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Tomo III – El Frente de Civilización

4. Reciban mi oración

Dominique Temple | 2003

La noche de mi última exposición en el Museo de Etnografía de La Paz, Beatriz Palacios y Jorge Sanjinés nos invitaron a ver de nuevo juntos “La nación clandestina”… Al medio de la historia, un estudiante de camisa blanca que, presentimos, pronto sería manchada de una estrella roja, huye en el campo desnudo. Encuentra un jilaqata y una mama t’alla… Les pide un poncho aymara que lo escondería de la mirada de los militares. El jilaqata se dirige hacia la mama t’alla y le dice en aymara : “Qué quiere este hombre que no le podemos ofrecer ?”. Pero el estudiante, que no entiende, se da cuenta demasiado tarde que no conoce ni una palabra de aymara. Desde hace quinientos años, los colonos y sus hijos, aun revolucionarios, ignoran todavía el idioma de sus anfitriones. Los militares se acercan entonces al estudiante y lo matan. Deslumbramiento de la imagen… se dio la vuelta a una página blanca. Sanjinés ha pasado del otro lado de la historia, de la historia occidental, y acaba de abrir las puertas del futuro…

La denuncia de los errores del comunismo por su principal responsable, Michael Gorbatchev, ha quitado a todos los movimientos de liberación revolucionarios las referencias ideológicas – y, a veces, los apoyos prácticos – de su acción. De golpe, se han encontrado huérfanos o, por lo menos, sin defensa frente a sus adversarios. Todas las comunidades y naciones del mundo deben encontrar nuevas referencias fiables para enfrentar el mundo occidental [1] y, contando consigo mismas, interrogar su tradición. Mi idea es que si descubriesen una matriz de la humanidad en su origen, podrían oponerla de manera irrevocable a los que pretenden destruir su cultura.

Cada comunidad ha emprendido esta reflexión. El primer resultado que surge es que todas las comunidades humanas han nacido de un mismo principio : el principio de reciprocidad.

Sólo los que deciden preferir el interés privado a la reciprocidad se exilian de la humanidad.

Aparece, igualmente, que el principio de reciprocidad se ha materializado en algunas pocas estructuras elementales de reciprocidad universales.

Finalmente, aparece que los valores humanos, generados por estas estructuras elementales : la justicia, la amistad, la responsabilidad, se presentan diferentemente según los lugares o los eventos históricos.

Puesto que cada comunidad anuncia sus valores y quiere hacerlos reconocer por todos, a través de signos, frases, lenguas, tributarios de estas representaciones, se podría pensar que la comprensión existente, a nivel de las matrices de los orígenes, se iba a perder.

Sin embargo, dos principios lógicos, y dos solamente, permiten a las representaciones de estos valores traducirse y comunicarse : el principio de unión y el principio de oposición, que son el origen de lo que he llamado las dos Palabras, la Palabra religiosa y la Palabra política. Los Aymaras lo saben. Al adoptar un sistema de parentesco paralelo, han confiado la responsabilidad del principio de oposición a la línea masculina y el principio de unión a la línea femenina. Por lo tanto, siempre es posible reconocer esta doble lógica en todas las sociedades.

Además, a nivel de las estructuras lingüísticas, el mismo principio de reciprocidad da a la palabra la facultad de construir más sentido. Y, aunque los idiomas diversifican las culturas al infinito, podemos pasar de la una a la otra porque son los mismos principios los que se encuentran en la base. Para volver a las estructuras de base, todos los pueblos del Sur disponen en adelante, para enfrentar el principio de interés que motiva la economía del Norte, de otro principio más racional : el principio de reciprocidad. Si el Norte ha desarrollado, al precio de sacrificios humanos inconmensurables, una razón instrumental capaz de resolver importantes problemas materiales, el Sur proporciona el descubrimiento de las matrices de los valores humanos, el medio de terminar con la pobreza y el medio de producir valores éticos. El frente reconstituido del Sur, opone una razón espiritual a la razón material del Norte.

Muy pronto, la sociedad occidental y occidentalizada deberá renunciar a la omnipotencia del provecho y dejar surgir una nueva territorialidad económica, en la cual la aplicación del principio de reciprocidad permitirá hacer florecer a voluntad los valores de amistad, de justicia y de responsabilidad.

No nos debe sorprender que los pueblos descubran, antes que los intelectuales, que las estructuras fundamentales de la reciprocidad son las matrices de los valores éticos y de su cultura, porque los intelectuales son tributarios de sus estudios o de sus propios escritos sobre el capitalismo, el marxismo, el leninismo, el trotskismo o el maoísmo, y no han podido o sabido prever que caducarían tan brutalmente. No es sorprendente que la historia se haga en delante de manera pragmática.

La fiesta de la reciprocidad.

El primero de noviembre de 1987, más de 300.000 hombres y mujeres se han reunido en el cementerio de El Alto y, en todos los cementerios del país, decenas de miles hicieron lo mismo. He recibido, en el pequeño cementerio donde fui invitado, numerosas ofrendas, todas más lindas las unas que las otras. Y todos los que tenían la responsabilidad de honrar a sus parientes difuntos se daban ofrendas entre sí. Personas pobres pasaban de tumba en tumba, con bolsas grandes, para recibir panes y frutas. Me han dicho que, antes, se distribuía ch’uñu o papa y que los que habían perdido su cosecha a causa del granizo, de la helada, de la sequía, de las inundaciones o de otras desgracias, podían reconstruir una cosecha de fortuna y pasar así el invierno. Reciprocidad entre los unos, Redistribución para los otros : los dos grandes principios de organización de la sociedad están ahí presentes. El principio que irradiaba a todas partes no era el provecho sino el don. Y se dice que los ricos no ignoran que los que parecen desprovistos porque lo dan todo, son los depositarios de los sentimientos espirituales. Es así que los ricos dan pan para participar de estos sentimientos y para nutrir estas potencias de ser, cuyos guardianes son los más pobres. Entre los que dan y los que reciben nace un sentimiento de afección, de simpatía o, por lo menos, de reconocimiento. Esta compasión interna quiere expresarse. Se expresa por la acción de gracias : entre los unos y los otros aparece entonces una segunda reciprocidad, una reciprocidad de oración, gracias a la cual cada uno convida a la fiesta de los vivos a los difuntos de otras familias :

“Reciban mi oración”

La reciprocidad en lo real, el don de los alimentos, la preocupación por los medios de existencia del otro, la reciprocidad de invitación, ha dado a luz sentimientos de compasión y de amistad que se expresan, a su vez, en una palabra, una acción de gracias, que engendra el espacio sobrenatural. Estas oraciones son dadas y devueltas como una invitación mutua entre las almas de los difuntos.

Pero esta fiesta de la reciprocidad no termina ahí.

He visto en los mercados, en medio de las frutas y los panes, pequeñas muñecas muy finas, grandes como el puño cerrado. Me han dicho que antes eran de una masa de quinua, la k’ispiña. Hoy, son de cerámica. Los padres las dan a sus hijos con la recomendación de hacerlas bautizar, de tal manera que se vuelvan sus padrinos. He aquí que la fiesta asocia las generaciones presentes a las que están por nacer : los futuros ahijados. Todas las generaciones se encuentran así juntadas en la tradición de la reciprocidad.

Pero la observación de estas muñecas nos revela otra cosa. Ya no se trata de un “cara a cara” entre familias que honran sus difuntos, tampoco de la redistribución de los ricos a los pobres, sino de una revelación aparentemente unilateral. Los padres dan a sus hijos de manera irreversible. En realidad, se trata de una relación de reciprocidad generalizada, puesto que se da unilateralmente a su descendencia lo que se recibió unilateralmente de su ascendencia. He aquí que cada uno recibe para dar.

Las cosas son aún más profundas. ¿Qué se recibe ? Se recibe la responsabilidad de ser padrino. Y los padrinos de matrimonio, de ambas partes de la pareja, recuerdan que la alianza matrimonial es mucho más que un orden de la naturaleza para asegurar la conservación biológica ; recuerdan que el matrimonio es también una relación simbólica entre los hombres y que es, mediante el don y el respeto mutuo, que será engendrada la humanidad como fuerza espiritual. Los dones del padrino y de la madrina son muchas veces dones materiales [2].

Sin embargo, tales dones engendran un sentimiento de pertenencia comunitaria o de acceso a la humanidad entera ; un sentimiento de dignidad, de ser “persona” (jaqichasiña). La reciprocidad en lo real es una primera matriz para la aparición de un sentimiento de humanidad que se expresará por la obra de una vida al servicio de la comunidad entera [3].

Lo que importa aquí es que esta relación esté producida al nivel de los niños. ¿Por qué se les designa de antemano como padrinos de niños por nacer, cuando todavía son niños ? He ahí el secreto de la reciprocidad. Su meta es permitir que cada uno sea, a la vez, donador y donatario para que pueda ser la sede de una conciencia de conciencia sin la cual ni la conciencia de dar, ni la conciencia de recibir, tendría sentido.

Además, en la reciprocidad ternaria cada uno (aquí el niño) parece ser sede única de esta conciencia de conciencia, porque su donador (sus padres) le aparece únicamente como donador y su donatario (la muñeca de cerámica) solamente como donatario. El niño se da cuenta que sólo en asumir esta conciencia de conciencia y en esta soledad, se desarrolla el sentimiento de responsabilidad.

Fiesta de la reciprocidad de todos : de los vivos, que no han nacido, y tal vez nunca nacerán y cuya existencia ya es eterna [4] ; pero también fiesta de la responsabilidad de dejar, después de sí mismo, las condiciones necesarias para la existencia de la humanidad.

Hoy día, el sistema capitalista está en su apogeo, lo que podría significar : en vísperas de su declive. No puede ya pretender crecer sin límite cuando la tierra es finita. Ya no puede pretender suprimir, en todas partes del mundo, las estructuras de reciprocidad generadoras de valores humanos, sin que la competencia de todos contra todos haga correr al planeta el riesgo de una implosión. Será entonces obligado aceptar lo que hemos llamado la doble economía, es decir, una territorialidad nueva en la cual los hombres liberados de la lógica del provecho podrán producir en base a otros criterios diferentes a su interés privado y por otras razones diferentes a la competencia por el poder.

En la fiesta del primero de noviembre, todas las mujeres y los hombres de este país se reúnen para la celebración del don y de la reciprocidad y muestran que el pueblo ya camina hacia la tierra prometida…

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Pour citer ce texte :

Dominique Temple, "Reciban mi oración", Tomo III – El Frente de Civilización, 2003, http://dominique.temple.free.fr/reciprocite.php, (consulté le 17 novembre 2017).

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Notes

[1] A lo largo de este proceso, se dan cuenta con sorpresa que los sacrificios que le han sido impuestos por las referencias marxisto-leninista-maoïstas y que trataban su propia reflexión, eran tan destructivos que las del adversario que combatían, de ahí ciertos compromisos históricos.

[2] “No es sólo una responsabilidad ‘espiritual’, como en el cristianismo, sino total, pues apoyarán y ayudarán en los trabajos comunales a la nueva pareja. Se considera a los padrinos como segundos padres y su responsabilidad es tal que algunos aseveran que dependerá de ellos el éxito o el fracaso de la nueva pareja”. In : Sebastián Mamani N., Jacqueline Michaux, “El matrimonio aymara y la mujer en el mundo andino”. Raymi, n° 6, Centro Cultural Jayma, Casilla 1774, La Paz, 1989, p. 10.

[3] “Existen requisitos para ser padrino o madrina. A veces se exige que los padrinos mayores hayan ejercido cargos de autoridad comunal. En general, los padrinos deben ser gente prestigiosa, es decir, de buenos modales y de conducta irreprochable, pues se piensa que la pareja será el reflejo – casi la reencarnación – de los padrinos que tengan : se dice en aymara “jaqichir awkin wilapamp ch’aqt’ataw’ y ‘kasarayir awkit mistutawa”. Ibíd.

[4] Es decir, fuera de los tiempos de la naturaleza.