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Teoría de la reciprocidad, La Paz, Padep-gtz, 2003.

3. Ensayo sobre la economía de las comunidades indígenas

3. Formas elementales de la reciprocidad

Dominique TEMPLE | 1983

Intercambio y redistribución

« La reciprocidad – declara Sahlins – es una categoría específica de intercambio, un “continuum” de formas. Y esto, singularmente, en el contexto restringido de las transacciones materiales, definido por oposición a aquel donde juega libremente el principio social, o la norma moral, del intercambio de dones… En un polo de este “continuum”, se situará la ayuda o la asistencia libremente otorgada, (…) el “don libre” de Malinowski, para el cual resulta indecente, e incluso antisocial, exigir una contraparte. En el otro polo, se situará la apropiación interesada, la obtención antagónica de la misma naturaleza, conforme al principio de la “ley del talión” ; es lo que Gouldner llama la “reciprocidad negativa”. Por lo tanto, dos posiciones extremas (…) ; y una serie de puntos intermedios que ilustran no sólo las gradaciones en equilibrio material del intercambio, sino también y sobre todo las gradaciones en la escala de sociabilidad » [1].
 
El “continuum” de reciprocidad que proponemos es entonces definido por sus puntos extremos y medio, es decir tres formas caracterizadas : la reciprocidad generalizada, el polo de solidaridad máxima ; la reciprocidad equilibrada, el punto medio ; por último, la reciprocidad negativa, el punto de no sociabilidad máxima [2].
 
La reciprocidad generalizada es el « don puro » de Malinowski, que Price (1962) califica de reciprocidad débil. La reciprocidad negativa es el tipo de intercambio más impersonal, en el sentido, por ejemplo, del “trueque”, desde nuestro punto de vista, es el intercambio económico “por excelencia”. Las dos partes se enfrentan con intereses distintos, cada uno tratando de aumentar al máximo sus beneficios a costa del otro » [3].

Este esquema tiene el mérito de presentarnos el “intercambio económico” como antagónico del “don puro” y, por otra parte, de asociar el “don puro” a la “solidaridad” o “participación colectiva”, mientras que el “intercambio económico” aparece aquí asociado a la “competencia”.

Si se aborda el intercambio económico como lo hemos hecho para la redistribución ; es decir como momento de un ciclo económico, advertimos que el intercambio remite a la competencia así como la reciprocidad productiva a la redistribución. Sin embargo, dentro de un sistema, la redistribución organiza la reciprocidad productiva (es decir el consumo, la producción), mientras que la concurrencia determina el intercambio en el otro sistema (o la producción, el consumo).

Figura 1
Figura 1
c = consumo, p = producción

Los dos sistemas son pues incompatibles, y el “continuum” no existe ; existen dos sistemas económicos cuyo desarrollo es regido por leyes necesariamente contradictorias. Entonces, el antagonismo permite decir : no que el don es una generalización del intercambio, sino que “el don es lo contrario del intercambio”.

Redistribución y reciprocidad complementarias

En el caso en que las producciones puedan ser de naturaleza diferente, las distribuciones complementarias (A produce para A y B, y B produce para B y A) estas redistribuciones pueden ser, más que ninguna otra, confundidas con intercambios : a partir del momento en que se observa más de cerca a A y B dos centros de reciprocidad y redistribución, que interfieren para crear una esfera común en la que cada redistribución afecta a la totalidad y entonces permanece unitaria, se puede imaginar que cada redistribución es compensatoria de la otra, e interpretar esta compensación como un intercambio.

Las sociedades, en las que la reciprocidad se diversifica en el seno de la misma esfera de redistribución, establecen un tipo de complementariedad del mismo género : tal es el estatuto que traduce esta diferenciación.

Tal vez, a partir de estas formas desarrolladas de redistribución y reciprocidad simétrica y complementaria, ciertas condiciones históricas han permitido que el intercambio exista. Así, en lugar de ser el origen del don, el intercambio resultaría de un accidente del don, puesto que la desigualdad es la regla entre unidades de redistribución y reciprocidad. En efecto, para engendrar la unidad, el don destruye la igualdad. Si no consigue engendrar la unidad, al menos impone la jerarquía ; es decir, un equilibrio desigual.

El caso en el que dos partes pueden coexistir, permaneciendo extrañas gracias a una solución de estricta igualdad, entorpecen la economía del don, y pueden ser el origen del intercambio.

Se podría concluir entonces diciendo que el sistema de Sahlins puede invertirse : en suma, el don sería el origen de relaciones de reciprocidad y redistribución entre esferas económicas distintas donde una solución paradójica, la de las relaciones simétricas, permitiría la aparición de la lógica del don, la del intercambio. Pero parece más justo abandonar esta idea del “continuum”, puesto que si el intercambio es lo contrario del don, puede ser el origen de un sistema económico, así como el don el origen de otro sistema. Tal vez no sea necesario concebir la historia como un “continuum unidimensional”.

La confusión entre reciprocidad e intercambio, así como la confusión más radical entre intercambio y don, reposan sin duda sobre la cuestión de las relaciones de reciprocidad y redistribución complementarias. En todo caso, es éste un punto en el cual es posible observar cómo la ideología occidental interviene para interpretar los hechos. Por ejemplo, Sahlins, al citar a Goldschmidt, dice :

« Cuando los enemigos se encuentran se llaman. Si la aldea manifiesta disposiciones amistosas, se acercan aún más y hacen despliegue de sus mercancías. Alguien lanza a su vez el artículo que ofrece en intercambio y se apodera del primer objeto. Se continúa así hasta agotar las mercancías de alguna de las partes. Aquellos que todavía tienen algo para intercambiar se burlan de los que ya no tienen nada y se felicitan mutuamente. (Goldschmidt, 1951, p. 338) » [4].

Sahlins concluye :

« La reciprocidad equilibrada (simétrica) es la disposición para dar alguna cosa de valor equivalente a lo que uno ha recibido : al parecer en eso radica su eficacia como contrato social » [5].

Cómo no constatar que esta igualdad está destinada a “agotarse” para dejar que la desigualdad final determine un vencedor ; vale decir, la construcción de una jerarquía social. Si hay un intercambio, éste está desprovisto de contenido hasta no dejar aparecer más que una correlación de fuerzas entre capacidades de redistribución. Está al menos sometido al juego de dos redistribuciones que compiten para sojuzgar al prójimo, y es muy probable que dentro de la “equivalencia” de los bienes materiales que compiten, cada uno sea en realidad una sobrepuja sobre el precedente ; por cierto que el equilibrio de poderes puede ser la ocasión de los tratados de paz, pero estos tratados definen entonces una frontera común, una esfera de reciprocidad colectiva y de obligaciones recíprocas, pueden ser incluso considerados como factores de producción.

Mientras que en un sistema unificado, las relaciones desiguales de reciprocidad conducen a la jerarquía social, en un sistema donde ningún centro de redistribución goza de suficientes ventajas para someter a otro, donde por consiguiente la autoridad puede ser multiplicada indefinidamente, la igualdad puede favorecer las relaciones de alianza, pero sea lo que fuere, siempre la redistribución es la medida de la fuerza, del prestigio, del poder.

Potlatch y Contra-don

La competencia de dones, los torneos de redistribución, son el origen del potlatch y del kula.

Según nuestra hipótesis, cada una dinámica de redistribución es la re-actualización del don. Entonces, hay una tendencia original de producir para una sobredistribución ; e ir más allá del círculo de la reciprocidad doméstica es una necesidad lógica del sistema. Por lo tanto, basta con que varios centros de redistribución estén presentes para que, según la teoría, asistamos a un torneo de dones, una sobrepuja de redistribución, una competencia que, una vez que el consumo de todos está saturado, se prosigue como para dar cuenta del único mecanismo abstracto de la dialéctica del don : el potlatch, en el que se obtienen a veces demostraciones instructivas de la lógica de la redistribución. ¡El consumo puede transformarse en consumación ! Los dones ya no son distribuidos únicamente, sino literalmente consumidos por el fuego ; lo que tiene la ventaja de aclarar crudamente el poder de la redistribución. Estos torneos de redistribución instauran jerarquías relativas por el hecho de ser producidas periódicamente en condiciones de alianzas diferentes.

Kula” y obligaciones

En el kula y el potlatch, cuando el don regresa a sus orígenes, debe, para seguir siendo un don, ser superior a lo que le hizo nacer. En realidad, no hay don si no hay sobredistribución. Esto es una consecuencia de que las relaciones de reciprocidad no son indefinidas ; necesariamente, en un momento dado u otro, se repliegan sobre ellas mismas ; forman figuras circulares o reticulares. La lógica del don conduce entonces a una sobreproducción, puesto que el contra-don es siempre superior al don, pero este sistema puede lógicamente invertirse, el donador principal puede ser invitado por el donatario (el que recibe el don) a reproducir su don, cuando éste último dirige al primero una invitación en forma de contra-don. La obligación es la medida de una autonomía relativa y correctivamente un control de la reproducción del don por parte de quien está en el poder ; un control de la redistribución.

Reciprocidad negativa

Cuando el prójimo no puede ser contado positivamente como aliado, por lo menos puede ser incluido en la economía general como enemigo. Encuentran un estatuto de reciprocidad, un estatuto « negativo ». Esta reciprocidad puede ser llamada “negativa”.

Este principio permite explicar varias reglas de guerra muy hábilmente respetadas por las sociedades indígenas en el estado más disperso. Existen mitos según los cuales el primer trabajo de la tierra se convirtió en dos figuras del don : el don aceptado que conduce a la paz, y el don rechazado que instituye la venganza. Que el hombre esté marcado por el sello de la fiesta o el de la venganza, es la cuestión crítica de muchas sociedades en estado disperso.

Por consiguiente, ni aún la oposición de los centros económicos A y B constituyen una condición suficiente para el intercambio. El antagonismo entre intercambio y redistribución (o si se prefiere entre concurrencia y reciprocidad productiva) es a tal punto radical que la forma negativa del uno no puede ser la forma positiva del otro. Intercambio y don son antinómicos, y donde reinen la redistribución y la reciprocidad, sean éstas positivas o negativas, la relación con el prójimo es fundamentalmente desigual.

Reciprocidad vertical y reciprocidad horizontal

No será posible enumerar todas las modalidades de la reciprocidad positiva pero se puede observar dos grandes orientaciones evolutivas que podrían merecer el título de modos de producción.

En una interviene la redistribución centralizada y la jerarquía en la diferenciación de los estatutos – se podría llamar a este sistema : « reciprocidad vertical » ; en el otro interviene una redistribución dispersa, y la reciprocidad obtenida podría ser llamada : « horizontal ». (Las expresiones de verticalidad y de horizontalidad están tomadas de M. Sahlins).

En realidad, horizontalidad y verticalidad están siempre asociadas y una u otra es dominante según las esferas de la actividad económica ; el conjunto de sus relaciones define la estructura de las sociedades de redistribución.

Las circunstancias del subdesarrollo

La regla de Chayanov

Hemos visto que para postular el intercambio, como origen del ciclo, en el lugar y sitio de la dialéctica del don, Sahlins llega a considerar la producción y el consumo doméstico como un modo de producción caracterizado por la inercia.

« Dicho de otra manera, el Modo de Producción Doméstico encierra un principio de anti-producción ; adaptado a la producción de bienes de subsistencia, tiene tendencia a inmovilizarse cuando llega a este punto. (…) Nada dentro de la estructura de la producción, la incita a trascenderse a sí misma. La sociedad toda reposa sobre este cerramiento económico y, por consiguiente, sobre una contradicción, ya que a menos que la economía doméstica sea forzada fuera de sus propias trincheras, la sociedad toda perece. Económicamente hablando, la sociedad primitiva está fundada sobre una anti-sociedad » [6].

El autor toma una fórmula de A. V. Chayanov (1966) con la cual formula la ley del modo de producción doméstico :

« En un sistema de producción doméstico del consumo, la intensidad del trabajo varía en razón inversa de la capacidad de trabajo relativa a la unidad de trabajo » [7].

Entre los argumentos que sostienen esta conclusión, nos parece apropiado observar que la capacidad de producción de las familias más favorecidas está limitada por la capacidad de producción de las familias menos favorecidas, puesto que :

« Las normas consuetudinarias de buen-vivir deben ser fijadas a un nivel susceptible de ser alcanzado por la mayoría, dejando sub-explotados los poderes de la minoría más activa » [8].

Pero se puede dar la vuelta al argumento. Se puede sostener que la redistribución, al favorecer a las familias más desposeídas, impulsa su capacidad productiva, y se puede inferir que el equilibrio se establecerá alrededor de una media entre las capacidades más elevadas y las más débiles, equilibrio que estaríamos tentados de considerar como óptimo en una perspectiva de crecimiento comunitario.

La ley del sistema de redistribución sería más bien : que la intensidad del trabajo es proporcional a la riqueza redistribuida (pero quedaría por precisar el concepto de riqueza, ya que la economía de redistribución entiende por ésta lo que nosotros llamamos calidad de la vida).

Sin embargo, si la sociedad está « condenada » a la inercia, la subexplotación de la producción confirmará la regla de Chayanov : en efecto, una organización económica que no pudiese desarrollar la redistribución, se replegaría efectivamente sobre ella misma y su tendencia consistiría en satisfacer el consumo establecido al menor costo. La intensidad del trabajo desminuiría.

Las brillantes variaciones de Sahlins sobre el tema de Chayanov muestran que los sistemas de redistribución llamados políticos tienen por efecto trascender la regla de Chayanov.

Si la regla de Chayanov expresa lo contrario de la ley característica de la sociedad de redistribución, entonces entra en vigor en todas partes donde el sistema de redistribución, no puede desarrollarse. Ahora bien, en la situación actual, generalizada por el triunfo colonial de la economía occidental, todas las sociedades de redistribución han sido y son bloqueadas en su desarrollo, y este triunfo es un hecho lógico ya que la relación de los dos sistemas no es simétrica en cuanto a sus efectos respectivos.

El Quid pro quo histórico

Su encuentro, por así llamarlo, se realiza únicamente en provecho del crecimiento del sistema mercantil de producción occidental.

En efecto, por la redistribución, el indígena “da más de lo que recibe”, y se empeña en aumentar esta diferencia con la esperanza de someter al otro a las relaciones de reciprocidad o a su autoridad, es decir a los objetivos de su sociedad, pero se dirige a un extranjero que ignora todo acerca del principio de la redistribución y las obligaciones de reciprocidad. La finalidad de éste es la acumulación : por lo tanto, da lo menos posible para recibir lo más posible, y mientras menos da, más sus riquezas aparecen para el indígena marcadas por el sello de la rareza y del prestigio. La riqueza material se transfiere de este modo de una sociedad a la otra.

Este quid pro quo  (lire la définition) de dos sociedades antagónicas que se equivocan, cada una respecto de la otra, sobre el sentido de las categorías económicas, es el principal motor del subdesarrollo. Resulta que el subdesarrollo tiene por motor la contradicción de los sistemas de redistribución e intercambio, y no la naturaleza del modo de producción indígena.

El frente de civilización

Si el hecho que la producción indígena sea consumida a priori por la redistribución, se interpreta como una incapacidad de producir un excedente, las economías domésticas, e incluso todas las economías de redistribución, serán interpretadas como trabas al desarrollo, y las economías que dependen de ella, como « sociedades arcaicas », ¡lo que justificará los procedimientos de su integración a la economía occidental !.

En “sentido inverso”, si se reconoce que el desarrollo indígena está condenado al subdesarrollo desde el momento en que se le quita su independencia política, este hecho cuestiona esas políticas de integración.

Para todos los pueblos que han heredado una estructura política colonial y estructuras indígenas, la contradicción de las teorías del desarrollo es una línea de frente revolucionario ; y para aquellos cuya independencia política protege unas estructuras indígenas que pueden reorganizarse según su eje de desarrollo, la contradicción es remitida al interfaz  (lire la définition) de los dos sistemas, a las fronteras étnicas y nacionales, donde se convierte a través del mundo en una cadena de solidaridad que es un verdadero frente de civilización.

El proletariado indígena

Existe una diferencia fundamental entre el proletariado occidental y el proletariado indígena. El proletariado occidental ejerce una presión sobre el sistema económico que le obliga a aumentar al máximo su rentabilidad. Ya sea para obtener una redistribución más justa de la plusvalía y reconquistar el dominio del trabajo, el proletariado conduce al mejoramiento de las estructuras de la empresa. Es cierto que desde hace medio siglo la empresa ha descubierto que le interesa el aumento del poder de compra de las masas asalariadas y ella misma ha corrido con una parte de las reivindicaciones salariales ; existe entonces una comunidad de intereses entre proletariado y burguesía en torno al buen funcionamiento de la empresa para fines de producción. Este aspecto falta en el proletariado indígena.

El indígena no adopta una actividad reivindicativa de derecho al trabajo ; ni se interesa, con la mayor razón, en la plusvalía ; no adopta una actitud de asalariado ; permanece ajeno a la lucha de clases, en tanto que pertenezca a la sociedad indígena.

Dentro del ciclo económico de su sociedad de redistribución y reciprocidad, el tiempo liberado por la mejora de la productividad del trabajo puede ser utilizado socialmente en actividades de ocio. El lujo es para el indígena una categoría económica capital. La fiesta es sabiamente controlada y estructurada como dinámica esencial de la vida económica y social.

La fiesta, la abundancia, la invitación, son exigencias del desarrollo ; la fiesta, el sobre-consumo, determina el nivel de la producción, incluso los estatutos de producción ; pero la fiesta, el lujo indígena, aparece ante el colono como improductivo, como un exceso que paraliza el trabajo y la producción. También es interpretada como calamidad y condenada peyorativamente como “libertinaje”.

Ahora bien, es cierto que la desorganización de las estructuras sociales indígenas libera a los individuos quienes deben alquilarse en el territorio ocupado, y cuyas exigencias, al no deber satisfacer las obligaciones sociales de reciprocidad, se reducen considerablemente de tal manera que el salario puede disminuir con la desorganización de la sociedad de redistribución.

Así, los colonos vieron muy bien, empíricamente, que la desorganización de las comunidades indígenas conlleva una caída del precio del trabajo.

Por lo demás. Dentro del sistema mercantil, no se puede transformar útilmente al indígena en consumidor, como en el sistema occidental, ya que la elevación del nivel de la vida indígena no reactiva la producción. El indígena redistribuye y engendra estructuras de reciprocidad productiva autónomas que entran en contradicción con el interés de las empresas alógenas. Hay algo como un desvío del poder de compra del consumo productivo y de la inversión productiva. Se trata de un proceso frecuente dejado de lado por los analistas del subdesarrollo.

El intercambio desigual no es sólo una forma de desarrollo del sistema capitalista, motivada por el desajuste de la movilidad de la mano de obra, hay otra razón : la condición de asalariado no tiene el mismo significado en los sistemas occidentales y marginales. La condición del asalariado indígena obliga al capitalismo periférico a aquello que aparece como una regresión pero que en realidad es una adaptación.

El etnocidio, que es la condición de desarrollo capitalista, es también la condición del subdesarrollo de los sistemas capitalistas periféricos.

Conclusión

La lucha por la independencia política preludia sin embargo el nuevo cuestionamiento del orden económico mundial y la realización de una nueva economía mundial de la redistribución. La definición de los Derechos Humanos puede servir como un primer esbozo para los objetivos de tal economía.

Algunas partes importantes del mundo están ya protegidas por fronteras políticas que cada día tiene la ventaja de una nueva significación económica y protegen sistemas de redistribución renacientes, y vemos que el paso de una economía de intercambio mundial a una economía de redistribución se efectúa ante nuestros ojos sin que, sin embargo, sus mecanismos sean comprendidos perfectamente.

El frente de civilización no se altera menos, ya que los principios de lo que podría articular sus diferentes partes dentro de la unidad son demasiado ignorados ; así existen a menudo contradicciones secundarias entre las diversas esferas de reciprocidad, las que la historia de antaño había ordenado unas con otras para construir sus pirámides.

Las luchas de las minorías étnicas lo atestiguan, pero en la medida en que éstas permiten a las actuales sociedades de redistribución congraciarse con sus orígenes y sus historias, permiten profundizar el Derecho dentro del sistema de la redistribución y, tal vez, son ya la revolución dentro de la revolución.

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Pour citer ce texte :

Dominique TEMPLE, "Formas elementales de la reciprocidad", Ensayo sobre la economía de las comunidades indígenas, 1983, http://dominique.temple.free.fr/reciprocite.php, (consulté le 17 novembre 2017).

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Notes

[1] SAHLINS, M. Stone Age Economics, Chicago, 1972 ; trad. fr. : Âge de pierre, âge d’abondance, Paris, Gallimard, 1976, pp. 243-244.

[2] Ibíd., p. 247.

[3] Ibíd., p. 249.

[4] Ibíd., p. 279.

[5] Ibíd., p. 279.

[6] Ibíd., p. 131.

[7] Ibíd., p. 134.

[8] Ibíd., p. 132.