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Teoría de la reciprocidad, La Paz, Padep-gtz, 2003.

2. El imaginario y lo simbólico

2. El “pecado del ángel”

Dominique Temple | 2003

Los adivinos de la muerte

Sin embargo, los jesuitas tuvieron que enfrentar otra dificultad. Tuvieron que demostrar la eficiencia de la Palabra simbólica frente al imaginario procedente de otra forma de reciprocidad, la reciprocidad negativa.

Entre los Guaraníes, el asesinato gratuito no tiene ningún sentido. Está prohibido como en todas partes. El segundo asesinato es por lo contrario obligatorio por permitir que se construya una estructura de reciprocidad que permita dar un sentido a la violencia. El hecho de padecer una muerte crea entonces la obligación de matar (esta obligación es el espíritu de la venganza). Mediante la reciprocidad de asesinato nace un valor común : el honor del guerrero, que va a crecer con la reproducción del ciclo. Ahora bien, los Guaraníes han sistematizado esta producción del honor.

Podría esperarse que Montoya se enfrente con los guerreros respecto a la cuestión de la venganza y que oponga a la reciprocidad de venganza la reciprocidad de los dones. No se abstiene de hacerlo pero sólo desde un punto de vista práctico, utilizando el don para reunir alrededor suyo el mayor número de donatarios, que faltarán por lo tanto al llamado de los guerreros.

A veces los misioneros son conscientes de utilizar la reciprocidad de dones para enfrentar la reciprocidad de venganza, en particular cuando envían riquezas a hombres de guerra sabiendo que los indios aceptan inmediatamente sustituir a la reciprocidad negativa por la reciprocidad positiva y de ayudarse entre ellos en vez matarse los unos a los otros, pero tiene de ello una conciencia solamente empírica, ya que luego no da algún análisis del fenómeno lo suficientemente profundo como para descubrir, en la reciprocidad, la matriz de los valores humanos.

Sin embargo, la facilidad con que los hombres de guerra responden a esas invitaciones indica cuán importante era la reciprocidad para los Guaraníes y cuán secundario el medio utilizado para instaurarla. Montoya cuenta la historia de un cacique que desea vengarse de los españoles. La guerra atruena. Los Guaraníes asimilan el misionero a los españoles y se alistan para destruir su pequeño grupo. Son tres mil contra trescientos. Montoya logra huir, pero el niño que lo acompaña ha olvidado las imágenes santas. Retorna. Es hecho prisionero. Montoya vuelve con una fuerza española armada y se apodera de una plaza en la que los Guaraníes ya festejaban. Se le ruega que se acomode con el alimento que acababan de preparar sus enemigos. En la gran marmita, llena de caldo, Montoya pesca un pedazo de carne, pero es la cabeza de su niño de coro que aparece y, luego, los pies, las manos y las piernas. Los enemigos están, pues, claramente identificados, por ese ritual antropófago, como los detentores de un sistema de reciprocidad de venganza. Montoya decide abandonar el terreno, pero volverá algún tiempo más tarde, sin armas y sin los españoles, para fundar una reducción en la que se juntarán pronto mil quinientas almas. Entonces los enemigos observan pero no atacan.

« Viendo aquel gran mago llamado Guirabea que no eran bastantes sus mentiras y fabulosos sucesos que para conciliar su crédito contaba, para detener la gente que a porfía nos acudiese á oír la divina palabra, se determinó de visitarnos. Señalémosle un pueblo nuestro donde nos juntamos tres sacerdotes, avisémosle que allí con toda seguridad podía vernos. Vino acompañado de 300 indios armados de arcos y saetas, delante de él iba un cacique muy principal que llevaba una espada desnuda y levantada en la mano, tras de él una tropa de mancebas suyas muy bien aderezadas llevaban en sus manos algunos instrumentos, de vasos y otras cosas de uso, iba en él medio de todo este acompañamiento muy bien vestido... »  [1].

Se reconoce la voluntad del cacique guaraní de manifestar su gloria, las mujeres como signos de alianza, los guerreros como signos de la reciprocidad negativa y, en el centro, las joyas de quien detenta la palabra.

Montoya propone a Guirabea un símbolo (concientemente o no) de la reciprocidad de dones : « Regalamos de lo que nuestra pobreza sufría »  [2], y ello bastó para desarmar a Guirabea quien, en realidad, no se interesa tanto en la guerra como en la reciprocidad.

« El día siguiente más asegurado nos fue a ver, y entró en nuestra casa donde delante de muchos de los suyos le di a entender que había un solo Criador, y que todos éramos hechura suya y él daba los tiempos como le placía, criaba hombres de nuevo y causaba la muerte a otros, sin que la muerte fuesen de reparo nuestras diligencias. Díjele cuan bobo era él, pues siendo indio como los demás y que bebía y comía y tenía las necesidades de las bestias, de comer, dormir, y otras tan comunes, olvidándose de sí mismo y de su Criador se intitulaba Dios, que se reconociese por hombre y aun menos, pues tenía menos juicio que todos en fingir tales locuras »  [3].

Para Montoya de lo que se trata es, como precedentemente, sustituir la palabra de los protagonistas por la palabra religiosa y someter la palabra en cuestión a Dios Criador, es decir, liberar lo imaginario de lo real, a fin de que se convierta puramente en la expresión de lo simbólico.

Accesoriamente, se trata de repudiar la venganza. De hecho, el imaginario de la venganza desaparecerá por sí mismo, si se llega a satisfacer otro objetivo : la primacía de lo simbólico. El Dios de Montoya no tiene nada que ver con algún sentimiento que podría nacer del corazón del hombre por el hombre. Está enteramente absorbido en la idea del creador para significar, me parece, una ruptura absoluta entre lo espiritual y lo natural y para significar, al mismo tiempo, la reabsorción de toda la eficiencia de la palabra en lo espiritual. Pero el quid pro quo prosigue, al tratarlo Montoya de necio por decirse Dios, ya que pretende a la gloria a partir de actividades tan naturales como comer, beber y dormir. El Guaraní, aún puede concederle eso fácilmente, ya que no son sus actividades las que le transmiten el sentimiento de divinidad, sino el hecho de dar de beber, de dar de comer, de dar un techo al extranjero ; lo que prueba inmediatamente. Así, Montoya constata : « Mostró oírme bien y negando todo lo que de él la fama había predicado, convidonos a que fuésemos a su pueblo, donde deseaba regalarnos »  [4].

Es, pues, claramente mediante el don y la hospitalidad que responde Guirabea. Incluso autoriza a Montoya a plantar su cruz en medio de esta “leonera de fieras”, ya que todo el país, para Montoya, sólo era una “leonera de fieras”.

Montoya no opone, pues, la reciprocidad de dones a la reciprocidad de venganza, ya sea porque no reconoce - incluso si la notó claramente - a la reciprocidad como la matriz del valor o ya sea porque, si la reconoce, la niega bajo el pretexto de que ella regiría actividades naturales (beber, comer, dormir...) ; opone directamente lo simbólico a lo imaginario, y descalifica a éste declarándolo no ser sino el reflejo de prácticas animales : alimentarse, reproducirse, etc. La reciprocidad que rige esas prácticas y las transforma en hospitalidad, invitación, alianza... es pura y simplemente ocultada. Es, pues, a condición de olvidar esta naturaleza humana que puede escucharse, según Montoya, la voz pura del valor, la palabra de Dios, y la prueba a la que ahora apela Montoya es que nadie puede determinar la calidad siempre nueva e irreducible de un hombre, ni objetar a la muerte. El más allá de las competencias humanas es invocado para demostrar la necesidad de un demiurgo creador.

Acusa a Guirabea de llamarse a sí mismo Dios, no sin razón ya que el sentimiento de la humanidad de la que Guirabea es el portavoz, y que para los Guaraníes es el sentimiento de lo divino, es el fruto de una matriz de la que el hombre, por lo menos empíricamente, tiene el dominio. Pero no comprende que Guirabea pretende ser el portavoz de un sentimiento que no se encuentra en la naturaleza y que entonces pueda llamarse sobrenatural o divino. Le parece probablemente imposible concebir o aceptar que el sentimiento de humanidad, calificado de divino cuando es totalmente puro, sea el producto de fuerzas naturales, y que la reciprocidad sea la clave de la metamorfosis de actividades animales en potencia espiritual.

El quid pro quo del intercambio y de la reciprocidad

¿Qué hacer pues ? ¿Cómo interpretar la reciprocidad de los dones ? Y ¿por qué Montoya es tan hostil al principio de reciprocidad al cual se acerca cada día más y del cual nos habla con una sagacidad quizás inigualada por los antropólogos de hoy ?

Al principio de la Conquista espiritual, los jesuitas se hicieron acompañar por un español que era su interprete :

« Los Padres se dieron cuenta que volvía a casa una vez sin sombrero, otra sin capa, otra sin sayo ni jubón, y otra sin calzones, usando de solos pañetes blancos y un lenzuelo atado en la cabeza. Extrañada esta novedad le preguntaron los Padres la causa, y él les respondió estas palabras : “Vuestras Paternidades predican a su modo, yo al mío ; fáltanme a mi palabras, y así predico con obras : he repartido todo lo que traía para ganar la voluntad destos indios principales ; porque estos ganados, los demás quedarán a mi voluntad”. ¿Quién no se edificará con tal acción y celo ? Confundíanse los Padres de no tener que dar, tanta era su pobreza » [5].

Es verdad que Montoya denuncia inmediatamente lo que hace este español quien se llevaba los jóvenes guaranís a su servicio. Los padres guaraníes de estos jóvenes, creyendo que el español actuaba bajo los ordenes de los Padres, van a verles para pedir cuenta, y los Padres se muestran bien confundidos. Montoya se indigna :

« Peste es esta que sigue al Evangelio, que luego tras la libertad que alcanzan por el bautismo entra la servidumbre y cautiverio, invención ya no diabólica, sino humana para atajar el paso al Evangelio, porque con estas compras se hacen guerra unos a otros para venderse, roban, matan y aumentan el número de concubinas » [6].

Sin embargo, para Montoya la peste está en el hecho que la adquisición, por los guaranís, de valores de gran prestigio (como lo es el hierro o el tejido) permite ampliar los lazos de reciprocidad y hacer nuevas relaciones de alianzas matrimoniales (¡la poligamia !). Y no son los españoles los culpables de confundir la reciprocidad con el intercambio, ¡no !, lo son los Guaraníes ; ellos son los culpables porque utilizan el hierro o la tela para aumentar sus relaciones sociales (aumentar el número de concubinas). Pero Montoya interpreta las prestaciones de los Guaraníes ¡como intercambios ! (porque con estas compras se hacen guerra unos a otros para ellos para venderse).

Tal vez, es esta referencia al intercambio económico la que impide a Montoya ver, en las prestaciones de los Guaraníes, el principio de reciprocidad y, por ello, que la reciprocidad es la matriz de otro valor, distinto al valor de cambio, a pesar de añadir al texto anterior una descripción exacta de la reciprocidad de los Guaraníes :

« Son todos labradores y tiene cada uno su labranza aparte, y en pasado de once años, tienen ya su alabanza los muchachos a que se ayudan unos a otros con mucha conformidad ; no tienen compras ni ventas, porque con liberalidad y sin interés se socorren en sus necesidades, usando de mucha liberalidad con los pasajeros, y con esto cesa el hurto, viven en paz y sin litigios »  [7].

Que se reconoce la reciprocidad, ¡es indiscutible ! Pero la interpreta como un intercambio :

« Comprémosles la voluntad á precio de una cuña, que es una libra de hierro, y son las herramientas con que viven ; porque antiguamente eran de piedra, con que cortaban la arbusta de sus labranzas. Presentada a un cacique una cuña (que vale, en España, cuatro o seis cuartos) sale de los montes y sierras, y partes ocultas donde vive, y se reduce al pueblo él y sus vasallos » [8].

El don de hachas y anzuelos, descontado del precio español, es interpretado como una compra.

Por incapacidad (o por rechazo) de reconocer la reciprocidad, como lo contrario del intercambio ¿podía Montoya apreciar la razón de la reciprocidad de los dones y oponerla juiciosamente a la reciprocidad de venganza ? Puesto que interpreta el don como una compra y somete al donatario mediante un don unilateral, le es permitido interpretar esta sumisión como el objeto de una compra. Sin embargo, eso es algo curioso ya que acaba de decir que los Guaraníes no conocen la compra y la venta. Es difícil saber si Montoya no ve la reciprocidad o si se rehúsa a hacerlo. Se supone entonces que el Guaraní vende su alma, un alma en cierta forma sustantificada. El alma guaraní no es, ante sus ojos, un espíritu que se manifiesta según si una relación de reciprocidad le da su asiento, su sede, como dicen los Guaraníes. Montoya se autoriza a tratar el espíritu guaraní como una cosa sustituible, una propiedad de la cual el vendedor y el comprador pueden disponer libremente. El Guaraní, por su parte, no tiene la sensación de vender su alma, pero reconoce el prestigio del donador como la expresión del valor producido por la reciprocidad de dones ; una ilustración de lo que llamo el quid pro quo histórico.

La Madre de Dios y los Demonios

Si la reciprocidad es para los Guaraníes la matriz de su sentimiento humano, entonces no pertenece a nadie en particular y es legitimo que los Guaraníes hagan de este sentimiento una parte de un alma divina, pero desde el momento en que esta potencia espiritual es expresada por la palabra, él que habla puede decirse dueño de este alma. Por su parte, Montoya que ignora la reciprocidad, sitúa el origen de la palabra afuera del mundo y sustituye a la reciprocidad por un Dios creador.

¿Sintió la gravedad del desafío ? ¿No habrá experimentado como una inquietud cuando interroga a un Guaraní de la reducción de la Encarnación (como por casualidad), dirigida por el Padre Roque Gonzáles,

« Preguntó un padre a uno de esta congregación si les venía deseo de volver aquella vida antigua y libre. Respondió : “Padre, No, porque después que somos esclavos de la Virgen, se nos han borrado tales pensamientos. Y ya vemos en nosotros tal mudanza que no nos conocemos, porque de bestias que fuimos, nos vemos ahora hombres racionales” »  [9].

El mozo lo tranquiliza al Padre : Bestias fuimos por la vida antigua y libre, ¡nuestros pensamientos han sido borrados, hemos sufrido una transformación tal que ya no nos reconocemos más ; desde ahora somos hombres racionales sometidos a la pureza de lo simbólico ! Todo está dicho en este terrible resumen...

Entonces Montoya cuenta la historia edificante de los jóvenes que se mantienen vírgenes en el matrimonio. Estamos en el corazón del fetichismo de la Pureza, que conducirá derecho al martirio del Padre Roque del que Montoya cuenta la relación en el capítulo cincuenta y siete para hacer de ella la cumbre de la Conquista Espiritual. Ese martirio es la confrontación a muerte de un chamán y tres Padres, una tragedia alrededor de la que está en juego la Revelación, revelación a partir de la naturaleza para los guaranís y, para el misionero católico, revelación contra la naturaleza.

He aquí a los protagonistas :

« Entró en la Compañía el año de 1609 y á pocos meses de novicio le hicieron misionero (oficio propio de nuestros profesores) ; tan conocida fue su virtud et celo que le encargaron la más trabajosa misión que tuvo la Compañía »  [10].

Aparece el adversario :

« Habitaba por aquel contorno el mayor cacique que conocieron aquellos países (…) llamabase Nezú  [11], lo que quiere decir Reverencia »  [12].

Todo comienza como de costumbre, por la hospitalidad guaraní :

« (...) y él, con deseo de tener en sus tierras a los Padres o que fuese falso o verdadero, edificó iglesia para Dios y a ellos casa » [13].

Pero según Montoya el Demonio habla luego a Nezú. He aquí ese texto célebre :

« La libertad antigua veo que se pierde de discurrir por valles y por selvas porque estos sacerdotes extranjeros nos hacinan a pueblos, no para nuestro bien, sino para que oigamos doctrina tan opuesta a los ritos y costumbres de nuestros antepasados. Y tú Nezú sí adviertes, empiezas ya a perder la reverencia debida a tu nombre ; porque, si los tigres y las bestias fieras de estos bosques te están sujetas, obrando en tu defensa cosas increíbles mañana te veras (ya lo ves en otros) sujeto a la voz de estos advenedizos hombres. Las mujeres de que a nuestra usanza gozas y te aman, mañana las veras que te aborrecen hechas mujeres de tus esclavos mismos. Y que ánimo tan fuerte habrá que sufra tal afrenta ? Vuelve los ojos por todos estos pueblos, a donde el poco brío de sus moradores ha hecho hacer pié a estos pobres hombres y verás menguada su potencia ; ya no son hombres, son mujeres sujetas a voluntad extranjera. Si aquí no se ataja este mal y tú te rindes, todas las gentes que desde aquí hasta el mar habitan, a tu despecho y deshonor, veras sujetas a estos, y tu que eres el verdadero Dios de los vivientes te veras miserable y abatido ; remedio tiene fácil si tu poder aplicas a quitar la vida a estos pobretones »  [14].

Se reencuentra el ideal guaraní : la libertad de la palabra de la que cada uno es responsable en las sociedades de reciprocidad en estado disperso, la tradición unida a la filiación y el primado de la alianza que subraya la poligamia.

El martirio desde ahora está situado en un contexto sintomático : se mata al Padre Roque mientras inaugura la primera campana para llamar y reunir a los Guaraníes. Se puede ver aquí una denuncia de la palabra religiosa que desafía a lo que los Guaraníes llamaban libertad. El segundo Padre (Alonso Rodríguez) es desmembrado y sus restos son distribuidos alrededor de la iglesia, esa misma destrozada y dispersada luego. El tercer Padre (Juan del Castillo) es matado por los Guaraníes después que le hubieran pedido proceder a una distribución de hachas y anzuelos. Ahí se puede ver una denuncia de la utilización de la reciprocidad de los dones con fines contrarios. Si Montoya hubiera elegido tales símbolos conscientemente, estaríamos obligados a pensar que era consciente de la teoría guaraní y que libraba combate no contra los instintos animales, como lo dice, sino contra la reciprocidad misma. De manera que, tal vez, más vale renunciar a la interpretación de esas imágenes en beneficio del inconsciente. Pero es cierto que hay, entre las palabras que Montoya pone en la boca del demonio y su relato de la muerte de los Padres, algunas correspondencias inquietantes. Cómo no notar la siguiente :

« Sentimos y con dolor muy grande, el execrable destrozo que hicieron en una imagen de la Virgen, querida prenda del Santo Roque, que fue su compañera en sus peregrinaciones, y colocada en un pueblo y estando ya fundado, la pasaba a otro. Y así (con razón) la llamada “conquistadora”, atribuyendo a su presencia los sucesos prósperos de sus empresas... »  [15].

Lo que indigna más a Montoya es la injuria hecha a la estatua de la Virgen. Y lo que ve primero en el Padre Roque es su devoción al concepto de Pureza, transformado en motor de la Conquista Espiritual : “¡la conquistadora !”

La venganza de Montoya tiene un nombre del que uno duda : como el corazón del Padre Roque no deja de latir tras su muerte, muchos lo escucharon hablar aún, y decía desde el más allá de la muerte : « (...) mis hijos vendrán a castigaros por haber maltratado la imagen de la Madre de Dios »  [16].

Montoya no se desarma : la venganza se transforma en castigo. No opone la reciprocidad de los dones a la reciprocidad de asesinato, pero instaura la contradicción entre lo omnipotencia de lo simbólico y lo imaginario, el combate del ángel de la blancura inmaculada y los espíritus infernales, combate que, a lo largo de toda la Conquista Espiritual, se precisa como el de la Pureza matriz de la omnipotencia contra la contaminación de ésta por los miasmas de la naturaleza, el combate de la Muy Santa Virgen Madre de Dios contra el Pecado.

La dialéctica de Montoya no hace más que revelar cómo el imaginario de los Guaraníes expresa los valores aparecidos en el seno de las relaciones de reciprocidad.

Hay por cierto en la reciprocidad, más que los actos o las cosas que ésa pone en juego, el valor espiritual que produce, llámese lazo social, mana, philia, comprensión mutua, sentido y que los Guaraníes creen que los misioneros llaman Dios.

Para las sociedades de reciprocidad, nadie puede rehusarle al otro el acceso a la reciprocidad, ya que nadie puede rehusarle lo que hace de él un ser humano y cuyos actos están dotados de sentido, ya que un rechazo tal conduce a la nada.

Si la alianza no es realizable, su imposibilidad aparece como un asesinato social. Entonces se propone la venganza de un asesinato semejante para reestablecer la reciprocidad. La muerte sufrida se transforma en homicidio del otro para engendrar a contracorriente y contra todo un reconocimiento de sí y del otro, el del hombre guerrero. La reciprocidad de venganza suple a la reciprocidad de alianza cuando ésta ya no es posible ya que el hombre no puede renunciar a la reciprocidad. Aún si tienen que entregar su vida por ello, los Guaraníes lo aceptan ya que sin la reciprocidad ya no son hombres. No se puede olvidar que los Guaraníes tenían que aceptar a priori la muerte o el sacrificio para poder participar en la reciprocidad de asesinato y que aceptaban entonces pagar con su vida el acceso a lo sobrenatural. La guerra, entre los Guaraníes, no tenía como objetivo el pillaje de las riquezas del otro o su aniquilación.

La omnipotencia y la fuerza

¿Pero cómo liberarse de lo real, sea nupcial u homicida ?

Los dones que uno desprende de sí mismo o de su patrimonio constituyen una primera superación. Mientras el cuerpo a cuerpo de las prestaciones totales pone en juego todo lo que uno es para engendrar este Otro que aún no es, uno no compromete en el don sino una parte de sí para engendrar más que sí mismo. Además es posible multiplicar considerablemente el número de esas alianzas por el don.

Por otra parte, los objetos que entran en la mediación de las relaciones de reciprocidad se convierten en símbolos del valor producido y los mensajeros de una comunicación que ya no conoce límites. El ser social, ya que siempre nace entre los hombres, aún es experimentado como un espíritu, pero éste está, desde ahora, anclado en las cosas dadas y recibidas, como si animara entonces las cosas y vendría a alojarse en el donador, darle su nombre al mismo tiempo, entonces, que la calidad o la fuerza de esas cosas.

Los Guaraníes aceptarán la tutela de los jesuitas sólo a condición que sus relaciones sociales estén estructuradas sobre la reciprocidad de dones. Evidentemente, cada vez que podrán reemplazar la reciprocidad de asesinatos guerreros por la reciprocidad de dones lo harán y el don del hacha jugará un papel decisivo en esta sustitución.

La relación de reciprocidad se ejerce entonces en dos niveles, el de lo real, donde se comparte con el otro los medios de existencia, la vida, el techo, el alimento, de tal modo que se produzca el sentimiento mismo de la humanidad... y aquel de lo imaginario, en el que el sentido se expresa por imágenes u objetos.

La reproducción de valores así representados en objetos precisos, depende desde entonces de la reproducción de las condiciones de su nacimiento, y las palabras o los objetos simbólicos mandan reproducir el acto que les ha dado sentido. Decir el sentimiento que nace de una relación de alianza obliga a reproducir la alianza. Decir que se es prestigioso obliga a redistribuir la riqueza.

La fascinación de los Guaraníes por la expresión del sentido, por la palabra, es tal que atribuyen a la palabra la eficiencia del acto que la acompaña. Decir un asesinato o proclamarse asesino es indisociable del asesinato del enemigo bajo pena de muerte espiritual, bajo pena de pérdida de sentido.

Basta, sin embargo, que toda realidad sea imaginada como la traducción de una palabra para que la palabra siempre pueda ser eficiente : cuando no está verificada concretamente se puede creer, en efecto, que ha encontrado otra palabra de una eficiencia superior. Toda realidad es postulada así como dependiente de una palabra y de un espíritu. El mundo se convierte en el teatro de un combate entre espíritus. Mas precisamente una muerte accidental puede ser interpretada como la eficiencia de una palabra enemiga y desconocida. La bendición o la maldición salvan o matan, y en un contexto cultural preciso, se comprueba. Pero, si ese contexto se modifica y la realidad no se conforma a la palabra, esta eficiencia atribuida a la palabra se revela como frágil.

Cuando la realidad es así, la expresión de una presunta potencia espiritual, en vez de prestar su imagen a los valores producidos por la reciprocidad, el simbolismo cambia de naturaleza y viene a ser un fetichismo. Eran simbólicas las representaciones de valores nacidos de las estructuras sociales, como la imagen del sol para la gloria del donador. A partir de ahí, será llamado fetichismo todo aquello cuya eficiencia material es considerada como la expresión de un valor espiritual, como la enfermedad de los ladrones de caña de azúcar por la maldición de Taubici, o como la muerte del mismo Taubici por la maldición del misionero. Llamo aquí simbolismo a la génesis de un valor espiritual y fetichismo al hecho de atribuir a la realidad la eficiencia de un presunto valor.

Cuando los Guaraníes escuchan a los sacerdotes anunciar la resurrección de los muertos, creen literalmente en su palabra. Los misioneros utilizan esta fe para sus fines o la convierten en motivo de mofa, mofa cruel cuando la oración misionera pronunciada en latín no puede ser sino confundida con un murmullo, ya que entonces una ilusión semejante da cuenta de la fe de los Guaraníes en la Palabra.

¿Cómo lo simbólico puede mutarse en poder en vez de traducirse en sacramento ? La pregunta recibe entonces una respuesta dramática al fin de la Conquista Espiritual del Paraguay.

Los demonios que Montoya percibió en su primer sueño, los esclavistas, se agolpan en las reducciones jesuitas como en reservas potenciales de esclavos, y cuando la resistencia de las víctimas se organiza, se vengan exterminándolos :

« Estaba el enemigo muy alegre dando gracias a Dios por ver arder la Iglesia ; el cerco era pequeño, el fuego grande, el sol echaba rayos encendidos, el peligro del enemigo estaba claro ; al fin juzgaron con razón fiarse del racional enemigo (si tal nombre merece) antes de abrazarse en aquella hoguera. Abrieron un Portillo, y saliendo por él al modo que el rebaño de ovejas sale de su majada al pasto, como endemoniados acudían aquellos fieros tigres al Portillo, y con espadas, machetes y alfanjes derribaban cabezas, trochaban brazos, desjarretaban piernas, atravesaban cuerpos, matando con la más bárbara fiereza que el mundo vio jamás los que huyendo del fuego encontraban con sus alfanjes. Más ¿qué tigre no rehusara de ensangrentar sus uñas en aquellos infantes tiernos, que seguros parecían estar asidos a los pechos de sus Madres ? Sin encarecimiento digo que aquí se vio la crueldad de Herodes y con exceso mayor porque aquel perdonando a las Madres se contentó con la sangre de sus hijuelos tiernos ; pero estos, ni con la una y otra se vieron hartos, ni bastaron los arroyos que corrían de la inocente sangre a hartar su insaciable fiereza. Probaban los aceros de sus alfanjes en hender los niños en dos partes, en abrirles las cabezas y despedazar sus delicados miembros. Los gritos, vocerías y aullidos destos lobos, con las lastimeras voces de las madres que quedaban atravesadas de la bárbara espada y de dolor de ver despedazados sus hijuelos, hacía una confusión horrenda »  [17].

Para los portugueses, adversarios de los jesuitas, todos los seres humanos que no están sometidos a su fe y a su autoridad pueden ser aniquilados y ello bajo los ojos de los sacerdotes y religiosos que abogan por su causa. La paradoja va hasta el placer de quemar la iglesia que los Guaraníes edificaron bajo su tutela. Cuando matan, matan dando gracias a Dios, al Dios cristiano, porque ¡piensan que los guaranís en sus reducciones no son verdaderos cristianos !

¿No conoció el mismo Montoya ese dilema, él que no vaciló en sancionar el poder de lo simbólico por la realidad cuando el buen cacique envía a su rival al fondo del río con una piedra atada a su cuello para ver si era Dios ? ¿No está Dios, en un desafío semejante, privado de todo sentimiento y reducido a la prueba de la fuerza ?

« Habíase retirado a esta leonera un demonio llamado Tayubay, muy grande hechicero, que quiso en San Miguel con sus mentirosos enredos defender la entrada al Evangelio, pero los vecinos de aquella población lo llevaron atado a la presencia del P. Cristóbal, el cual le tuvo un día entero en su misma celda, corrigiéndose con blandura y amor ; pero este género de demonios no se vence sino con el castigo ! »  [18].

Entonces, Montoya cuenta el martirio del Padre Cristóbal de Mendoza. Es como un epílogo, la lección que puede retenerse de la historia de las reducciones. Cuando el Padre Cristóbal de Mendoza cae en la emboscada de Tayubay, se escucha darle vuelta al desafío de la realidad : « Donde está (decían) el Dios que haz predicado ? Ciego debe de ser, pues no te ve, y su poder ninguno, pues no te puedes librar de nuestras manos » [19].

Sin embargo, Montoya confirma la importancia de la fuerza en la mano de Dios :

« El Santo arguyó de su perfidia, ya amonestándoles con amor a que, dando de mano al gentilismo, abrasen la ley de los cristianos, ya amenazándoles con el riguroso castigo con que Dios castiga a los rebeldes, que si disimula y espera, descarga la mano más pesada » [20].

Los Guaraníes responden con la misma mano pesada y Montoya analiza esta violencia :

« Prosiguió el Santo con su predicación, y ellos con golpes y porrazos, cortándole los labios de la boca, la oreja que le quedaba, y las narices, repitiendo por mofa lo que el Santo solía decir a los cristianos en la explicación de la doctrina ». Y como el Padre sigue rezando : « Le sacaron la lengua por debajo de la barba, y con bestial fiereza le fueron desollando todo el pecho y vientre, que todo hacía un pedazo con la lengua »  [21].

Incontestablemente, la lengua interviene como instrumento de la palabra para los Guaraníes y lo que destruyen ¿no será una palabra que les parece corrompida en la idea de fuerza ? Si Dios es la fuerza, ¡qué lo pruebe ! El Absoluto metafísico y sin embargo dotado de fuerza física les parece una mentira, y cortan la lengua del mentiroso. ¡Hay que endosar al misionero la piel del mentiroso, así como el misionero les haría endosar la piel de los demonios de la naturaleza !

Inmediatamente los Guaraníes reactualizan su propio rito : el sacrificio de Isaac, pero sin la expresión simbólica que le sustituye el cordero :

« Volvierónse a sus casas estas bestias, y no hartos con las carnes de tan amoroso Padre, fueron a comerse dos hijos que el Santo en Cristo había engendrado, cautivos en antecedente día, y relamiéndose en la inocente sangre, con gran festejo y provisión de vinos hicieron pan molido entre sus dientes, que servirá en la mesa de Dios eternidades » [22].

¡Increíble ! Montoya relaciona la mesa de Dios con los términos vino y pan sin darse cuenta de que son, en el espejo de lo simbólico, los reflejos perfectos de lo que él ve en lo real : un sacrificio para que nazca el dios de la venganza.

¿Por qué el sacrificio pone en juego lo real (el sacrificio del prisionero) si no es porque el pasaje en lo simbólico acaba de fracasar, y por qué fracasa si no es porque Montoya lo somete a la fuerza ? Pero prefiere dar la última palabra a la fuerza : « Todos, dice, fueron matados y Tayubay tomado vivo, fue conducido al sitio donde murió el Padre Cristóbal y ejecutado ».

La Conquista termina... el holocausto de los Guaraníes por los cristianos portugueses es pronto generalizado a todas las reducciones, « Uso común es de estos homicidas cuando se parten con la presa quemar los enfermos, los viejos e impedidos al caminar, porque si quedan vivos, a la memoria de los que quedan, se vuelven los que van »  [23]. Se puede decir que el hombre racional (de la razón utilitarista por supuesto) aumenta la fuerza de la pureza del simbólico por la eficacia del cálculo !

¿No anuncia la razón utilitaria, invocada para justificar una medida semejante, la racionalidad de los campos de concentración y de las cámaras de gas ? Habrá sido necesario esperar a que la cuestión del hombre, tan apasionadamente debatida por los guaranís, al punto de pagarla con su vida, tropiece con lo que Montoya llama un holocausto, prefiguración de la solución final, para poner en dudas la idea del Criador como matriz del sentimiento de lo divino.

La relación de la Conquista Espiritual termina brutalmente con una pregunta sin respuesta : ¿qué relación hay entre la concepción del Mal que sugiere la visión inicial (la esclavitud de los Guaraníes) o la visión final (el holocausto de los Guaraníes) y la concepción del Mal que sugiere la tesis defendida durante toda la relación apasionada de la Conquista Espiritual describiendo el Mal como la impotencia de lo imaginario por liberarse de su contexto y hacerse transparente a los valores sobrenaturales ? ¡Evidentemente lo que altera a la pureza de la idea de Dios viene a ser el Mal ! ¡Ahí empieza el infierno ! Y para enfrentar el Mal acude a la fuerza quien pretende tener la verdad sobre Dios : Montoya con el cacique malo matado por el cacique bueno, los portugueses cuando queman a los guaranís de las reducciones jesuitas, etc…

Montoya ha destruido el dinamismo religioso y político de los Guaraníes ya que hace un impasse sobre la reciprocidad bajo el pretexto, es cierto, de que la reciprocidad entre los Guaraníes estructura las fuerzas naturales, pero igualmente hace el impasse sobre las mismas estructuras de reciprocidad en el seno de la palabra como si la palabra no fuera sino la expresión del valor puro y no podía, a su vez, ser relativizada por otra palabra para engendrar, según ese movimiento permanente de encarnación y de resurrección, siempre más humanidad.

Si el don es una palabra silenciosa que reabre la reciprocidad, toda palabra es también un acto que compromete al otro en su comprensión. En ausencia de reciprocidad, al contrario, la palabra encierra la revelación en un horizonte de conocimiento objetivo que pronto se apodera de todo el campo de la conciencia. Viene entonces la idea de Dios a sustituir el sentimiento de Dios desde el momento en que el individuo rompe la reciprocidad. En tal caso no tiene mas en su mente que unas concepciones unilaterales del Bien y del Mal : ¡el árbol del conocimiento !

Síntesis : el “pecado del ángel”

Montoya tropezó con las autoridades políticas de los Guaraníes que él llama caciques. Los dividió en buenos y malos caciques. Los buenos caciques se someten al don de la hacha. Los malos caciques oponen a la Palabra religiosa del misionero la libertad de la palabra de la cual cada guaraní era responsable en función de su capacidad de expresar el sentimiento engendrado por la reciprocidad. Los misioneros no tienen dificultad en vencer a los malos caciques por su alianza con los buenos caciques. Los caciques que reivindican la libertad son maltratados y objeto de burla, ya que los jesuitas son los únicos en poder ofrecer una barrera eficaz contra la esclavitud. Pero el debate hace aparecer otra contradicción : la palabra entre los Guaraníes no sólo toma su fuente en la reciprocidad de alianza y la reciprocidad de dones. Toma su fuente en toda forma de reciprocidad, incluida la de los raptos, de la violencia y la guerra. Los jesuitas están, entonces, forzados a enfrentar los pajé, los hechiceros cuya palabra es tributaria del imaginario de la venganza. Pero como los Guaraníes aceptan muy rápidamente la conversión de un imaginario en el otro y de la reciprocidad de venganza a la reciprocidad de dones, y lo hacen de buen grado mientras ello sea posible, aún ahí la resistencia de los Guaraníes obliga a descubrir otra causa : los jesuitas deben afrontar a aquellos de los Guaraníes que dominan la palabra religiosa.

Montoya los retrata de una forma curiosa. En el capítulo titulado Ritos de los indios guaraníes, pretende que :

« Conocieron que había Dios, y aún en cierto modo su Unidad, y se colige del nombre que le dieron, que es Tupá ; la primera palabra “tu”, es admiración, la segunda “pá” es interrogación, y así le corresponde al vocablo hebreo “manhu”, “quid est hoc”, en singular. Nunca tuvieron ídolos, aunque ya iba el demonio imponiéndoles en que venerasen los huesos de algunos indios, que viviendo fueron famosos Magos (como adelante se verá). Al verdadero Dios nunca hicieron sacrificio, ni tuvieron más que un simple conocimiento, y tenga para mí, que solo esto les quedó de la predicación del Apóstol Santo Tomé, que como veremos les anunció los misterios divinos » [24].

Nada pues del sacrificio de los prisioneros, de los rituales chamánicos para apoderarse del soplo del espíritu divino en los tabernáculos-calabazas, de lo que se nos informa en otra parte, por Hans Staden por ejemplo. Solamente que tuvieron la idea de Dios y esta única referencia a Dios es inmediatamente llevada a la supuesta predicación de Santo Tomás. Montoya reconoce, como quiera, al menos implícitamente, las disposiciones de los Guaraníes a la palabra religiosa, ya que los denuncia cuando se prestan los rituales de los misioneros. Las tentativas de los chamanes para imitar los ritos sacerdotales muestran, por lo menos, la importancia que los Guaraníes conferían a la palabra religiosa. Pero a la dialéctica de los guaranís (la metamorfosis de las fuerzas de la naturaleza en sentimiento espiritual por medio de la reciprocidad) Montoya opone la separación radical de lo espiritual y lo natural e incluso su oposición.

¿Por qué Montoya adolece de ceguera hasta tal punto sobre el principio de la reciprocidad que toca con las manos todos los días y que nos describe con una sagacidad aún inigualada por los antropólogos modernos ?

Nos da la razón de ello cuando cree deber interpretar el don a los Guaraníes como una compra, y la sumisión del donatario al donador como la venta de su alma. La sustantificación de los valores (aquí de las almas por lo simbólico puro) autoriza, en efecto, a tratarlos como cosas sustituibles de las que cada uno tendría la libre disposición (y de manera racional). (¡Suena la palabra del mozo guaraní ! : Padre, no, porque después que somos esclavos de la Virgen, se nos han borrado tales pensamientos. Y ya vemos en nosotros tal mudanza que no nos conocemos, porque de bestias que fuimos, nos vemos ahora hombres racionales...).

Es en realidad la reciprocidad la que produce la dignidad de los Guaraníes (la reciprocidad de filiación, de alianza, de venganza, de don...) como es la reciprocidad la que produce el valor común y que por no pertenecer a nadie, se llama Dios. Cosa rara, Montoya, que no ve en la naturaleza sino un juego cruel de fuerzas, y que está fascinado por lo que no se encuentra en ella, no ha observado que fuera del campo de la sociedad humana, la reciprocidad no existe en ninguna parte. Más extraño aún, al primado del interés, ley de la naturaleza, Montoya suscribe interpretando el don como una compra, el contra don como una venta, la reciprocidad como un intercambio.

Así, privados de la reciprocidad bajo el pretexto de que ella movilizaba las fuerzas de la naturaleza (esta naturaleza que entre los Guaraníes se puede llamar la Tierra), privados del imaginario en el cual expresaban sus valores (su palabra), los Guaraníes fueron sometidos a doctrinas que ellos describieron o condenaron como ajenas, probablemente porque hacen referencia a un más allá metafísico con el cual no podían comunicar si no fuese por la mediación de los religiosos cristianos acreditados por eso de poderes excepcionales ; un más allá que tiene que ver con el proceso del conocimiento y ¡también del intercambio !

Sin tierra ni palabra, así quedaron los Guaraníes de las reducciones, pero la vida y la lengua a salvo y, con ellas, el secreto de la reciprocidad, que Bartomeu Melià llama la “memoria del futuro”, mientras que aquellos que no tuvieron el privilegio de someterse a los misioneros, no tuvieron otra alternativa que la esclavitud o la muerte por el genocidio.

Pour citer ce texte :

Dominique Temple, "El “pecado del ángel”", El imaginario y lo simbólico, 2003, http://dominique.temple.free.fr/reciprocite.php, (consulté le 20 novembre 2017).

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Notes

[1] MONTOYA, Antonio Ruiz (de). La Conquista espiritual del Paraguay (1639), Asunción del Paraguay, 1996, cap. XXXIV.

[2] Ibíd., cap. XXXIV.

[3] Ibíd., cap. XXXIV.

[4] Ibíd., cap. XXXIV.

[5] Ibíd., cap. VI.

[6] Ibíd., cap. VI.

[7] Ibíd., cap. XLV.

[8] Ibíd., cap. XLV.

[9] Ibíd., cap. XLVIII.

[10] Ibíd., cap. LVI.

[11] Extraño ese nombre que hace eco al de Jesús, difiriendo sólo por una consonante que suena cómo sólo una negación.

[12] Ibíd., cap. LVIII.

[13] Ibíd., cap. LVIII.

[14] Ibíd., cap. LVII.

[15] Ibíd., cap. LVIII.

[16] Ibíd., cap. LVIII.

[17] Ibíd., cap. LXXL.

[18] Ibíd., cap. LXX.

[19] Ibíd., cap. LXXI.

[20] Ibíd., cap. LXXI.

[21] Ibíd., cap. LXXI.

[22] Ibíd., cap. LXXI.

[23] Ibíd., cap. LXXVII.

[24] Ibíd., cap. X.