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Teoría de la reciprocidad. La Paz, Padep-gtz, 2003.

Tomo I – La reciprocidad y el nacimiento de los valores humanos

3. Conclusión

Dominique TEMPLE | 2003

Conclusión general

Es en 1924, el mismo año en que Marcel Mauss generalizó a todas las sociedades humanas el descubrimiento de Malinowski, que Louis de Broglie generalizó al universo físico el descubrimiento de Planck y Einstein : todo en la naturaleza se manifiesta de dos formas contradictorias, corpúsculo y onda, materia y luz, vida y muerte, sin que sea posible establecer un puente continuo entre los dos ya que el arco mediano del puente queda contradictorio en sí mismo. ¿No hay, por ventura, alguna relación entre ese vació cuántico, situado entre las manifestaciones antagónicas de la energía, y el Tercero, nacido de las estructuras contradictorias de la reciprocidad ? Lévy-Bruhl sospechará la analogía ; Leenhardt la aludirá… Niels Bohr, invitado en 1938 al Congreso Internacional de Antropología de Copenhague, la ilustrará. Pero será con Stéphane Lupasco que esta parte del misterio se convertirá en una cuestión central. Él muestra que una nueva teoría del conocimiento es necesaria y que esta teoría no debe situar la cuestión de la verdad en la no-contradicción, como antes, sino, justamente, en lo contradictorio.

La estructura de reciprocidad se nos ha revelado como la matriz de lo que Lupasco teoriza como el Tercero incluido. El Tercero nace de la reciprocidad, por lo menos de esa forma de reciprocidad que hemos llamado simétrica, caracterizada por la mesotês, la medida justa, y la isotês, la igualdad ; Tercero que podría parecer metafísico si no fuera producido por el consumo de la vida y de la muerte ; Tercero que podría ser el cielo, como el espíritu de los chamanes, si no tuviera para desarrollarse, que encarnarse en la palabra y rematerializarse en significantes no contradictorios.

Del ser humano, los economistas nos propusieron la idea de un individuo movido solamente por su interés. Los primeros seres humanos se habrían encontrado, dizque, para repartirse entre sí cosas útiles. Pero he aquí que los valores de uso, que satisfacen los objetivos de la sobrevivencia, no pueden pretender transformar la mirada del salvaje en reflexión. El ser que deslumbra la mirada del hombre es algo más que la mera vida. Ahora bien, la única estructura natural, de la que nace una fuerza sobrenatural, es el cara a cara del hombre con el hombre. La reciprocidad entre los seres humanos engendra un valor, fuera de la naturaleza ; el valor que Mauss no se atrevía a nombrar sino con un nombre misterioso tomado de los pueblos que viven en las antípodas de Europa : el “mana”.

El ser humano, para ser, pone en juego su vida y su muerte en la reciprocidad. La reciprocidad es la cuna del ser social, de la conciencia y del lenguaje. Ningún interés egoísta lo llevó, en el curso de la historia, por sobre el deseo de engendrar más ser, por la reciprocidad, sino de una forma ilusoria. Los Griegos, los Jíbaros y los Maoríes nos propusieron una teoría de la reciprocidad que hace de ella la matriz del Tercero : sentimiento de potencia de ser (en el caso de los Jíbaros) de ser viviente (en los Maoríes) de ser justo (en los Griegos) y cuya extensión es la gracia. Aquí comienza lo que no tiene medida y no puede ser ciencia.

Mas ¿cómo pudo el ser humano inventar, desde entonces, su propia explotación ? Cuando analiza los orígenes del intercambio, Aristóteles propone dos observaciones : los comerciantes de los países desconocidos, los pequeños comerciantes o tenderos del agora, utilizan la moneda. ¿Lo lejano o lo inmediato ? De hecho, las dos ideas son idénticas. Con el prójimo no ciudadano, como con el extranjero, es la misma ruptura infinita la que está en el origen del comercio mercantil y de la moneda de intercambio.

Pero la moneda ayuda al intercambio a trazar rutas rápidas para todos los valores de uso. Y las técnicas en sus laberintos producen síntesis inesperadas. Nadie discute que el intercambio sea un multiplicador de empresa, un intensificador de la vida.

Sin embargo, la complejización de los intercambios engendra una civilización material que elige las relaciones más frías y suprime las más calurosas. A medida que esas estructuras de reciprocidad desaparecen, la humanidad se pierde. La humanidad ¿no debiera volver a conocer la cuna de la que nace su ser, el lugar desde donde habla el ser ? La humanidad es relación y el interés individual la mutila. No esperemos que la muerte que viene nos hurte, como a los cazadores del paleolítico, la ocasión de una reflexión, ya que ese milagro tuvo lugar de una vez para siempre y, ahora, le toca al ser humano pensarse a sí mismo y pensar sus orígenes. El ser no puede nacer dos veces, como si no hubiera recibido, desde el primer instante, la libertad y la responsabilidad. Es dominando el crecimiento, deteniendo la carrera por el provecho, limitando el goce de los conquistadores y constructores de imperios, con el objeto de liberar una territorialidad para la ética en el mundo, que el hombre y la tierra, que sueña en él, podrán sobrevivir al caos que ya los envuelve.

Viendo que el conocimiento la borra, los mismos moralistas creyeron que la afectividad no era sino una pasión primitiva. Pero la afectividad pura es la esencia de la libertad ; ella es el goce transparente de la libertad, la gracia que no puede ser reducida al dominio de ningún sistema primitivo. No hay creador que no confunda la iluminación de la revelación con un grito de alegría.

Los Maoríes, los Kanakes, los Griegos y los Jíbaros nos enseñaron que la sola potencia del vencedor es vana, que el ser no es la vida, que la muerte le es necesaria para nacer, que el ser no está antes de ser y que, para ser, debe ser engendrado. Y bien, esta génesis es la de un ser libre y, tanto su vida como su muerte, está en sus manos.

Hemos ligado el ser a la vida, porque la vida nos parecía engendrar el ser. Hoy, la vida se ha convertido en su desgracia. Hegel decía que el esclavo retarda el plazo de su muerte, trabajando para el amo, y de esta modo transforma su conciencia en conocimiento del mundo. El esclavo se ha liberado del temor que lo condenaba al trabajo. Se ha prendado del crecimiento. Por la producción, espera renovar sin cesar el goce. Pero el conocimiento cubre el suelo, bajo nuestros pies, con cosas muertas y, como el sol, evapora el rocío, evapora la gracia. Entonces descubre que esta vida es otra muerte. Si el esclavo quiere ser libre, no sólo le falta diferir la muerte, sino que tiene que dominar su propia vida, mediante el cuidado de la vida del otro ; dominar la vida, antes de que ella lo condene a muerte.

Pour citer ce texte :

Dominique TEMPLE, "3. Conclusión", Tomo I – La reciprocidad y el nacimiento de los valores humanos, 2003, http://dominique.temple.free.fr/reciprocite.php, (consulté le 19 novembre 2017).

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