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PARTE I

1. Seminario sobre la reciprocidad — El principio de reciprocidad

3. La reciprocidad matriz del sentido

Dominique TEMPLE | 2004

Lo contradictorio engendrado por la reciprocidad : la libertad

El relevo de la filosofía aristotélica por la física moderna nos permitió introducir el principio de antagonismo, que funda la Lógica de lo contradictorio, pero también una nueva teoría del conocimiento (la de Stéphane LUPASCO). La relación de lo real y su representación se encuentra clara en ella.

El relevo de la física y de la lógica por la fisiología neuronal nos permitió conciliar lo cuántico y lo psíquico, las potencialidades antagonistas (y llamadas complementarias por el físico) fueron aproximadas a las conciencias elementales que forman el horizonte de la percepción. Igualmente, el enfoque de la afectividad ha sido renovado : lo absoluto de la afectividad pudo ser interpretado como lo que es contradictorio por naturaleza. La afectividad apareció como el producto de la complejización, por el sistema nervioso, de lo que es contradictorio en sí. Esos resultados permiten un nuevo avance : vamos a precisar las características de lo contradictorio cuando es producido en una estructura de reciprocidad.

Retomo nuestra reflexión a partir del pequeño recuadro adosado al muro de nuestra memoria : Quien actúa debe padecer.

He aquí que la reciprocidad crea lo contradictorio en cada uno de nosotros, pero este contradictorio no es de la misma estructura que la creada por la células oscilantes de nuestro sistema nervioso, por la membrana celular entre el interior y el exterior, o por la interfase entre la vida que anima al ciervo y la muerte que lo acecha o aún la interfase de las sensaciones entre ellas en el origen de los sentimientos, de los que no sabemos gran cosa. ¡Por lo menos, nada de la misma naturaleza ! ¡No !, en absoluto, y esa es la originalidad de la reciprocidad respecto a todas las estructuras generadoras de una interfase contradictoria que se puede imaginar.

En la reciprocidad sólo puedo padecer si otro actúa y no puedo actuar si otro no padece. No puedo actuar y padecer al mismo tiempo y encontrarme en una situación contradictoria, si no es que el otro padece y actúa al mismo tiempo.

A partir de ahí, el otro es una condición previa a mi experiencia, forma parte de ella como condición esencial. Lo contradictorio, que nace de la interacción con el otro, no es pues lo mismo que nace espontáneamente en mi sistema psíquico, el cual está constituido por nada más que mi yo biológico.

Lo contradictorio, nacido de la reciprocidad, es revelación de la conciencia de conciencia a ella misma, pero de tal forma que lo que está puesto en juego por el yo está relativizado por lo que está puesto en juego por el otro. La conciencia de conciencia, construida así, es, pues, la de una libertad pura en relación a mi y en relación al otro. Esta libertad es, por su eficiencia, un Sujeto que me anima ahora, tanto a mi como al otro, es decir, que él es la conciencia que se revela a sí misma como instancia de libertad absoluta frente a mi y el otro, pero – para el otro y para mi – como nuestra propia conciencia humana.

Figure 1
Figure 1
Légende : On peut dire que l’homme est une personne en deux natures : une nature qui est celle qu’il met en jeu dans la réciprocité, l’autre celle qui naît de la réciprocité avec autrui. Les deux natures signifient ici la dialectique entre ce qui est mis en jeu dans la réciprocité pour engendrer la vie spirituelle et l’efficience de cette seconde nature qui donne sens à la première, c’est-à-dire au monde dont elle est issue.
Puede decirse que el hombre es una persona con dos naturalezas : una, la que pone en juego en la reciprocidad ; la otra, la que nace de la reciprocidad con el otro. Aquí las dos naturalezas significan la dialéctica entre lo que se pone en juego en la reciprocidad, para engendrar la vida espiritual, y la eficiencia de esta segunda naturaleza, que da sentido a la primera, es decir, al mundo del que ha brotado.

La eficiencia de esta libertad pura es aquello que yo creo poder llamar la voluntad : la voluntad tiene pues su sede en cada uno de nosotros, pero pertenece a una libertad que nos sobrepasa, ya que esta libertad pertenece a todos. He aquí el hombre. El hombre apareció de golpe, dice Lévi-Strauss, a partir de lo que llama la alteridad pero, hay que añadir, gracias a la intermediación de la reciprocidad.

Digamos, pues, que si lo contradictorio “no existe” en la naturaleza que conocemos, pero que hace parte de lo sobre-natural y que si la afectividad, en tanto que manifestación de absoluto, es una revelación cuya estructura es contradictoria, entonces aquello de lo que se trata se presenta no solamente como lo sobrenatural, sino como lo que algunos de ustedes llamarían lo divino o aún el misterio. Es por ello que puede decirse que la reciprocidad es la matriz de lo divino en el hombre. Lo que se dice forzosamente a la inversa, ya que es la conciencia la que habla y no la naturaleza.

Y bien, si, a partir de ahora, la reciprocidad nos parece ser la matriz o la sede de tal o cual acontecimiento, se puede imaginar fácilmente que ella haya podido estar en el origen de todas las sociedades e incluso de todas las aventuras humanas.

Las Tradiciones más antiguas insisten en la idea de que la revelación no se produce a partir de una sensación biológica, sino a partir de una sensación inter-individual.

Sitúan la alteridad en el otro y no en la diferenciación orgánica.

Esas Tradiciones tienen necesidad de hacer nacer la revelación, es decir, la conciencia pura, entre los hombres y no en los hombres.

Subrayan que no se trata de una relación entre el hombre y el hombre que sería del mismo tipo que la relación del hombre y el mundo, sino al contrario, de que el mundo no es de ninguna ayuda para el hombre, como aún dice el Génesis : no hay nacimiento de la conciencia entre el hombre y el animal. El animal no es de ninguna ayuda.

En efecto, no puedo crear lo contradictorio de dar y de recibir por mi mismo, ya que debo recibir de otro, y no puedo donar si otro no recibe. No puedo pues crear por mi mismo lo contradictorio, que se crea en la relación de reciprocidad. Ésta es la resultante de una estructura de la que el otro es la condición sine qua non.

Es, pues, la reciprocidad la que se propone aquí como el origen de todas las sociedades humanas, es decir, de las sociedades cuya conciencia es una conciencia de sí misma y una referencia para todos.

Creo que se puede precisar, entonces, que el vivir juntos, que le da a la conciencia afectiva una dimensión universal, responde a una definición precisa. Lo universal no puede reducirse a la generalización de un imperativo categórico individual. Incluso en una comunidad de reciprocidad reducida al frente a frente de dos individuos, hay más de universal que en el sentimiento de simpatía propio a todos los mortales. Es pues de lo ello, de lo que testimonia, me parece, el hecho de que los hombres que viven en comunidades de reciprocidad se llamen a sí mismos inmediatamente “henos aquí los verdaderos hombres”.

Lo universal es el hecho de que la libertad se escape a todo condicionamiento, a todo anclaje singular, se eleve como la llama sobre el bosque que ella consume, pero que es producido a partir de una relación entre hombres muy precisa : la reciprocidad.

Subrayo todavía algo más : que la conciencia, como revelación de sí misma, no es solamente pasiva, sólo develamiento, como ello a veces se produce (y lo hemos visto con la página en blanco de Lupasco, que se cubría de signos que le develaban la lógica de la sistemogénesis del espíritu) ; ella no es sólo receptividad, sino que es actividad, ya que, como cualquier otra energía, es eficiente. Esta eficiencia está reivindicada como su voluntad por cada de uno de los hombres frente a los otros.

Es quizá por ello que las grandes Tradiciones ponen al comienzo una estructura trinitaria. Reconocen los dos protagonistas de la reciprocidad como fundamento de la humanidad a través de la noción de alteridad (o aún de la prohibición del incesto) pero añaden la eficiencia de la conciencia afectiva (del absoluto) que es su fruto como aquello que les comunica su segunda naturaleza.

Inmediatamente, la conciencia en cuestión se llama a sí misma (la humanidad) y sale así de lo absoluto por la palabra.

Recuerdo el Ensayo sobre el don de Marcel Mauss, que descubrió que en las comunidades arcaicas – y, por tanto, como se puede presumir con alta probabilidad, en las comunidades humanas originarias – todas las prestaciones posibles e imaginables están integradas en la reciprocidad, en lo que Mauss llama las prestaciones totales  (lire la définition) , para adquirir así un sentido.

No veo, hoy, nada que no haya sido ya conocido, desde los orígenes, por todos los hombres, ya sean inuit, twa, hebreos, indios o griegos, de hoy o de ayer ; lo sabían por una experiencia afectiva, mientras, ahora, nosotros lo conocemos de forma racional.

Vuelvo a Lévi-Strauss sobre dos puntos precisos. Ya insistí en uno de ellos : uno puede afirmar la primacía de la libertad y de la palabra que la expresa : porque aparece como lo absoluto, con la violencia del rayo (la llamaré la omnipotencia de la función simbólica). Pero también se puede afirmar que esta libertad nace de la naturaleza, más precisamente : del entre dos cuerpos, como la emergencia de lo contradictorio a partir de la relativización de los contrarios, y que se despliega gracias a la reciprocidad. Entonces ella es como una “pequeña cosa muy frágil” que llamaré la vulnerabilidad del ser humano.

Pero hay otro punto importante : en nombre de la libertad, que resulta de la relativización de los contrarios, se puede rechazar a esta misma libertad de llamarse la Ley. Ya puede adivinarse que la teoría de la reciprocidad propondrá, a la pregunta difícil de la violencia de lo simbólico, un porvenir sin compromiso con la fuerza.

Pour citer ce texte :

Dominique TEMPLE, "La reciprocidad matriz del sentido", 1. Seminario sobre la reciprocidad — El principio de reciprocidad, 2004, http://dominique.temple.free.fr/reciprocite.php, (consulté le 23 novembre 2017).

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