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Teoría de la reciprocidad. La Paz, Padep-gtz, 2003.

Tomo I – La reciprocidad y el nacimiento de los valores humanos

2. Introducción, de Javier Medina

Javier MEDINA | 2003

El diseño galileano de la ciencia moderna expulsó los valores de su ámbito de competencia. La verdad es cuantificable y, por tanto, el lugar de la no contradicción : A es igual a A : el reinado del Principio de identidad. Por tanto, a fortiori, los valores también fueron desterrados de la ciencia económica del industrialismo y, a partir de entonces, la riqueza se destila del empobrecimiento de aquellas naciones que no extirparon los valores de su comprensión de la economía : de una economía humana y ecológica que teje relaciones intersubjetivas de afectividad no sólo con los otros sino también con la naturaleza. He ahí su vulnerabilidad, respecto de la modernidad europea, pero también su potencialidad respecto de la naciente oiko-nomía del siglo XXI.

El tema de los valores, por tanto, es la mejor entrada para repensar la economía y mirar de otro modo las estrategias de reducción de la pobreza, no solamente en países altamente endeudados. Es preciso ir más allá de la teoría del “capital social” que sigue enfeudada a una visión monoteísta de la economía y que a los bolivianos no nos añade ningún saber nuevo : ya sabemos que las economías indígenas son creadoras del lazo social y que se basan en una comprensión de la organización entendida como una red por la que circulan dones, palabras, sentimientos, rituales... Esta teoría del capital social vislumbra la alteridad : la creación del vínculo social : la creación del valor, pero le da horror aceptar su alteridad y polaridad y lo que hace es reducir y llevar la alteridad a su propio sistema, que cree único, y la adjetiva a su único significante : el Capital. Para la economía del industrialismo sólo hay Capital, adornado con innumerables adjetivos : físico, humano, social, cultural, simbólico... todos estos adjetivos no tienen otra función que evitar el que se profiera lo que Bataille llamó la “parte maldita” de la economía : la Reciprocidad. Lo que ésta teoría del capital social debiera decirnos más bien es cómo se crea el vínculo social, cómo nacen los valores en la humanidad, pero no lo hace. De ello, empero, trata este texto de Dominique Temple que presentamos para enriquecer el debate mundial sobre el tema y que rebasa ampliamente la discusión sobre las estrategias de reducción de la pobreza en las sociedades no occidentales del Tercer Mundo. Tiene que ver con la sobrevivencia de la humanidad como un todo en una Casa común planetaria.

Ahora bien, es preciso relativizar la fuerte tendencia fundamentalista, dogmática y metafísica de la economía contemporánea (los resultados no le dicen nada) ; es menester recordar que la ciencia económica tal como se la enseña, aprende y practica hoy en día no es eterna ni universal : tiene una historia. El modelo económico de la modernidad, en efecto, brota en el contexto de la civilización cristiana y, en concreto, en su visión del hombre. Uno de sus supuestos básicos fue formulado en una Escuela de pensamiento inspirada en San Agustín. Dice así : el pecado original hace del hombre un ser egoísta ; una mezcla de ángel y demonio ; el cuerpo es la sede del pecado y el alma es lo que nos semeja a Dios. Desde éste punto de vista, el altruismo y la solidaridad sólo son ideales éticos hacia los cuales, por supuesto, hay que tender, pero sería ingenuo querer construir una sociedad sobre esas bases. He aquí la narrativa económica moderna.

La traducción secular de este axioma teológico lo que hace es reemplazar la palabra “pecado” por la palabra “racional”. De esta guisa, califica de “racional” a la búsqueda egoísta del lucro personal : lo que operativiza, justamente, el Principio económico de Intercambio y descalifica de “irracional” todo cálculo y comportamiento económico que tome en cuenta “a los demás” y a “la naturaleza” : lo que hace, justamente, el Principio económico de la Reciprocidad.

Al comienzo de la Edad moderna, la civilización cristiana muestra dos posiciones : una, influenciada por el pensamiento de Tomás de Aquino, que pone el acento en la comunidad ; la otra : la Escuela de pensamiento calvinista, pone el acento en el individuo pecador. Pues bien, el pensamiento económico del industrialismo va a germinar y crecer sobre el individualismo del calvinismo protestante y va a reprimir e ignorar la otra polaridad : la comunidad, sobre la que se basan las economías indígenas en la actualidad.

Galileo, como se sabe, separó, en la ciencia, lo cualitativo de lo cuantitativo, restringiéndola al estudio de fenómenos que pudiesen ser medidos y cuantificados. Este, por cierto, exitoso programa científico, en términos de desarrollo tecnológico, nos ha dejado, como efecto de esta separación, una “Tierra devastada”, como dice Eliot, un mundo mecánico e inerte en el que los valores, las cualidades, la conciencia, la espiritualidad han sido desterrados de la ciencia moderna. A partir de entonces, la humanidad occidental ha ido olvidándose de dónde surgen los valores humanos ; un olvido del vínculo : de las relaciones, de la red, que tiene que ver con el “olvido del ser” de la metafísica occidental, que señalara Martín Heidegger. Pues bien, Dominique Temple nos lo vuelve a recordar : los valores humanos nacen, justamente, de la reciprocidad con el otro y con la naturaleza. Por consiguiente, nos las habemos con algo primordial y no con algo primitivo (“Utopía arcaica”) y, por tanto, ya superado, como suelen pontificar los últimos modernos tercermundistas, cuando la modernidad ya ha pasado.

Ahora bien, esta separación dualista de las partes respecto del todo estaba latente, en el mito del Génesis, como una separación y distinción entre Creador y criatura, pero es, como hemos visto, con la ciencia galileo-newtoniana que esta distinción se introduce como la quintaesencia del método científico de la modernidad. Es decir, cuando el razonamiento crítico, el empirismo, el individualismo y el secularismo, se convierten en los valores dominantes de la época y empiezan a ofrecer las herramientas teóricas para conceptualizar esta nueva manera de producir, de trabajar y de consumir ; vale decir, de vivir y morir bajo el reinado y la supremacía del Intercambio, a la cual empieza a supeditarse todo. En este contexto es que se produce una redefinición del hombre europeo como homo economicus.

Así, pues, la ciencia económica no fue ajena a este evolución general de la civilización occidental. En este sentido, el Principio económico del Intercambio, lo cuantitativo, fue fundada en el siglo XVII, por Sir William Petty, paisano y amigo de Newton y contemporáneo de Descartes. El método de Petty proviene, igualmente, del ámbito de la traducción : reemplaza palabras y argumentos por cifras, pesos y medidas. De este modo, propuso un conjunto de ideas que se convirtieron en los ingredientes indispensables de las teorías de Adam Smith y los economistas posteriores.

Veamos algunos rasgos típicos para tener una comprensión de cómo también la economía está ligada al paradigma científico de su época. Petty, por ejemplo, analizó los conceptos newtonianos de “cantidad” y “velocidad” para aplicarlos al dinero y a su circulación ; conceptos que se debaten hasta el día de hoy en las escuelas monetaristas. Otro ejemplo. A John Locke se le ocurrió la idea de que los precios eran determinados “objetivamente” por la Ley de la oferta y la demanda ; ley económica que fue elevada a una categoría idéntica a la de las leyes de la mecánica newtoniana. Así, la interpretación de las curvas de la oferta y la demanda se basan en el supuesto de que todos los participantes en el mercado “gravitan” automáticamente y “sin fricción” alguna hacia el precio de “equilibrio” determinado por el “punto de intersección” de ambas curvas. Esta ley encajaba, así mismo, con la nueva matemática de Newton : el cálculo diferencial ; pues se consideró, en ese momento, que la economía se ocupa de las continuas variaciones de cantidades muy pequeñas y dicha técnica matemática procesaba estas magnitudes con gran eficacia.

Este encuentro de la naciente ciencia económica del industrialismo con la mecánica y la matemática newtoniana, fue la base para querer hacer de la economía una ciencia matemática exacta. El problema es que las variables utilizadas, en estos modelos matemáticos, no pueden ser cuantificados con rigor, sino que se definen a partir de supuestos que cada vez se alejan más de la realidad. Este es el talón de Aquiles del pensamiento económico del industrialismo : demasiados supuestos que los epígonos tercermundistas ya ni se cuestionan, pues funcionan en un imaginario absolutamente teológico (“el modelo no se discute” como “no se discute la infalibilidad papal”).

Otro ejemplo. Adam Smith aceptó la idea de que los precios se determinen en “mercados libres” por los efectos supuestamente equilibradores de la oferta y la demanda. Para ello, Smith basó su teoría económica en los conceptos newtonianos de “equilibrio”, en las “leyes de movimiento” y en el supuesto de la “objetividad científica”. Imaginó que los “mecanismos de equilibrio” del mercado operarían casi “instantáneamente” y sin “fricción” alguna. Es decir, que productores y consumidores se reunirían en el mercado, con el mismo poder y la misma información, y que la “mano invisible” del mercado guiaría los intereses individuales y egoístas de cada uno de tal manera que el efecto final de ese encuentro en el mercado produciría el bien común. Pues bien, esta metáfora, tan ligada a los supuestos mecanicistas del cosmos newtoniano, se sigue utilizando hasta el día de hoy en que ya no vige ese paradigma científico.

Pero es más ; en realidad, ni ahora ni antes, se cumplieron esos supuestos. Es muy difícil, en efecto, que se pueda dar una información perfecta y libre para todos los participantes en determinada transacción ; es, así mismo difícil, que todos puedan llegar al mercado con la misma fuerza y capacidad para hacer los negocios. El mismo concepto de “mercado libre” es problemático. Todos sabemos que, en las sociedades industrializadas, gigantescas corporaciones controlan el suministro de mercancías ; crean demandas artificiales mediante la publicidad y ejercen una influencia decisiva en las políticas nacionales. El poder económico y político de estos gigantes corporativos impregna todas y cada una de las facetas de la vida pública. Si es que alguna vez fueron posibles, los mercados libres, equilibrados por la oferta y la demanda, desaparecieron hace mucho tiempo.

John Maynard Keynes, contemporáneo de los físicos cuánticos, descartó el supuesto mecanicista del “observador objetivo”. Esto le permitió pensar en una interacción deliberada entre el Estado y el Mercado, porque observó que el equilibrio económico de los Estados Nacionales del Industrialismo es, más bien, una excepción y no la regla. En efecto, si algo caracteriza a las economías nacionales es la fluctuación de los ciclos financieros. A fin de determinar la naturaleza de las intervenciones gubernamentales, Keynes desplazó su enfoque a variables macroeconómicas, como los ingresos nacionales, el volumen total de empleo etc. Al establecer relaciones simplificadas entre dichas variables logró mostrar que era posible efectuar cambios a corto plazo, sobre los que se podía influir con políticas bien precisas : acuñación de moneda, incremento o reducción de tasas de interés, aumento o disminución de los impuestos, aumento o disminución del precio de los carburantes, etc.

Ahora bien, como dice Hazel Henderson, el pensamiento económico actual es eminentemente esquizofrénico. Ha invertido casi por completo los postulados y axiomas de la teoría clásica, al punto que los propios economistas son los que crean los ciclos financieros ; los consumidores se ven obligados a convertirse en inversores involuntarios y el mercado es dirigido visiblemente por las corporaciones multinacionales y los gobiernos de los diez países más industrializados. Y como si ésto no significase nada, los neoclásicos siguen invocando la “mano invisible”.

El modelo keynesiano, pues, y con él todas las escuelas económicas de la modernidad, se han convertido en inadecuadas por la cantidad de factores que excluyen metodológicamente, por seguir el principio de simplificación y reducción del paradigma cognitivo del industrialismo ; “externalidades” éstas que, sin embargo, son fundamentales para la comprensión de los hechos económicos globales y una efectiva lucha contra la pobreza en el mundo. Por el camino unidimensional del Intercambio no se resolverá el problema de la pobreza, como cada día que pasa nos es demostrado con más contundencia por los Estados fallidos y las economías inviables del Tercer Mundo.

El grave problema de la economía, que alientan todas las políticas públicas, tanto globales como locales, es que se sigue basando en el paradigma científico newtoniano. La economía no ha sido repensada en los parámetros del nuevo paradigma científico técnico : cuántico, ecológico, comunicacional. Pues bien, el mérito de este texto es que Temple piensa la economía desde esta atalaya ; es decir, desde una visión multidisciplinaria que en la comunidad científica se viene discutiendo, curiosamente, desde 1924, el mismo año en que Marcel Mauss generalizó a todas las sociedades humanas el descubrimiento de Malinowski de la reciprocidad, el mismo año en que Louis de Broglie generalizó al universo físico el descubrimiento de Planck y Einstein : todo en la naturaleza se manifiesta de dos formas contradictorias, corpúsculo y onda, materia y luz ; en economía : intercambio y reciprocidad ; en sociedad : individualismo y comunitarismo ; en religión : monoteísmo y animismo..., sin que sea posible establecer, como dice Temple, un puente, una continuidad, entre ambas polaridades pues la conexión misma deviene contradictoria en sí misma.

Temple se pregunta “¿No hay, por ventura, alguna relación entre ese vacío cuántico, situado entre las manifestaciones antagónicas de la energía y el Tercero, nacido de las estructuras contradictorias de la reciprocidad ?”. Lévy-Bruhl sospechará la analogía ; Leenhardt la aludirá y el físico Niels Bohr, invitado en 1938 al Congreso Internacional de Antropología de Copenhague, lo ilustrará. Pero será Stéphane Lupasco el que convertirá esta parte del misterio en una cuestión central de la lógica actual. Muestra, en efecto, que una nueva teoría del conocimiento es necesaria y que esta teoría no debe situar la cuestión de la verdad en la no-contradicción, como se cree desde los griegos hasta hoy, sino, justamente, en lo contradictorio, como sostiene el nuevo paradigma científico técnico actual . He aquí el marco teórico para pensar la Economía (la complementariedad de los principios antagónicos del intercambio y la reciprocidad) en el siglo XXI.

Temple muestra cómo la estructura de reciprocidad se nos ha revelado como la matriz de lo que Lupasco teoriza como el “Tercero incluido”. El Tercero nace de la reciprocidad, por lo menos de esa forma de reciprocidad que Aristóteles muestra simétrica, caracterizada por la mesotês, la medida justa, y la isotês, la buena distancia ; Tercero que podría parecer metafísico si no fuera producido por la lógica misma de lo viviente : el consumo de la vida y de la muerte.

Temple desenmascara etnográficamente la fábula de Adam Smith que se inventa el cuento de un individuo movido solamente por su interés. Los primeros seres humanos, dizque, se habrían encontrado para repartirse entre sí cosas útiles. Pero he aquí, dice Temple, “que los valores de uso, que satisfacen los objetivos de la sobrevivencia, no pueden pretender transformar la mirada del salvaje en reflexión. El ser que deslumbra la mirada del hombre es algo más que la mera vida. Ahora bien, la única estructura natural, de la que nace una fuerza sobrenatural, es el cara a cara del hombre con el hombre. La reciprocidad entre los seres humanos engendra un valor, fuera de la naturaleza ; el valor que Mauss no se atrevía a nombrar sino con un nombre misterioso tomado de los pueblos que viven en las antípodas de Europa : el mana. El ser humano, para ser, pone en juego su vida y su muerte en la reciprocidad. La reciprocidad es la cuna del ser social, de la conciencia y del lenguaje. Ningún interés egoísta lo llevó, en el curso de la historia, por sobre el deseo de engendrar más ser, por la reciprocidad, sino de una forma ilusoria. Los griegos, los jíbaro y los maoríes nos propusieron una teoría de la reciprocidad que hace de ella la matriz del Tercero : sentimiento de potencia de ser (en el caso de los jíbaro), de ser viviente (en los maorí) de ser justo (en los griegos) y cuya extensión es la gracia. Aquí comienza lo que no tiene medida y no puede ser ciencia”. Aquí comienza la multi-disciplinariedad compleja de la ciencia-mística del siglo XXI.

Pensar la Economía como la complementariedad del principio de intercambio y el principio de reciprocidad, va a permitir a la humanidad del siglo XXI volver a introducir los valores en las políticas económicas públicas, tanto locales como globales. No podemos seguir poniendo parches a un modelo económico unidimensional que, encima, no funciona en las sociedades no occidentales del Tercer mundo, justamente porque ellas nunca cedieron a la tentación luciferina de desterrar los valores y la afectividad de las relaciones interhumanas y de sus relaciones con la naturaleza.

Quisiera agradecer a Dominique Temple que ha puesto a nuestra disposición sus textos para alimentar un debate no sólo local sino global, sobre cómo, no sólo reducir la pobreza, sino producir abundancia y calidad de vida para todos. Desearía agradecer, así mismo, a Gunter Meinert, Asesor Principal del Componente Qamaña : Reducción de la pobreza y Debate público, por haber hecho posible esta edición.

Javier Medina

La Paz, septiembre de 2003.

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