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1. La reciprocidad simétrica en la antigua Grecia

2. De la reciprocidad positiva a la reciprocidad simétrica en la Odisea

Dominique TEMPLE | 1995

La Ilíada ilustra, sobre todo, la reciprocidad negativa y la reciprocidad positiva, en tanto que la Odisea  [1] ilustra bien la reciprocidad simétrica. Ciertamente, la Odisea celebra todavía la memoria de los héroes de la guerra de Troya, pero el problema de la Ilíada está resuelto : todos han sido víctimas de la vanidad del prestigio, como Áyax, fulminado por el dios Poseidón por haberse creído invencible o su homónimo, aquejado de locura por haber pretendido las armas de Aquiles. Sólo queda vivo Menelao, el ecuánime, cuya lección a Telémaco, que vino a informarse sobre Ulises, establece, de entrada, la supremacía de la reciprocidad simétrica sobre la reciprocidad positiva.

« Reprocho, igualmente, en el anfitrión que recibe, el exceso de diligencia y el exceso de frialdad ; amo sobre todo la medida justa (aisima) y encuentro tan malo despachar a un huésped que se quiere quedar como retener a uno que se quiere ir : ¿qué se le debe al huésped ? Buen recibimiento (philein) si se queda, licencia si quiere partir »  [2].

Esta forma de reciprocidad supone que el don del donante se conforma, ahora, al deseo del donatario. Por tanto, Telémaco puede rechazar un presente no deseado sin afrentar a su anfitrión :

« En cuanto al presente que quieres hacerme, acepto la copa, pero no podré llevar los caballos a Ítaca ; te los dejo pues a ti mismo como objetos de lujo ; ya que reinas sobre un vasto espacio en el que abundan los tréboles, la cotufa, el queso, el trigo y la alta cebada blanca. Pero en Ítaca, no hay ni espaciosos campos ni alamedas, ni la menor pradera, sólo pastizales para cabras »  [3].

Es obvio que la reciprocidad positiva conduciría hacia actitudes insensatas. En ella, sólo un hombre superior podría sustraerse a la obligación de recibir, justificando su arrogancia con un don más prestigioso. Surge, pues, un nuevo principio : el donante toma en cuenta el deseo del otro y, de este modo, relativiza su imaginario y su poder. Queda, empero, el motor de la reciprocidad positiva : el prestigio, pero se transforma en un sentimiento de justicia. Ahora, ya no se puede dar sino en la medida en la que el otro toma. Este equilibrio, entre el don y la necesidad, no debe ser confundido con un intercambio en el que cada uno ofrece sólo en la medida en la que él mismo toma o, más bien, no cede sino a condición de adquirir.

En la Odisea, Homero citará el intercambio una sola vez, para oponerlo radicalmente a la reciprocidad. Vale la pena recordarlo. Ulises acaba de presentarse ante Alcínoo, rey de los Feacios, como un héroe desgraciado, náufrago, pero que está engalanado por la diosa Atenea con un aura magnífica. Impresionado, su anfitrión le ofrece hospitalidad real y lo invita a los juegos. Laodamía, hijo de Alcínoo, desafía a Ulises. Como Ulises no tiene el corazón dispuesto al combate, uno de los campeones, Euryale, se mofa de él :

« ¡Ah no !, no veo nada, nada en ti, nuestro huésped, de un conocedor de los juegos, incluso tomando en cuanta todos los que tienen los humanos ! (...) Si alguna vez subiste a un barco, ha debido ser para ordenar a los marinos asuntos comerciales : anotar las cargas y vigilar el flete y tus ganancias de los ladrones... Pero, tú, un atleta !... »  [4].

¿Hay injuria más pérfida que pueda hacerse a un griego que la de enrostrarle que se dedica al comercio ? El intercambio, en efecto, es infamante para un hombre libre y es apenas tolerado en un esclavo. Tener en cuenta la carga ; dirigir a hombres dedicados al intercambio ; he ahí las prácticas de un especulador que va de puerto en puerto a comparar el valor de las mercaderías. Ulises roba, saquea, mata !pero no intercambia ! El héroe ultrajado levanta el desafío :

« Anfitrión mío, está mal lo que has dicho ; pareces extraviado por un aire de locura »  [5].

Entonces coge un disco, más grande que los otros, y lo lanza por encima de las marcas de todos los demás lanzadores. La hazaña le autoriza a enorgullecerse de su renombre y desafiar, a su vez, a los Feacios. Pero lejos de exigir a su adversario, como Aquiles o Agamenón, una rendición sin condiciones, Ulises, por el contrario, le otorga la ocasión de hacer valer su superioridad en las artes en las que se precia, las justas marítimas y la danza.

Una vez arreglada las cuentas del intercambio mercantil, Homero recuerda el ideal de la reciprocidad positiva, cantado en la Ilíada :

« Para mí, os lo aseguro, no se puede desear nada más agradable que ver la alegría adueñarse de un pueblo entero y ver a los comensales, reunidos en la sala de una finca, escuchar a un aeda ; todos satisfechos de estar sentados, según su rango ante mesas llenas de pan y de viandas, cuando el copero saca el vino de la crátera lo lleva y lo vierte en las copas »  [6].

Para los Feacios, esto no es sino la introducción a una teoría sorprendente. Ulises les contará su viaje al reino de los muertos, donde la gloria conquistada a punta de fuerza material no tiene valor, donde el prestigio es apenas una sombra. Y será frente al alma de Aquiles que declare :

« No me consueles de la muerte, ilustre Ulises. Preferiría atender bueyes, servir como thetes »  [7] en la casa de un granjero sin grandes posesiones, antes que reinar sobre estos muertos, sobre todo este pueblo apagado  [8].

Agamenón, Sarpedón y Aquiles se disputaban la gloria de ser donantes de víveres y de botines de guerra. Ulises anuncia otro valor, que no sustituye al de prestigio, sino solamente lo supera. Elogia entonces el prestigio y pretende ser el más ilustre de los mortales. Merece, en fin, la gloria de los héroes, él que con su astucia atravesó los muros de Troya, triunfó sobre los cicones, los lotófagos y los cíclopes. ¿No fue acaso el único salvado por Zeus del naufragio antes de que Circe lo invitase al famoso viaje ? Ahora bien, cuando su barco, en el océano, tocó las puertas del Hades, invocó las almas de los muertos y consultó al divino Tiresias, que le reveló cómo adquirir este valor que no se desvanece con las cosas de este mundo, el valor espiritual que nace de la reciprocidad simétrica : cuando en el curso de su viaje encuentre a un hombre cuyo imaginario sea distinto del suyo, que limite ahí su territorio y respete el nombre del otro.

« Toma un remo bien hecho y vé hasta llegar a hombres que ignoran el mar y comen su pitanza sin sal... Cuando, al encontrarte, otro viajero diga que llevas una pala para el grano en tu robusto hombro, entonces planta en tierra tu remo bien hecho, ofrece un sacrificio al dios Poseidón... luego, vuelve a tu casa a sacrificar hecatombes sagradas a los dioses inmortales que habitan el inmenso cielo sin omitir a ninguno »  [9].

Al final de la Odisea, Homero muestra que también se puede llegar a la reciprocidad simétrica a partir de la reciprocidad negativa, a menos que quiera decir que el pasaje por la reciprocidad negativa también es necesario... He aquí, pues, a Eupites que avanza para vengar a su hijo Antínoo, el más audaz de los pretendientes de Penélope y a quien el mismo Ulises mató. Atenea, bajo el aspecto del sabio Mentor, le propone romper el encadenamiento fatal de la reciprocidad de venganza, renunciar al inexorable imaginario del guerrero. Eupites, el insensato, se rehúsa a seguir el consejo de la hija de Zeus :

« ¡Vamos ! ¡Quedaremos desprestigiados para siempre ! Hasta en el futuro se proclamará nuestra vergüenza si nuestros hermanos y nuestros hijos quedaran sin vengadores... ! »  [10].

Los partisanos de Eupites se dirigen hacia la casa de Laertes, padre de Ulises, donde éste mantiene un consejo. Pero, he aquí, que Laertes lanza la primera jabalina y mata a Eupites. ¡Se derrumba un mundo ! ¡Eupites tenía derecho a la venganza ! Atenea acaba de condenar la tradición. Ulises, aprovechando la ocasión, se dispone a destruir al enemigo estupefacto cuando la diosa le propone, como había hecho anteriormente con su rival, escuchar la voz que trasciende el imaginario de los hombres. Ulises, el avisado, por haber recibido la lección de Tiresias sobre los límites del renombre, no podía dejar de escuchar esta voz :

« No prolongues esta lucha de la que se valen los guerreros ; teme atraer sobre tí al temible Zeus »  [11].

Atenea se ha dirigido a Zeus para librar la reciprocidad de sus mundos imaginarios de sangre y oro. Y Zeus le respondió con la idea de un juramento divino !

« Un juramento sagrado unió para siempre a los dos partidos bajo la inspiración de la hija de Zeus »  [12].

Superior


Notas

[1] Nota del editor : traducimos de la versión francesa que utiliza D. Temple : HOMERE, L’Odyssée, texte et traduction de V. BÉRARD, coll. G. Budé, Paris, éd. Les Belles Lettres, 1967.

[2] HOMERE, L’Odyssée, op. cit. (XV, 69-74).

[3] HOMERE, L’Odyssée, traduction de DUFOUR, M. & J. RAISON, Paris, Garnier, 1967, (IV, 600-606).

[4] BÉRARD, V., op. cit. (VIII, 159-164).

[5] Ibíd. (VIII, 166).

[6] DUFOUR, M. & J. RAISON, (IX, 111).

[7] Thetes : obrero asalariado. Según Finley incluso la suerte del esclavo es mejor que la suya porque el esclavo por lo menos hace parte de un oikos (casa). Cf. FINLEY, M. I. Le monde d’Ulysse, Paris, Maspero, 1983, p. 70).

[8] BÉRARD, V. (XI, 488-491). Modificado según Finley.

[9] DUFOUR, M. & J. RAISON, (XI, 121-138).

[10] BÉRARD, V. (XXIV, 431-435).

[11] Ibíd. (XXIV, 543-544).

[12] Ibíd. (545).