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El Quid-pro-quo histórico, La Paz, Aruwiyiri, 1997.

Reed. en Teoría de la Reciprocidad, La Paz, Padep-gtz, 2003.

1. El Quid pro quo entre los Caribes

2. Las diferentes caras del Quid pro quo Histórico entre los Caribes

Dominique Temple | 1992

La contradicción de ambos sistemas no es evidente para ellos todos. Y es para ignorarlo y para imaginarse que el otro comparta su propio punto de vista que los pueblos indios se condenan al suicidio.

El Quid pro quo económico

Los indios ven surgir del océano a los españoles con estupefacción. Los toman, primero, por dioses puesto que vienen del cielo, luego, como hombres cuando aceptan sus ofrendas. Los españoles están sin víveres, están sin mujeres, están sin riquezas. No se puede, del lado indio, no dar inmediatamente hospitalidad a quien pide inclusive el agua. Y la dicha es grande, porque los extranjeros reciben, toman todo lo que se les da y lo que piden. Para los indios, todo aquello significa que los españoles vienen como amigos, que son aliados. Si ellos hubieran traído algo para intercambiar, habrían simplemente probado que no pertenecían a la misma humanidad. Pero reciben “todo contra nada”. Se esperaba que ellos, a su vez, serían donadores.

Colón, el más prestigioso de los españoles, responde de la manera más eficaz posible para confirmar el Quid pro quo, como un indicio de prestigio. El no percibe, inmediatamente, el sentido que los indios dan a su “pacotilla”, porque se sorprende de que los indios se contenten con tan poco. Pero sus dádivas (botones de saco, cascabeles o galones que servían de adorno a los oficiales, botones rojos, tomados como el equivalente de las diademas de plumas) son recibidas como testimonio de una persona de calidad. Y uno se “entrega” al donador prestigioso, se lo honra, se coloca también bajo su bandera política, se le obedece. Esto lo percibe Colón desde el primer día, desde la primera hora…

« Yo, afín de que ellos nos tengan en gran amistad y porque he conocido que eran gente de entregarse y convertirse mucho mejor a nuestra Santa Fe, por amor más que por fuerza, les he dado a algunos de ellos algunos bonetes rojos y algunas cuentas de vidrio que se han colgado al cuello y muchas otras cosas de poco valor que les produjeron gran placer : y ellos se volvieron tan nuestros que fue maravilloso » [1].

El primer español que da testimonio de una realidad india, nos ofrece inmediatamente todos los elementos para comprender el drama del Nuevo Mundo. Esta declaración es, en efecto, la primera profesión de fe del Quid pro quo histórico : el hombre que viene a tomar, se presenta bajo la máscara del don. Al don de todo, responde con un don que significa el prestigio de un gran donador. Los indios toman enseguida a los extranjeros por otros indios. Ellos les darán todo, para crear una alianza nueva, y también para aumentar su prestigio.

En ese instante, de un golpe, se desploma la civilización india. De la más humilde choza de paja a la cúspide de las pirámides aztecas, toda la Indianidad se ha equivocado respecto al extranjero, porque no ha imaginado su sistema económico. Mientras creían reconocer la reciprocidad, se encontraban con el intercambio. Todos creyeron dirigirse a otros donadores, todos se suicidaron por el don. La hipótesis que los españoles eran estrategas de ingenio, carece de interés. Los indios dan para ser, los españoles toman para tener. No hay un fuerte o un débil ; un conquistador, un conquistado ; un ser inteligente, un ser primitivo, sino sólo dos lógicas que se encadenan la una a la otra. La Indianidad participa en la acumulación española y en su propia ruina con todas sus fuerzas. Es una acción concurrente, en el que los dos dinamismos, indio y español, terminan destruyendo la “ciudad” india. Ni una ciudad, ni una aldea, de toda la América escapa al Quid pro quo que, por cierto, se puede constatar hasta el día de hoy, puesto que permanece todavía.

La destrucción de la economía india es independiente de la ferocidad o de la ignominia de los colonos. Esto no disculpa las atrocidades perpetradas por los occidentales, sobre aquellos a quienes incluso llegaron a cuestionar en su humanidad, pero se juzgaría mal, al no ver en el crimen de la colonización, más que un desenfreno del hombre occidental. La Indianidad tampoco es inocente, por naturaleza, generosa, capaz de dar hospitalidad hasta el infinito, cual una víctima designada por el destino ; no, es tributaria de un sistema, tan coherente como el sistema occidental, igualmente lógico, que la condena a muerte, en tanto dure el Quid pro quo histórico.

El Quid pro quo político

Las sociedades indias de las grandes planicies y aún de los Andes, no tienen o tienen poco poder central : cada uno puede dar más de lo que produce (él, su clan o su familia) para merecer el prestigio al cual pretende. Las familias son entonces competidoras para dar, individualizan y tornan difícil, sino imposible, una organización estatal centralizada. El Estado es un Estado disperso. No hay, en esta afirmación, la tentativa de negar el Estado o de rechazarlo, como imaginaron algunos antropólogos. Pero la reciprocidad remite a la responsabilidad. Las comunidades indias tienen como dimensiones aquellas que resultan del equilibrio más apropiado al despliegue de las responsabilidades personales, y a la generalización del valor de amistad, de los unos y de los otros, que Colón llamara la “simplesse” india. De ello resulta una ausencia característica de Poder. Aún aquellos, que los españoles llaman jefes y caciques son, en realidad, autoridades morales, varones espontáneamente respetados por todos, por ser los más grandes donadores o los mejores guerreros. Las sociedades indias están fundadas sobre la reciprocidad : matriz de los valores humanos y, por consiguiente, se encuentran, de entrada, indefensas frente a la barbarie. El Estado indio está fundado sobre la responsabilidad y la autoridad moral, no sobre la fuerza y el poder. Entonces, cuando el extranjero escoge entre ellos, aquel que considera el más blanco de piel, el más bello o el más rico, en seguida es honrado por haber merecido la alianza ; él es el elegido, el elegido nombrado por el otro, el elegido del otro.

El 12 de diciembre, Colón envía a tierra una mujer que han traído los marinos :

« “Esto porque, dice el Almirante, yo les había ordenado de coger algunos habitantes para tratarlos honorablemente y hacerles perder el miedo, en caso de que hubiera aquí alguna cosa de provecho…”. El Almirante la hizo vestir, le dio cuentas de vidrio, cascabeles y anillos de latón, luego la regresó a tierra muy honorablemente ».

Y el 13 :

« (...) ellos vieron venir una gran multitud en la cual se encontraba el marido de la mujer que el Almirante había honrado y vuelto a enviar. Llevaban a esta mujer sobre sus espaldas y venían a rendir gracia a los cristianos por el honor que el Almirante le había testimoniado… »

El 21 de diciembre Colón anota :

« Esta gente es de tan buen corazón que dan de la mejor voluntad del mundo todo lo que se les pide y que parece que uno les otorgará un favor pidiéndoselos ».

Se da cuenta que cuando pide a uno, más bien que a otro, promueve al hombre de su elección al título de más grande donador. Este último es inmediatamente estimado por los indios como el más calificado para representar la nueva alianza, y su prestigio es realzado a los ojos de todos. De este modo se enlaza la autoridad política india a la autoridad política colonial.

Pero he aquí que aquel que da más, participa más de esta autoridad, y la competencia entre donadores se convierte en competencia para aliarse al extranjero.

El Quid pro quo militar

Los primeros en aliarse son elevados a un rango de prestigio superior. Esta promoción conlleva, no obstante, perturbaciones en la jerarquía tradicional, disensiones y enfrentamientos entre los nuevos y los antiguos detentores de la autoridad. He aquí, me parece, la clave de la destrucción, no solamente económica, sino también política y militar de la Indianidad.

Por etapas sucesivas, a medida del avance colonial, las comunidades indias se apresuraron a acoger a los conquistadores. Cuando el Almirante encuentra a Guacamari, gran cacique de Hispañola, este último le ofrece, lo sabemos ya… todo. En seguida es promovido como autoridad superior, el rey de la isla.

« Cuando el Almirante puso pie en tierra, el rey vino a recibirlo, le dio el brazo... El rey quitó su corona y la puso sobre la cabeza del Almirante, quien desprendió de su cuello un collar de bella coralina… Se despojó al mismo tiempo de un abrigo de escarlata fina que se había puesto ese día y lo invistió con él ».

Entre los caciques indios se desarrolla entonces una competencia para ser el “elegido”. Cada uno rivaliza en cuanto al don y si no intenta destruir a su rival más dichoso.
Cuando los españoles regresan a la isla y descubren que su guarnición ha sido destruida, se enteran que…

« Guacamari estaba en otro lugar, herido en una pierna, lo que le había impedido venir, pero que vendría otro día ; que la causa de aquello era que dos otros reyes, llamados uno Canoabo y el otro Mayreni, habían venido a combatir a Guacamari y le habían quemado su aldea… »

Canoabo, después de haber vencido a Guacamari, buscará, a su vez, la alianza con los españoles, lo que le costará caer en la trampa que le tenderá Colón :

« La manera en que uno debe conducirse para apoderarse de Canoabo es la siguiente, reserva hecha de lo que ocurrirá en el sitio. Que el dicho Contreras emprenda fuerte a Canoabo y haga de suerte que él venga a hablar con usted, porque así más seguramente usted podrá capturarlo. Como va desnudo y que sería incómodo retenerlo y que, incluso, si él de repente escapara y se escondiera de por la disposición del país, no se le podría fácilmente coger de nuevo ; cuando usted se hubiera entrevistado con él, hágale dar una camisa y que lo vistan enseguida, así con un capuchón, que lo ciñan con un cinturón y que le pongan una toca : así usted lo podrá tener sin que se le escape (Instrucciones a Mosen Pedro Margarito, del 9 de abril de 1494) » [2].

De la capa de escarlata en signo de alianza, al cinturón en guisa de traición, todo es bueno para Colón, cuyo objetivo siempre es el poder. Pero la actitud de Guacamari, confiada, o aquella de Canoabo, desconfiada, tiene también un mismo objetivo : la alianza. Y si Canoabo ha destruido a Guacamari, la razón de ello es pretender, a su vez, la nueva alianza.

Desde entonces, una parte de la tragedia militar es un reglamento de cuentas entre aquellos que ya son los aliados de los extranjeros y los que pretenden serlo. Los recién llegados se vuelven contra los primeros, pero no buscan más que tomar su lugar. La tradición histórica pretende que los españoles concibieron una estrategia militar, basada en los conflictos entre las comunidades indígenas, pero he aquí que esta tradición histórica ignora todo acerca de la lógica de esas rivalidades e ignora, asimismo, cuales eran sus medios ocultos. Más bien son los indios los que han practicado la puja de las alianzas y, por mor de ellas, se han destruido mutuamente.

Sobre la línea de contacto, sin embargo, se desarrolla pronto una verdadera resistencia : los indios se dan cuenta, por la experiencia, que los españoles no son ni dioses ni hombres-indios, que no pertenecen a ninguna comunidad de reciprocidad. Entonces, se rebelan y toman las armas. Pero son aplastados por los españoles y aquellos de los suyos que, ignorando aún la realidad, siguen pugnando por aliarse con los extranjeros…

El Quid pro quo de parentesco

Colón observa, al principio, el don indio y se maravilla de él ; luego, toma conciencia del antagonismo del don y del intercambio, de la acumulación, del provecho y del prestigio. Acusa un fuerte impacto, en su segundo viaje, descubriendo que la guarnición que había dejado en el Nuevo Mundo había sido aniquilada. No sabe qué pensar. No duda de las exacciones españolas, pero descubre también que los corderos pueden tomar las armas.

Colón se dará cuenta que la herida de Guacamari es fingida, para no confesar que él mismo ha hecho justicia :

« Todos decían al unísono que Canoabo y Mayreni los habían matado… Pero a todo ello, mezclaban la queja de que los cristianos, uno tenía tres mujeres y el otro cuatro ; de donde dedujimos que el mal sobrevenido a los nuestros, había sido un asunto de celos (Carta del Dr. Chanca, en el segundo viaje, febrero 1494) »

B. de Las Casas es más preciso ; Guacamari dice :

« Se pusieron a reñir y a tener discordias entre ellos. Quitaban mujeres a sus maridos y los hijos a sus padres y se iban a buscar oro cada uno por sí mismo. Ciertos Vizcaínos se unieron contra los otros, y así se dispersaron por el país, donde fueron asesinados por sus errores y malas acciones. Y aquello es cierto, porque si ellos se hubieran quedado todos juntos, instalados en la tierra de Guacamari y bajo su protección, no hubieran irritado a los naturales, apoderándose de sus mujeres y de sus hijas, lo que les ultraja y ofende más, como a cualquiera ».

Las razones invocadas por los indios son claras. Los españoles han tomado mujeres en las comunidades y han aceptado los servicios de parentesco de sus aliados, pero no han tratado a sus mujeres indias como a esposas. Las han considerado tan poco, que los padres y los hermanos de estas mujeres han decidido poner fin a los abusos.

El enfrentamiento ha nacido de una confusión : para los indios, la relación de parentesco es el modelo de toda relación de reciprocidad. Esta reciprocidad de parentesco es la primera matriz de lo que es más específicamente humano. La mujer crea, por su alianza, no solamente un hogar, sino el ser de la sociedad entre los clanes, entre las tribus y, por consiguiente, entre ellos y los extranjeros.

Las mujeres indias juegan un rol esencial, porque los españoles no tienen hermanas o hijas que puedan convertirse en esposas de los indios. Las mujeres indias, únicamente ellas, son los símbolos del ser de la alianza. Ahora bien, ellas han sido utilizadas de forma bestial. Colón comprende aquello, aun si su pudor no le permite hablar sobre ello más que en términos velados.

Pero se da cuenta también que no es posible fundar la dominación española sobre las bases que él había proyectado. Si los indios producen, no para acumular sino para dar ; si el poder político indio se ejerce a la inversa del poder español ; si las concepciones de los unos sobre el rol de las mujeres son contrarias a la de los otros, la conquista no puede hacerse más que por la fuerza. Entonces Colón confiere el poder a su hermano, a quien nombra lugarteniente general. Bartolomé es un contramaestre práctico, eficaz. Se alabará de haber aniquilado dos tercios de la población de la isla en dos años.

El Quid pro quo recíproco

El Quid pro quo es recíproco. Colón ha tomado a los indios por gente parecida a comerciantes y que, a diferencia de los diablos Moros, tienen la piel casi tan blanca como la de los campesinos de España…

El 13 de octubre :

« Desde el alba vinieron a la playa muchos de esos hombres, todos jóvenes, como lo he dicho ya, y todos de bello aspecto. Son gente muy bella… Ninguno de ellos es moreno oscuro, más bien del color de los Canarios… »

No cesa de maravillarse. El 13 de diciembre :

« En cuanto a la belleza, los cristianos decían que no había comparación posible, tanto para los hombres como para las mujeres, y que ellos son más bellos que aquellos de las otras islas. Entre otros, habían visto dos jóvenes mujeres tan blancas como pueden serlo en España ».

Desde los primeros días, Colón ha observado la humildad, la dulzura y la sorprendente confianza de los indios. Considera esto con la mirada del maestro que mide la docilidad de los futuros súbditos de Su Majestad.

« Porque veo y conozco, dice el Almirante, que estas gentes no son de ninguna secta, ni idólatras, sino muy suaves e ignorantes de lo que es el mal, que no saben matarse los unos a los otros, ni encarcelarse, que son sin armas y temerosos, que uno de los nuestros basta para hacer huir a cien, inclusive jugando con ellos. Son crédulos : saben que hay un Dios en el cielo y están persuadidos que nosotros hemos venido de allí. Están prontos a decir cualquier plegaria que les enseñemos y hacen la señal de la cruz. Así sus Altezas deben determinarse a hacer de ellos cristianos… (12 de noviembre) ».

Pero, a medida que los indios se muestran diferentes, su sentimiento cambia y su simpatía se convierte en irritación. Su decepción crece en proporción a la importancia de la diferencia. El cambio de opinión, de su primera impresión, es total a su regreso a España ; tal vez, porque vuelve a contactarse con la realidad de sus conciudadanos. Aquellos que él asimilaba a los más perfectos cristianos, se convierten entonces en lo contrario : bestias brutas. Descubriendo el fenómeno del don al intendente general de sus Altezas, el marrano Luis de Santángel, en su carta de febrero o marzo de 1493, dará una interpretación nueva. Si ellos dan, es que no saben lo que hacen, es que no conocen el valor de las cosas y que, por tanto, son como bestias…

« Es verdad que cuando están tranquilizados y se han sobrepuesto a este miedo, están a tal punto desprovistos de artificio y tan generosos de lo que poseen que nadie lo creería a menos de haberlo visto. Cualquier cosa que se les pida de sus bienes, jamás dicen no : más bien invitan a la persona y le testimonian tanto amor que le darían su corazón. Que sea una cosa de valor o una cosa de poco precio, cualquiera que sea el objeto que se les dé entonces en intercambio y cualquiera sea el valor, ellos están contentos… Hasta los pedazos de los círculos rotos de los barriles que tomaban dando lo que tenían como bestias brutas ».

Estamos lejos de la connotación del mismo relato algunos meses antes : « Ellos aman a su prójimo como a sí mismos (25 de diciembre 1492) ».

Puesto que estos hombres no saben el precio de las cosas, que no las juzgan en función de su interés particular, y que no tienen aún la idea de lo que pueda ser el trueque y el intercambio, desde el punto de vista de una ganancia personal o de un provecho, es que no tienen individualidad propia, que su razón no ha llegado a la madurez, para darle el sentido de la propiedad. Son entonces irracionales y no pueden ser tratados sino como animales, al menos : como seres inferiores y no tienen ningún mérito al dar, puesto que no saben lo que hacen. Se hace claro, entonces, que los españoles y los indios no son idénticos. Los indios se revelan diferentes, allí donde se esperaba que fueran parecidos, y esta diferencia no será aceptada ; será inclusive juzgada intolerable ; se convertirá incluso en la causa de la cuestión, inimaginable en el primer contacto, pero que cobra cada vez más peso : los indios ¿son seres humanos ? Será necesaria la « Controversia de Valladolid » para decidirlo.

En esta misma carta, Colón se sorprendía de que la propiedad fuese de lo más relativo, porque cada uno goza del don del prójimo y puede fácilmente tomar lo que él sabe es donado liberalmente ; de ahí ciertas confusiones con los bienes, de los cuales los españoles se consideran inmediatamente propietarios privados y que, evidentemente, entre los indios están a la disposición de todos :

« No pude saber si poseían bienes privados, pero me pareció comprender que todos tenían parte en lo que uno de ellos poseía, y especialmente en los víveres ».

Pero, en su segundo viaje, en 1494, el hecho de tomar lo que es de todos porque siempre fue dado, algo común entre los indígenas, será interpretado como un robo.

« Y como en ese viaje que hice a Cibao, ocurre que algún indio hurte poco o mucho, si se encontrara que algunos de ellos roben, castíguenlos cortándoles la nariz y las orejas, porque son partes del cuerpo que no se pueden esconder. Así se asegurarán el rescate de gente de toda la isla, dándoles a entender que, lo que ha sido hecho a ciertos indios, estaba sujeto a que habían robado, y que será ordenado de tratar muy bien a los buenos y de castigar a los malos (Instrucción al maestro Mosen Pedro Margarita, 9 de febredo 1494) ».

La admiración, ante el don generalizado, ha dado lugar a una interpretación ordenada por la lógica del interés : si ellos toman, no es que reciben, es que roban. Y si roban, sin saberlo, he aquí que se impone que se les enseñe en qué consiste el robo, de manera clara y pública y es, por eso, que se mutilará a los indios declarados ladrones, la nariz y las orejas, “porque son las partes del cuerpo que no pueden esconderse”.

Pour citer ce texte :

Dominique Temple, "Las diferentes caras del Quid pro quo Histórico entre los Caribes", El Quid pro quo entre los Caribes, 1992, http://dominique.temple.free.fr/reciprocite.php, (consulté le 23 novembre 2017).

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Notes

[1] COLOMB, C. La découverte de l’Amérique, tomo I. “Le journal de bord 1492-1493”, tomo II. “Relations de voyage 1493-1504”, Paris, La Découverte, 1989.

[2] Ibíd.