimentos, representa el hecho de que el don alimenta el sentimiento de humanidad compartido por todos pero bajo un solo significante. La ofrenda alimenta el sentimiento que parece detentar este único significante y que, al ya no pertenecer propiamente a nadie, se llama entonces “Dios”. El sentimiento de gracia parece recibida de más allá de cada uno y en una estructura centralizada parece venir del centro de la comunidad. El sentimiento creado por esta estructura centralizada es la gracia, a menudo considerada como alimento celestial… ¡He ahí por qué el don alimenta !

Esos diferentes sentidos de la palabra alimentar se relacionan con mismo principio : la obligación moral que Mauss puso en evidencia como el criterio de referencia de las economías de reciprocidad.

El alimento está ligado a la obligación de donar : la cosa donada perece como perece el alimento para el donador, pero alimenta su sentimiento de ser humano. El segundo sentido de alimentar está ligado a la obligación de recibir, ya que el donatario no puede derogarse al consumo del don, aunque esta obligación está ligada a la tercera obligación descrita por Mauss : la de volver a donar y para ello producir con qué volver a donar, con la reproducción del don que se convierte entonces en la obligación de un trabajo productor en el origen de la economía de reciprocidad.

Pero es importante reconocer que si el don reenvía a la producción del sentimiento de humanidad o de la gracia, él se expresa, concretamente, por la preocupación del cuerpo del otro y de sus condiciones de existencia. Cuando el Gran Hijo Kanak envía sus ñame al extranjero, diciendo : “he aquí nuestra palabra”, es claro que la palabra es alimento espiritual, pero el ñame también es un símbolo que nos recuerda que se debe alimentar al huésped materialmente, protegerlo, calentarlo, abrigarlo, cuidarlo.

El hombre que ha dejado su hogar ya no está en condiciones de asegurar sus condiciones de existencia incluso si se presentó con la intención de instaurar una relación de reciprocidad en la que se crea el valor por la palabra y no para adquirir ñames. La relación material o económica está suspendida a la exigencia ética que implica el advenimiento de una nueva humanidad aunque es obligatoria. Es esta materialidad la que es incluso la fuente de la energía espiritual, la que nos recuerda los símbolos o rituales de la metamorfosis de los valores de uso en valor espiritual : la ofrenda y el sacrificio. He ahí por qué la reciprocidad es el advenimiento en la naturaleza de un umbral a partir del cual se descubre la espiritualidad y el horizonte de la cultura.

Las obligaciones descritas por Marcel Mauss [13] son, desde entonces, el verdadero motor de la economía, y es la eficiencia misma del hecho de ser humano el que es mandamiento original.

J.-P. Guingane dice todavía :

« A veces esta moral social se hace “interdicta”, como es el caso entre los Lobis, entre los cuales ello ocurre con lo que se llama los cultivos amargos, los productos como el mijo, que constituyen la base de la supervivencia alimenticia, y cuya venta está prohibida. En el país Lobi no se pueden vender productos básicos » Association Cauris-.

Esos productos están destinados a alimentar a la familia, los niños, el pueblo, y alimentar es donar. Los Lobis no ignoran el mercado de reciprocidad pero para algunos viveres lo duplican por un compartir generalizado que instituye la gratuidad absoluta. Por otra parte están confrontados, desde la colonización, a prácticas comerciales que no responden a las normas de la reciprocidad positiva y de las que hablaremos pronto con el marcado de reciprocidad negativa, mientras que la compra y venta se practican fuera de la comunidad lobi. Es entonces imposible vender en un mercado semejante, en el que se practican otras prestaciones que aquellas de reciprocidad positiva, con bienes que deben ser donados. El mijo es un alimento que no puede ser intercambiado…

Lo prohibido del que hablan los Lobis dice de la génesis de la Ley pero bajo una forma negativa como la prohibición del incesto dice de la obligación de reciprocidad exogámica de manera negativa : tú no puedes producir para ti, así como no puedes esposar a tu hermana. Pero con mayor razón, no puedes intercambiar a tu hermana. Es posible aliarse de manera recíproca, como es posible distribuir de forma recíproca el ñame o el mijo, pero no es posible intercambiar el ñame o el mijo, así como es imposible intercambiar una hermana. Eso es porque la reciprocidad no tiene por finalidad la adquisición de una esposa o de mijo, sino la satisfacción del deso del otro para construir una humanidad común de referencia.

Pour citer ce texte :

Dominique TEMPLE, "El origen del mercado según J.-P. Guingane", El mercado de reciprocidad positiva, 2001, http://dominique.temple.free.fr/reciprocite.php, (consulté le 19 novembre 2017).

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Notes

[1] GUINGANE, J.-P. “Le marché africain comme espace de communication - Place et fonction socio-culturelles du Marché Africain”, conferencia-debate al Centro Lacordaire, Montpellier, mayo 2001, ver : Afrique.Cauris

[2] bebida a base de mil que podria comparase a la babida de “bienvenida” a base de manioc que los Shipibos ofrecen a sus visitantes : el masato.

[3] Ibíd Afrique.Cauris

[4] BENVENISTE, Emile. Le vocubulaire des institutions indo-européennes, Les Editions de Minuit, 1987. Tomo 1- Economie, parenté, société ; tomo 2- Pouvoir, droit, religion). - Problèmes de linguistique générale, Tomo 1 (1966) ; Tomo 2 (1967).

[5] El libro de los himnos el más ancianos de los textos hindú llamados Véda (“sabiduría”)

[6] BENVENISTE, E. 1987, op. cit.

[7] HYDE, L. The Gift, Imagination and the erotic life of property, Vintage Books, New York, Random House, 1979.

[8] MAUSS, M. “Essai sur le don. Forme et Raison de l’échange dans les sociétés archaïques”, in L’année sociologique (1923-24), seconde série, t. 1. Sociologie et anthropologie, Paris, PUF, 1991.

[9] BAYART, J.-F. L’État en Afrique : la politique du ventre.

[10] HYDE, L. Op. cit.

[11] LEENHARDT, M. Do kamo. La personne et le mythe dans le monde mélanésien, Paris, Gallimard, 1947.

[12] LEENHARDT, M. Op. cit.

[13] MAUSS, M., op. cit.