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2. La reciprocidad negativa entre los Jíbaros

2. El Ser Jíbaro : el “kakarma”

Dominique TEMPLE | 1995

El “kakarma”

Alma arutam significa no sólo la visión del asesinato como imagen de vida, sino “potencia de ser”. Esta potencia, de naturaleza afectiva, se llama kakarma [1].

Los Jíbaros emplean indiferentemente kakaram y kakarma para expresar la potencia misma del guerrero. El sentido de la frase permite comprender si se trata de un guerrero o de su potencia de ser. Harner elige, para facilitar las cosas, kakarma para mentar la potencia de ser y kakaram para referirse al guerrero [2]. Harner compara el kakarma con el mana polinesio [3]. Señala, asimismo, que el kakarma se acrecienta con la sucesión de almas de asesinato en el curso de los ciclos de venganza, mientras que las almas de asesinato se borran las unas a las otras. Sin embargo, los Jíbaros dicen que faltan dos almas para tener la sensación de ser, no solamente invulnerable sino inmortal. Y el kakarma es esta fuerza que les comunica el sentimiento de estar fuera del tiempo, fuera de la vida inmediata. ¿Por qué, entonces, son necesarias dos almas de asesinato para que el kakaram adquiera ese sentimiento de eternidad ? Y ¿cómo un Jíbaro puede adquirir dos almas de asesinato, si la primera exige su inmediato pasaje al acto y desaparece con la realización del asesinato ?

Los Jíbaros precisan que el alma nueva viene a impedir que el kakarma se disipe ; que viene a impedir que la vieja alma desaparezca completamente. Si bien cada uno de ellos (de los asesinos) acaba de perder un alma arutam, la potencia de esta alma permanece en su cuerpo y fluye muy lentamente ; se cree que se necesitan alrededor de quince días para que este poder desaparezca completamente [4]. Un guerrero que, antes de este plazo, captura una segunda alma de asesinato, “cerra con cerrojo”, según la expresión de Harner, la primera alma. Retiene no sólo su fuerza, sino que impide que desaparezca. En la relación de García [5], los asaltantes que han perdido su alma de asesinato en el curso del ataque, exigen la reciprocidad de sus víctimas, y apenas ésta es obtenida, disponen de las almas de asesinato esperadas. Las han recibido suficientemente rápido para impedir que la potencia de su primer alma se pierda totalmente. De alguna forma, vuelve a atrapar su primer alma de asesinato. Desde ese momento, están protegidos por dos almas ; tienen el sentimiento de ser kakaram : guerreros cumplidos : ser Jíbaro.

Sus víctimas, que estaban a la intemperie, presumiudas sin almas por tanto : vulnerables, reciben una primer alma, sufriendo el primer asesinato. Gracias a esta alma pueden vengarse. Luego, sufriendo un segundo asesinato, obtienen una segunda alma de asesinato que colma la primera. Por tanto, los guerreros de ambos campos están protegidos por dos almas de asesinato. Se han convertido en kakaram, guerreros poderosos e invulnerables. De este modo, cesan los asaltos y los asesinatos. Cuando todos se han convertido en invencibles, la paz está asegurada por algún tiempo. La reciprocidad de asesinato no conduce a un aniquilamiento total sino, por lo menos en este caso, a un equilibrio social. Se puede decir, pues, que es la reciprocidad de los asesinatos la que engendra el kakarma. Si la reciprocidad desapareciese, también desaparecería el kakarma. Esa es, sin duda, la razón por la que los Jíbaros dan cuenta del ciclo, por la sucesión de dos almas arutam.

Figura 1
Figura 1
Se necesitan dos arutam wakanï para indicar la necesidad de la reciprocidad de la que depende el kakarma.

La reciprocidad de los asesinatos permite al Jíbaro redoblar la secuencia lineal : conciencia de asesinato – conciencia de muerte o conciencia de muerte – conciencia de asesinato, con una secuencia similar antes de que el segundo término de la primera secuencia haya desaparecido de su mundo imaginario, de donde proviene, justamente, el encabalgamiento de las dos secuencias antagónicas.

Figura 2
Figura 2
La reciprocidad de asesinato conduce a la coexistencia de una conciencia de asesinato y de una conciencia de muerte.

La superposición y la confrontación de conciencias antagónicas dan nacimiento a una conciencia de conciencia. Es eso lo que nos parece bien expresado por el término cerrojo, empleado por Harner, para indicar cómo, en el espíritu de los Jíbaros, la segunda alma de asesinato llega a impedir la desaparición de la primera, es decir, cómo la conciencia de vida-muerte llega a impedir que se borre la conciencia de muerte. (La conciencia de muerte está, en efecto, inscrita en la desaparición de la primer alma de asesinato). En la escena relatada por García no sería necesario que los asaltantes matasen una segunda vez. La venganza de sus víctimas hubiera bastado para asegurarles una segunda alma de asesinato y convertirse, a su vez, en kakarma. Todo ocurre como si los asaltantes hubieran querido probar la eficacia de sus almas, mediante asesinatos reales, pero también como si el asesinato fuera debido a ese mismo a quien se lo demanda.

De ahora en adelante, nos dice Harner [6], el guerrero jíbaro, que posee dos almas de asesinato, tiene la sensación no sólo de ser invencible, sino inmortal, fuera del tiempo, fuera del alcance de la vida y de la muerte, como suspendido entre la una y la otra. Él es la sede de una afectividad muy particular que es plenitud de sí misma, libertad soberana, quizá : el goce puro del ser… Si las conciencias de vida y de muerte participan de un mundo imaginario, unido por contradicción a actos reales antagónicos, el kakarma, a su vez, es el irreprimible sentimiento de ser. Sin embargo, la dialéctica de la vida-asesinato y de la muerte-por-asesinato es la condición sine qua non ; la matriz necesaria para la génesis del kakarma. Sin esta dialéctica, ni sombra de aquella. Ella es el cuerpo del ser y se hace imperioso mantener ese cuerpo e, incluso, acrecentarlo para aumentar el goce del ser. Harner describió remarcablemente este crecimiento del kakarma :

« La adquisición de una nueva alma “arutam” no sólo sirve para aportar una nueva fuerza (“kakarma”) sino también para “encerrar” la fuerza de la anterior y, por tanto, impedirle fluir. No se pueden poseer más de dos almas “arutam” a la vez, pero la posibilidad que da un alma de retener la fuerza de la otra, permite acumular la potencia de un número ilimitado de almas que se han podido conseguir precedentemente. En otros términos, la posesión de almas es consecutiva ; la posesión de la potencia es acumulativa. Los asesinatos sucesivos hacen posible una acumulación continua de potencias que se opera reemplazando una vieja alma “arutam” por una nueva. Ese mecanismo de renovación es tanto más importante cuanto una persona conserva la misma alma “arutam” durante cuatro o cinco años, pues ésta tiende a dejar a su poseedor por la noche para errar por el bosque y, tarde o temprano, flotando entre los árboles, será capturada por otro Jíbaro » [7].

Interpretamos, pues, el kakarma como un sentimiento que resulta de la confrontación de conciencias antagónicas : la conciencia de muerte y la conciencia de vida-muerte cuando estas dos conciencias pueden estar suficientemente cercanas la una de la otra como para confundirse. La confrontación de dos conciencias antagónicas se hace posible gracias a la reciprocidad.

La dialéctica de la venganza

Los Jíbaros no razonan con las conciencias de vida por asesinato y de muerte por asesinato que invaden su mundo imaginario. No nombran su conciencia de muerte como tal ; no tienen para ella, para el alma de asesinato, una palabra simétrica a la de alma arutam. Una sola expresión da cuenta de las dos conciencias antagónicas del ciclo. Sin embargo, Harner llama a aquella que ha abierto el ciclo : la vieja alma arutam ; a la otra, que recomienza el ciclo : la nueva alma arutam [8]. Las dos almas arutam no tienen entonces el mismo valor. La vejez designa, sin duda, la conciencia de muerte.

Mas ¿por qué la conciencia de vida-muerte es elegida para representar el ciclo y no la conciencia de muerte ? Arriesgaremos la siguiente hipótesis : en el origen, el ser humano está dominado por su conciencia biológica de predador. Esta conciencia biológica es una conciencia elemental que, según la conjunción que constatamos con lo real, es una conciencia de muerte. El predador puede también tener una conciencia de vida, ya que puede sufrir igualmente una experiencia de muerte, en particular cuando está amenazado por el hambre. Pero ni bien alcanza su presa y calma el hambre, esta conciencia desaparece y el predador reencuentra una conciencia de muerte. Las dos conciencias elementales antagónicas se suceden, pero no se reencuentran o no se superponen. Para provocar una interacción simultánea entre dos conciencias antagónicas, hay que reforzar la conciencia de vida, es decir, intensificar el acto que le es ligado : el acto de morir [9]. A partir de entonces, la conciencia de vida es la que aparece como causa de la conciencia de conciencia  (lire la définition) y que parece aportar con ella el kakarma. El kakarma mismo no parece, pues, poder disociarse del alma de asesinato. Y si las almas de asesinatos se borran una tras otra, dejan, sin embargo, su fuerza, su kakarma, a la última de ellas. En efecto, el Jíbaro asocia su ser a su conciencia de vida-asesinato ; su kakarma a su alma arutam. Y ya que la conciencia de asesinato simboliza el kakarma en su no-contradicción formal, ella es superior a la conciencia de muerte. Esta supremacía relanza la alternancia de asesinatos. Es por ello que el kakarma no aparece como el resultado de un equilibrio de muertes con el enemigo, sino como una fuerza que se acrecienta con la sucesión de las conciencias de asesinato. La última alma de asesinato será la expresión conciente de toda la fuerza de ser precedentemente engendrada por cada nuevo ciclo de reciprocidad. El equilibrio de la reciprocidad se transforma en dialéctica polarizada por la conciencia de vida-asesinato.

Del “kakarma” al “mana”

La distinción entre alma de asesinato, wakanï arutam, y presencia de ser, kakarma, permite aclarar uno de los misterios del mana.

En el sistema de dones, no se trata sólo de dar sino, más fundamentalmente, de volver a dar o dar de manera recíproca. Esta reciprocidad supone una obligación para cada asociado, obligación que se impone sin que su interés inmediato pueda ser la causa de ella. Si se transpone, a la reciprocidad positiva, la tesis propuesta aquí para dar cuenta del kakarma o de las dos almas arutam, se dirá que el donante debe convertirse en donatario y el donatario en donante para que la conciencia de cada uno se redoble y, luego, se relativice con aquella del otro [10]. La reciprocidad es la mediadora por la cual dos conciencias elementales antagónicas se oponen, se encuentran la una con la otra y se neutralizan mutuamente, ya que son contradictorias entre ellas, para dar nacimiento a una conciencia de conciencia  (lire la définition) . En la interioridad de su antagonismo, ellas engendran un estado intermedio, gracias al cual se iluminan y se dan sentido mutuamente. Desde entonces, dar está ligado a la conciencia de adquirir prestigio y recibir a la conciencia de perder la cara. Cuando, ni la una ni la otra de las dos conciencias antagónicas domina a la otra, su iluminación recíproca cede lugar a la revelación de lo que es el ser mismo de la conciencia de conciencia. Es en el corazón de este equilibrio que nace, en nuestra opinión, el sentimiento de mana y de kakarma.

Figura 3
Figura 3
Equivalencias de las nociones jíbaros y occidentales.

El corazón de la conciencia de conciencia, el sentimiento que los Jíbaros llaman, en la reciprocidad de venganza, el kakarma, encuentra como equivalente, en la reciprocidad positiva, el mana. El mana [11] nace como el kakarma de la reciprocidad de asesinato, pero también de la reciprocidad de dones. E, igual que el alma de asesinato, es la conciencia que domina el ciclo de la reciprocidad negativa ; la conciencia de ser prestigioso se hace dominante en el ciclo de dar y recibir. De este modo, el mana se acumula en beneficio del donante ; se conecta a la conciencia de prestigio de aquél que ha tomado la iniciativa del ciclo del don. Está contenido por el polo de la contradicción dialéctica (dar-recibir) que asegura la dinámica : donar. Por tanto, no es fácil disociar el mana de la conciencia del donante mismo. La conciencia de donante y el sentimiento de ser, nacido de la reciprocidad, hacen causa común. Es, sin duda, por ello que Mauss no pudo aislar el término mana, como Tercero, de la conciencia del donante. Concluyó sosteniendo que el mana era la potencia propia del donante, que era su nombre, su prestigio. No pudo descubrir que la estructura de reciprocidad confiere al mana cierta autonomía en relación con la conciencia individual.

Por el contrario, la reciprocidad negativa permite distinguir la potencia de ser de la conciencia propiamente dicha. El que muere, en efecto, es el que adquiere el alma de asesinato ; en tanto que el que mata, la pierde. Y bien, es el asesino el que tiene la iniciativa del ciclo, el que detenta el polo dominante de la dialéctica de asesinato y que reivindica la potencia de ser para su beneficio. Y como gana la potencia de ser, con la condición de perder su alma de asesinato, la potencia de ser puede ser percibida como distinta del alma de asesinato. Esta distinción revela que la potencia de ser, pese a estar contenida en las conciencias individuales, es distinta de esas mismas conciencias. Ella, en efecto, es fruto de la relación de reciprocidad y no es el acto que esta reciprocidad pone en juego, sea el asesinato o el don, sea la vida o la muerte.

La palabra

Conocemos la eficiencia del alma arutam : el asesinato. ¿Cuál es entonces la eficiencia del kakarma ? Se sabe que ésta le da al Jíbaro su fuerza de carácter ; pero ¿cómo se traduce esta fuerza de carácter ? Los Jíbaros reconocen el kakarma, particularmente en los jóvenes que han adquirido una primer alma de asesinato, por el hecho de que hablan con autoridad y con voz alta.

« La mayor parte de sus parientes y conocidos se dan cuenta rápidamente de que el joven tiene un alma “arutam”, con sólo ver el cambio en su personalidad. Por ejemplo, comienza a hablar con más autoridad »

En una nota, Harner precisa : « las personas que han visto un “arutam” se distinguen fácilmente por este solo rasgo » [12]. Así, pues, el kakaram es el hombre de voz potente, resonante, de la palabra más tenaz y determinada. La eficiencia del kakarma es, primero, la palabra.

Hemos presentado el kakarma como el corazón de la conciencia de conciencia. Las conciencias de muerte o de asesinato están particularmente separadas de la realidad inmediata, por ese poder de nombrarlas que es la eficiencia del kakarma. El guerrero es desde el principio chamán. Ya que, desde entonces, la palabra es la condición de la acción ; el motor del ciclo es la potencia de ser, el kakarma. Proclamarse guerrero, es responder a la obligación irresistible e irrevocable del asesinato ; es tomar la iniciativa de realizar el acto, que está en potencia, en el alma de asesinato. La proclamación de su pasaje al acto constituye, para esta conciencia de asesinato, un punto sin retorno. La palabra, la proclamación, hace irreversible su desaparición [13]. Esta eficiencia de la palabra es tal que los jóvenes guerreros callan a sus prójimos la visión, la arutam, que han visto, ya que creen que proferirla bastaría para que desapareciese su misma alma [14]. Decirse “ser humano”, es decirse asesino ; condenarse a ser asesino, ya que se debe cumplir la reciprocidad. La palabra queda aquí ligada a la reproducción de actos fundadores de la reciprocidad. No llega a recrear la reciprocidad fuera de sus condiciones de origen, es decir, a recrearla libremente. No se libra de sus condiciones. El mundo imaginario está todavía engastado en la realidad. Como quiera que esto fuese, en cualquier caso la palabra da testimonio de que la potencia de ser, nacida de la reciprocidad : el kakarma, tiene de ahora en adelante la ventaja sobre la naturaleza. La palabra permite al mundo imaginario desprenderse de sus anclajes biológicos. Y bien, no hay mundo imaginario sino por la reciprocidad ; por tanto, pues, la reciprocidad es la que introduce la primera escisión entre la naturaleza y la cultura. Harner cuenta cómo, en ocasión de una expedición de venganza, los guerreros se reúnen y proclaman la visión de su alma :

« Los más jóvenes forman un círculo alrededor de los matadores curtidos que piden entonces, a cada uno, describir el “arutam” que ha visto. A medida que cada uno, joven o viejo, cuenta lo suyo, su alma “arutam” lo deja para siempre, para errar en el bosque bajo la forma de una brisa, ya que el alma “arutam” se contenta con un asesinato » [15].

No se podría expresar mejor, a la vez, el primado del ser-hablante sobre la naturaleza y el tributo que le debe. La conjunción de contradicción entre la vida que mata (el asesinato real) y la conciencia de morir aparece mucho antes de estar inscrita en la realidad biológica ; aparece en el momento en que la decisión de asesinato ha sido proclamada. La eficiencia es arrancada a la naturaleza ; es conferida al kakarma. Las cosas se invierten : no es más la naturaleza la que autoriza la reciprocidad, es el kakarma, nacido de la reciprocidad, el que ordena la naturaleza a su ley. Nos las habemos, pues, con un acontecimiento de humanidad. La proclamación, en efecto, es pública ; es incluso un clamor que resuena de comunidad en comunidad. La selva amazónica no es una inmensidad silenciosa, sino para el occidental. Para el Jíbaro, toda ella está habitada por la palabra. Imagínese un río tumultuoso. Un hombre desciende en piragua por el río. Su voz, dirigida a chozas escondidas en la selva a lo largo del río, resuena por doquier. Anuncia a todos que va a matar en la comunidad de los raptores de su hija. Pasa lentamente a sólo algunos metros de las casas de sus numerosos enemigos. Pero nadie se mueve, nadie dispara, todos escuchan. Todos deben entender esta proclamación de la venganza. Se dice del hombre que es invulnerable. Los Jíbaros traducen esta invulnerabilidad como la posesión de un alma de venganza ; pero ella significa, primero, el reconocimiento, de parte de todos, de la palabra que hace ley. El clamor, es cierto, puede ser sordo, un rumor y llenar, sin embargo, todo el espacio, relegando a la insignificancia los ruidos de la vida. Los hombres que preparan el asesinato se encuentran. El asesino explica su proyecto. Reafirma su decisión y sus razones. Las objeciones son pacientemente enunciadas y refutadas ; el acuerdo crece. De choza en choza, se trama el complot. Cuando todos los Jíbaros han elegido su campo, aliado o enemigo, cada uno espera el asalto y el asesinato ; el complot es conocido por casi todos. El asesinato está precedido por el asentimiento del mayor número posible. Entonces, el aire jíbaro vibra por todas partes con su inmanencia, que es la de una palabra, de la que todo es eco, incluso el silencio.

Los “espíritus”

Hemos insistido en la necesidad del otro para autorizar la confrontación de dos conciencias antagónicas, y sugerido que, del encuentro de esas conciencias contradictorias, nace el sentimiento del ser mismo de toda conciencia : el kakarma. Para los Jíbaros, sólo el ser del hombre, su potencia de guerrero : su kakarma, es inalienable, es lo más real que quepa imaginar. A tal punto, que no distinguen el kakarma, del guerrero mismo, y llaman con el mismo nombre al uno y al otro. Sostienen, en efecto, que las almas de asesinato se transforman en kakarma en el curso de su sucesión. Desaparecen las unas tras las otras ; la segunda toma el lugar de la primera, la tercera la de la segunda, como si las conciencias respectivas de la vida y la muerte por asesinato se metamorfosearan en potencia de ser, bajo la cubierta de la última alma de asesinato. Mas, para los Jíbaros, esta metamorfosis es reversible.

En ocasión de la muerte de un guerrero, su kakarma se transforma en tantas almas de asesinato como las que se produjeron en el curso de su existencia para engendrarlo [16]. Así, pues, se puede afirmar que es el kakarma el que da sentido a las visiones de asesinato y las transforma en almas de asesinato : en wakanï arutam. No son, pues, tanto las visiones de asesinato las que le dan al hombre una potencia espiritual, cuanto esta potencia de ser, de la que las almas de asesinato no son sino momentos dialécticos, la que da sentido a las visiones de asesinato.

Las almas de asesinato, liberadas a la muerte del guerrero, pueden ser reutilizadas por otros guerreros para construir su propia potencia de ser. La parentela del guerrero difunto guarda, en efecto, la memoria de asesinatos sufridos y de las venganzas que motivaron. Las conciencias de asesinato pertenecen al sistema de reciprocidad ; son adquiridas por la sociedad jíbaro. No vuelven a la nada. Devueltas a la memoria, se convierten en lo que Harner llama los “espíritus”. El término expresa muy bien el carácter principal de esas almas : ser nombres, títulos, cuyo valor es social o colectivo y no solamente individual, contados en ciclos de reciprocidad en los que los hombres no juegan sino un papel efímero. Distintas de la vida biológica, estas almas de asesinato pertenecen desde ahora a lo sobrenatural.

La reciprocidad de asesinato

Habíamos observado que el alma arutam, como conciencia de vida-asesinato, nace con la prueba de la muerte, mientras que su conciencia antagonista : la desaparición de esta alma o la conciencia de morir, nace con el pasaje al acto de esta conciencia de asesinato. Hay contradicción entre el mundo imaginario y el mundo real (vida, en el imaginario y muerte, en el real). Hemos propuesto hacer aparecer el kakarma de la sinergia de dos conciencias contradictorias, razón por la cual él mismo no sería definible como una simple conciencia sino, más bien, como una conciencia de conciencia que se convertiría en el equilibrio contradictorio perfecto : en una afectividad original, en un sentimiento de ser. El equilibrio de estas dos conciencias contradictorias, de morir y de matar, requiere simetría, igualdad y simultaneidad. Esta simultaneidad plantea de todas formas un problema, ya que el asesino mata en un momento diferente de aquel en el que su comunidad sufre la venganza enemiga. Sin embargo, si las bandas enemigas se enfrentasen cara a cara, la simetría no se instauraría en la duración y, por tanto, la reciprocidad sería una reciprocidad instantánea. La conciencia de conciencia, que podría resultar de ello, se reduciría entonces a una brevísima iluminación. Por consiguiente, la simetría debe incorporar la duración. Esta necesidad conduce a una alternancia de asesinatos, es decir, a una periodicidad. Así se observará que, según los Jíbaros, los asesinatos deben proseguirse de manera que una nueva alma de asesinato pueda “sellar” la precedente antes de que su potencia se haya disipado. Ellos precisan que esta periodicidad debe ser muy rápida. La potencia de la primera alma desaparece completamente en una quincena de días y, si se quiere conservar esta potencia, es necesario que el ciclo se realice en un tiempo aún más corto. ¡Se comprende, pues, la impaciencia de los Jíbaros cuando sus enemigos no se vengan y sus exhortaciones obsesivas a que pasen al acto !

Lo ideal, pues, es que las conciencias antitéticas, de muerte y asesinato, puedan redoblarse con todas sus fuerzas, es decir, que los asesinatos sean alternados en el tiempo de la manera más próxima posible. Los Jíbaros parecen expresar esta exigencia por lo que tendremos a bien calificar como “fuga-persecución”. La comunidad atacada sabe que los enemigos están animados por almas de asesinato, por tanto que son invencibles, que son asesinatos programados y que, necesariamente, deben encontrar una víctima. Cierto, ya sabemos que su decisión de matar hace irreversible la pérdida de sus almas de muerte, pero la potencia de éstas no refluye, sino lentamente, después de la decisión de asesinato. No hay, pues, nada que hacer ante esta vida-asesinato en acto, sino fugar para no recibir uno mismo el golpe mortal. Una vez que los asaltantes han alcanzado su objetivo, su alma de muerte no sólo está irreversiblemente perdida, sino que su potencia está consumida en gran parte, de forma que ya tienen el sentimiento de morir. No pueden detener la hemorragia de su alma, si no adquieren rápidamente otra, pero para eso hay que sufrir una muerte. Esos guerreros se tornan entonces muy vulnerables. Inmediatamente, se baten en retirada y tanto más rápidamente cuanto que sus enemigos se hacen invencibles, por la adquisición de almas de muerte nuevas, las mismas que acaban de ser liberadas por sus agresores. En efecto, desde que han reconocido la pérdida de uno de los suyos, las víctimas viven esta muerte, adquieren un alma de asesinato y se lanzan en su persecución, esperando alcanzar a alguno de sus asaltantes, antes de que vuelva a su casa, donde, mortificándose, podría obtener otra alma de asesinato que lo haría invulnerable.

Cada uno trata, por tanto, no de destruir la comunidad adversa sino de realizar un ciclo de muerte a manera de sellar una primera alma de asesinato por una segunda, y convertirse en un kakaram. El rito de la fuga-persecución asegura la alternancia rápida de asesinatos y de muertos, necesaria para que las conciencias respectivas de muerte y de asesinato puedan superponerse y dar nacimiento al kakarma : el sentimiento del ser de sus conciencias que, para los Jíbaros, es el ser del hombre.

La individualización del Tercero

Según el principio de reciprocidad, el kakarma brota de dos iniciativas : la del otro, del que se espera el asesinato para poder obtener un alma de asesinato y la suya, que permite por la venganza obtener una conciencia de morir. El ciclo recomienza inmediatamente para que la coexistencia de las dos conciencias antagónicas, de muerte y vida por asesinatos, sea permanente y el kakarma sea perennizado. ¿Dónde se encuentra la fuente del kakarma ? Hay dos guerreros frente a frente para producirlo. En esta reciprocidad simple, el kakarma nace tanto del acto de uno de los asesinos como del otro. Depende tanto de sí, como del enemigo. El kakarma que resulta de la reciprocidad de asesinato, es para cada uno idéntico e incluso común.

Así, pues, el kakarma es primero un Tercero que pertenece a la estructura de reciprocidad, antes de ser recibido por cada uno. Es indiviso, antes de poder ser individualizado. El Tercero aparece, originalmente, exterior al guerrero, ya que es recibido por cada uno de ellos a partir de su relación con el otro. Pero he aquí que el guerrero puede simular la agresión enemiga. El guerrero jíbaro toma, en efecto, la iniciativa de su propia muerte mediante rituales. El ayuno, la mortificación por narcosis y las alucinaciones que dan testimonio del mundo de los espíritus, suplen la muerte real de un prójimo y le permiten adquirir almas de asesinato.

Esta iniciativa sobre su propia muerte le permite interiorizar el proceso de reciprocidad. Cada hombre se basta a sí mismo para asegurar su humanidad Jíbaro. El Tercero, el kakarma, ya no es recibido del exterior, sino que nace de un ciclo que cada guerrero se apropió por entero. La instauración del simulacro de venganza significa una individualización del Tercero. Sin embargo, entre los Jíbaros, la reciprocidad real debe quedar subyacente. Ella es siempre postulada ya que el hombre, que muere por simulacro, elige un alma entre aquellos de los suyos matados por el enemigo.

El espíritu de la venganza : el “muisak”

Otro ciclo permite apoderarse del ser nacido de la reciprocidad. Cuando un kakaram mata a otro kakaram, asesinato hecho posible en condiciones excepcionales [17], la muerte de ese guerrero da nacimiento a una nueva alma, un alma particular, el muisak. Los Jíbaros precisan que esta alma nace “en el momento” del asesinato de la víctima, “saliéndole de la boca” [18]. El muisak es, pues, pura conciencia de asesinato que pertenece a la víctima. Los Jíbaros dicen que este espíritu de venganza busca el cuerpo de la víctima para hacer de él su morada. La representación del alma de asesinato está siempre unida a la muerte. Y bien, el kakaram desea hacerse de este espíritu de venganza. Los Jíbaros pretenden que existe un momento, entre el nacimiento del muisak y su retorno en el cadáver de la víctima [19], para realizar una trampa. El guerrero va a tomar la cabeza de la víctima antes de que el espíritu de venganza venga a tomar posesión de ella. La utilizará como una trampa. Los célebres ritos de reducción de cabezas (los ritos tsantsa), significan esta captura [20]. Los asesinos decapitan a su víctima. Pelan la cabeza y guardan la piel, más liviana de llevar ; la curten rápidamente y le vuelven a dar la expresión de su enemigo, en modelo reducido, a fin de que el espíritu de venganza lo reconozca. Apenas éste se aloja en la cabeza preparada, cierran los orificios : la boca, las orejas y los ojos. El espíritu de venganza está cogido. La cabeza reducida será el tabernáculo del espíritu de venganza, que queda como propiedad del asesino.

La conjunción de dos conciencias, de asesino y de víctima, como previas al sentimiento del ser mismo de la venganza, es aquí evidente. Además, si esta alma de venganza nace de la muerte (sale de la boca de la víctima), nace libre y ya no pertenece al clan enemigo, lo que podría significar que el Tercero de la reciprocidad es autónomo, situado entre la víctima y el asesino. El Tercero de la reciprocidad negativa, el ser nacido de la reciprocidad, es en primer lugar aprehendido como fruto de la relación con el otro. Por tanto, es puro sentimiento, pura afectividad : un kakarma indiviso. El guerrero se adueña de él apropiándose de la conciencia que lo rodea, el alma de asesinato, y ello guardando para sí la muerte de su víctima (su cabeza reducida) a la cual está unida la conciencia de venganza (el muisak). Por consiguiente, el muisak significa, a la vez, la potencia de ser y su representación. Harner traduce muisak por espíritu de venganza [21].

Es alrededor del espíritu de venganza que se celebrarán las fiestas tsantsa, las fiestas jíbaros más grandes [22]. Y bien, después de muchas fiestas tsantsa, se considera que la potencia del muisak ha sido consumida. El rostro del enemigo no es más que un receptáculo vacío. La cabeza, así desactivada, podrá ser retornada a los suyos, abandonada o incluso vendida a los turistas. Pareciera, pues, que la imagen o la conciencia de venganza no tuviera, en sí misma, un gran valor. Ella tiene valor sólo cuando es la guardiana de un sentimiento de ser.

Así, pues, aquí se ve cuán decisiva es la distinción que instaura la reciprocidad negativa, entre el ser nacido de la reciprocidad, tan deseado por aquel que está en la iniciativa de la reciprocidad, y su representación. Podría ser, en efecto, que la reciprocidad negativa haya jugado un rol importante en la historia de la conciencia humana permitiendo la distinción entre el sentimiento de ser y las conciencias que lo rodean en el mundo imaginario. Si la potencia de ser (kakarma) es distinta de las visiones de asesinato (arutam) y el Espíritu de venganza (muisak) de la cabeza reducida (tsantsa), si las visiones de asesinato o de venganza son reflejos de la naturaleza (de la muerte) ¿no es conducido el hombre jíbaro a reconocer, la potencia de ser del alma de asesinato o del Espíritu de venganza, como más real que la misma realidad ; no es conducido a la irreducible evidencia de lo sobrenatural ?

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Pour citer ce texte :

Dominique TEMPLE, "El Ser Jíbaro : el “kakarma”", La reciprocidad negativa entre los Jíbaros, 1995, http://dominique.temple.free.fr/reciprocite.php, (consulté le 22 novembre 2017).

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Notes

[1] Cf. HARNER, M. J. The Jivaros, Doubleday, New York, 1972. Traducción francesa, Paris, Payot, 1977, p. 123.

[2] Ibíd., p. 196, nota 3 del cap. 3, p. 125.

[3] Ibíd., p. 134.

[4] Ibíd., p. 124.

[5] Pedro García Hierro, Asesor jurídico del Consejo Étnico de los Aguarunas y Huambisas (1974).

[6] Ibíd., p. 120.

[7] Ibíd., p. 125.

[8] Ibíd., p. 125.

[9] Igual que en la reciprocidad positiva  (lire la définition) es contrario a la ley de la naturaleza el dar en vez de tomar. Actualizar una fuerza antagónica a la del interés también es, quizá, la condición para que un sentimiento contradictorio pueda parecer que da su sentido al acto de dar como al de recibir.

[10] Daremos el nombre de conciencia elemental  (lire la définition) a las conciencias inmediatas, como puede serlo para la víctima la conciencia de venganza. En su equilibrio, estas dos conciencias se anulan recíprocamente para engendrar una conciencia de conciencia. Pero entre la conciencia elemental, propiamente dicha, del todo poderosa cuando domina la vida biológica, y el estado de equilibrio realizado entre esta conciencia y su conciencia antagónica, hay que situar etapas intermedias en las que una de las dos conciencias antagónicas puede dominar a la otra. Una parte de su energía es expresada por su antagonismo y se traduce por esta fuerza de alma que los Jíbaros llaman kakarma y una parte se traduce por la conciencia dominante que los Jíbaros llaman : arutam wakanï. El kakarma, entonces, es la fuerza de alma del arutam wakanï.

[11] En las sociedades polinesias, el mana nace tanto de la reciprocidad negativa como de la reciprocidad positiva. En el capítulo anterior lo hemos considerado a partir de la reciprocidad de los dones.

[12] Ibíd., p. 123.

[13] Ibíd., p. 124, (ver también pp. 101 y 197, y la nota 8 del cap. IV, p. 126).

[14] Ibíd., p. 123.

[15] Ibíd., p. 124.

[16] Ibíd., pp. 126-127.

[17] Ver más lejos : el “robo del alma”.

[18] Ibíd., p. 127.

[19] Ibíd., p. 129.

[20] Ibíd., pp. 128-129.

[21] El muisak no pertenece al enemigo, no está distribuido como las almas de asesinato. Queda al centro del cara a cara de los guerreros. Volveremos, en el próximo capítulo, sobre el hecho de que el muisak se manifiesta bajo la forma de una conciencia “unitaria” de venganza.

[22] Ibíd., pp. 130-131.