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février 2008

El nacimiento de la responsabilidad

Dominique TEMPLE

La razón de la reciprocidad

Desde Marcel Mauss, la antropología no dejó de confirmar que las comunidades humanas son (o fueron) fundadas por estructuras de reciprocidad. Mauss constata que las primeras relaciones sociales son “prestaciones totales”. Mauss constata que las primeras relaciones sociales son “prestaciones totales” : cortesías, banquetes, ritos, servicios militares, mujeres, niños, danzas, fiestas, ferias son inmediatamente insertado en la reciprocidad. El sentimiento de humanidad, lugar de esas prestaciones, es un sentimiento que parece sin embargo venir de fuera. Ya que nacido entre los unos y los otros, no pertenece, de hecho, a nadie.

La reciprocidad redobla la acción en el otro – la cual es pasión para el otro – de la pasión que provoca la acción del otro. Ella es, pues, el medio gracias al cual una percepción unilateral se redobla con su percepción antagonista. De la relativización de esas dos percepciones nace una conciencia de conciencia que, en el equilibrio perfecto, se convierte en una conciencia de sí misma. Esta conciencia es contradictoria en sí, lo que le ha valido el nombre de Tercero incluido, que le dio Lupasco [1].

En el equilibrio perfecto de lo contradictorio, se convierte en un sentimiento puro, pero cuando lo contradictorio se desequilibra a favor de uno de los polos no-contradictorios, se perfila en el límite una conciencia objetiva.

Lo contradictorio deviene afectividad, en el corazón de la conciencia humana, mientras que lo no-contradictorio se traduce por la objetividad del conocimiento que aparece en su horizonte.

El Tercero incluido nace entre los dos participantes que se hacen frente y se expresa por la palabra de cada uno de ellos. Cada uno es, pues, portavoz del Tercero. Sin embargo, cada cosa, implicada en una relación de reciprocidad, es tributaria de una realidad biológica diferente de la que está llamada a significar en tanto símbolo [2]. Es necesario, por tanto, que el ser-que-nace-de-la-reciprocidad se desprenda de sus condiciones de origen ; que las palabras lleven sus sentidos fuera de las situaciones en las que lo han recibido y que aprendan a significar entre ellas sin estar forzadas a traducirse en imágenes cuando no en actividades biológicas.

Como quiera que fuese, el sentido encuentra inmediatamente otro constreñimiento : para poder ser comprometido en la comunicación, por significantes no contradictorios, lo contradictorio debe pasar necesariamente por el yugo de una de las dos polaridades no-contradictorias.

Aparecen entonces dos modalidades de la función simbólica, en el origen de dos principios de organización social : el principio de unión, para las sociedades llamadas “de casa” y el principio de oposición, para las organizaciones dualistas ; empleamos aquí la terminología de Lévi-Strauss [3].

Karl Polanyi describió esas dos formas de integración social, la primera, bajo el nombre de redistribución, y la segunda, bajo el de reciprocidad. Pero redujo la redistribución a una forma centralizada de la reciprocidad [4].

En realidad hay que retraer la reciprocidad y la redistribución a las modalidades fundamentales de la función simbólica para que su distinción, como dos principios distintos de integración económica y social, se haga pertinente. La redistribución corresponde, desde entonces, al principio de casa, así llamado por Lévi-Strauss, que contiene lo que consideramos como una de las modalidades de la función simbólica : el principio de unión, mientras que la reciprocidad, en el sentido de Polanyi, responde a otra modalidad de la función simbólica, llamada por Lévi-Strauss principio de oposición.

Pero ¿existen otras estructuras, diferentes al cara a cara de la reciprocidad primordial, en las que el sentido pueda nacer y encarnarse en la palabra ?

Sabemos que el frente a frente engendra lo contradictorio. Si hemos descubierto esta posibilidad en una nueva estructura, ésta podrá, quizás, decirnos cómo la sociedad puede pasar de un sistema en el que los valores se revelan imponiéndose a los individuos, a un sistema en el que los individuos son responsables de la génesis de esos valores.

Y bien, una nueva estructura pretende engendrar lo contradictorio espontáneamente en todas las sociedades de origen.

La individuación del Ser : El sentimiento de la responsabilidad y el sentimiento de la justicia

En el cara a cara, el sentimiento de humanidad revela su presencia en el rostro del otro. Es en la mirada del otro que se ve aparecer el signo de la comprensión, el signo de una comunidad de sentido.

En una estructura de reciprocidad ternaria, cada socio no da más en un frente del que recibe, pero da a uno y recibe de otro. Como decíamos, dos percepciones antagonistas elementales son acopladas la una a la otra y la estructura ternaria permite, pues, como el cara a cara, el nacimiento del Tercero incluido.

Sin embargo, algo ha cambiado. El rostro, en el que se reflejaba el Tercero incluido, ha desaparecido. El sentido que nace para cada uno no tiene espejo. Cada uno es la fuente del sentimiento que da sentido a la una y la otra de sus percepciones antagonistas. Cada uno se convierte en el origen del ser social. La estructura ternaria es el soporte de la individuación del ser.

Figura 1
Figura 1
Estructura binaria
Figura 2
Figura 2
Estructura ternaria

Lo “contradictorio”, que se traduce por un sentimiento en el corazón de toda conciencia de conciencia, no se impone ya desde el exterior, como cuando nace entre dos personajes iguales. Se construye de una afectividad pura, sin imagen ni espejo. Entonces, se comprende el secreto de una subjetividad absoluta del yo. El ser es subjetividad pura que ya no parece compartida. Es manifestación de sí para sí. Es revelación interior para cada personaje, libertad original y, por ello mismo, ignorancia de lo que procede a partir del otro.

Sin embargo, la individuación del ser supone la realización de una relación ternaria de reciprocidad. La individuación del sujeto no proviene de una multiplicación de alguna esencia afectiva ; ella significa un yo personal frente al otro.

La libertad del yo no es independiente de sí frente a otras personas ; ella es un hacerse cargo del otro por cada quien. El Otro es en yo : eso quiere decir que el sujeto es responsabilidad. La individuación del ser funda la libertad del yo como responsabilidad de todos los otros.

La borradura de la estructura no es su desaparición. La estructura sólo ha devenido invisible. La exterioridad del otro ha sido reemplazada por la interioridad del sí mismo, pero esta interioridad comporta la estructura de donde nace el Otro y se debe encontrarla entonces en lo que se puede llamar la “interioridad recíproca”.

Pero nada obliga al don a circular siempre en un sentido antes que en otro. Su generalización, por sí misma, implica a menudo una ida y vuelta. Entonces cada uno de los participantes se convierte en la sede de dos movimientos inversos, y los dones de uno de esos participantes se confrontan con los dones del otro participante. Entre estos últimos reaparece una estructura de cara a cara, pero equilibrada y mediatizada por un tercero intermediario. Ese tercero intermediario ocupa el sitio central del Tercero, nacido de su cara a cara.

Ese tercero intermediario no es un soporte fáctico del Tercero incluido ; es también realmente el Tercero, ya que consume y reproduce el don de cada uno, lo cataliza a través de su propia persona. Es el Tercero incluido de la reciprocidad ternaria que viene a ser la encarnación del Tercer incluido de la relación binaria. A este título, es la encarnación del sentimiento de humanidad, del ser social de la relación bilateral de esos dos participantes, al mismo tiempo que el “yo” de la individuación.

Inmediatamente, aparece una forma de libertad que es otra cosa que el acceso al sentido o la responsabilidad de éste : la elección de sopesar el pro y el contra de toda decisión frente a otro. La orientación única de los dones conducía a cada uno a dar lo más posible para acrecentar su nombre en la jerarquía del ser social, ya que el ser social tenía entonces por rostro aquel del donador. No es lo mismo si los dones provienen de fuentes diferentes y deben confrontarse los unos a los otros por el tercero intermediario. No es lo mismo tener que dar a otro ya que uno ha recibido de él y equilibrar, como el fiel de la balanza, los dones de los unos y los otros. El sentimiento de responsabilidad se metamorfosea. La responsabilidad ya no es reconocimiento de humanidad o cuidado de las condiciones de existencia del otro, sino cuidado por la justa medida debida a cada uno. ¿Cómo hacer de forma que el don del uno sea devuelto al otro ? El sentimiento de responsabilidad se convierte en el de la justicia.

Cada cual es sujeto de muchas maneras : en el ser, porque el sentido se anuda a la palabra : por tanto, como oráculo ; pero también del ser ya que cada uno es la fuente del sentido mismo : por tanto, como responsable y, finalmente, como juez, en tanto centro intermediario de una relación de reciprocidad bilateral entre dos otros.

Se comprende la posición de aquellos que, con Paul Ricœur, ven en la relación de la conciencia consigo misma (la ipseidad) una iniciación a la experiencia del otro y de aquellos que piensan que la alteridad no puede realizarse en sí, si no se tiene, primero, acceso al otro. La presencia del Otro en sí (la ipseidad) no puede producirse sino en las estructuras de la reciprocidad generalizada, mientras que en las estructuras de reciprocidad bilateral, el Otro siempre es un Afuera cuya revelación es netamente percibida como debida al otro. Es por ello que, en la primera de esas tesis, el ser del sujeto se instaura como la responsabilidad para con el otro ; o, aún, como la justicia. Mientras que, en la segunda, la amistad, que es la manifestación del otro, ordena todos los valores según su preeminencia. En los dos casos la experiencia del sujeto es primero la de una falta (que se traduce como un deseo) ya que lo contradictorio no es nada comparable a lo que se presenta como realidad objetiva, sino un vacío. Y si nada de lo que habla preexiste en ninguna parte, su aparición es la soberana libertad del sujeto, es decir, que ordena esta cadena de significantes, cada uno de los cuales llama al otro para sobrepasar su “incompletud”.

Lo real, es cierto, puede entenderse en otro sentido. Cuando la función simbólica está impedida, cuando la palabra no puede decirse, los gestos primitivos vuelven brutalmente al primer plano de la escena.

El rol del intercambio

¿Sería el intercambio el medio por el cual los hombres se liberan de la inmovilidad de la tradición para asumir individualmente su soberanía como seres concientes ? ¿Permitiría el intercambio un acceso privado al sentido ?

¿Cómo el interés privado puede conciliarse con la responsabilidad de cada uno para con todos ? Se escucha decir con frecuencia que el interés debe disociarse en dos : un interés inferior, que reenvía al deseo, incluso al cuidado de lo mismo : al egoísmo y un interés superior, el del hombre virtuoso, que se despliega mediante el sacrificio del interés inferior en beneficio del otro. Pero es difícil sostener la idea de que el ser humano sea virtuoso por naturaleza. Si, por el contrario, existe una estructura (o muchas) que engendra la responsabilidad, se comprende que el ser humano pueda hacerse responsable o no, según que participe o no lo haga.

Será necesario, sin duda, reconocerle al intercambio el mérito de reemplazar la reciprocidad cada vez que ella es prisionera de imaginarios arcaicos y de permitir a cada uno retomar la iniciativa de nuevas relaciones de reciprocidad. Es, tal vez, debido a que la conjunción de la reciprocidad y de la libertad parece emerger en la historia con el libre intercambio. Pero, en realidad, la emergencia de la responsabilidad es concomitante a la individuación del sujeto que requiere una estructura de reciprocidad generalizada, implicando al mismo tiempo el olvido de esta matriz.

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Notes

[1] LUPASCO, Stéphane. L’énergie et la matière psychique, Paris, Julliard, 1974.

[2] Cuando Jean-Marie TJIBAOU, por ejemplo, dice : « Entre nosotros, cuanto más se dona, más grande se es », pueden entenderse dos cosas : “cuanto más dona uno en la reciprocidad tanto más grande es el ser”, o incluso : “cuanto más dona uno al otro tanto más prestigio tiene”. En ese último sentido, lo imaginario se impone a lo simbólico.

[3] LÉVI-STRAUSS, C. Paroles données, Paris, Plon, 1984.

[4] POLANYI K. entiende por economía la producción y el consumo de bienes materiales, pero de esta economía se dice que está “encastrada”, ya que está sometida al constreñimiento de los valores simbólicos. La producción de bienes “reificados” y “que se pueden medir” debe tener en cuenta motivaciones subjetivas, étnicas, religiosas o ideológicas. Estos valores son movilizados, o bien por la iniciativa de cada uno o bien son invocados por un centro de referencia para todos – y en esto consiste la redistribución. Polanyi no llega hasta reconocer en la reciprocidad y la redistribución las estructuras originales, las matrices de esos valores simbólicos. No se preocupa de la génesis de esos valores que son movilizados en la reciprocidad de los ciclos de la redistribución y la reciprocidad.


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